Omitir los comandos de cinta
Saltar al contenido principal
Activities and Agenda
  • Listen it
  • Imprimir la página
  • Send to a friend
  • Suscribe to RSS
  • Share it on Facebook
  • Share it on Twitter
  • Share it on Linkedin
  • Share it on Google+

Palabras de Su Majestad el Rey al Presidente de Portugal Mario Soares y al pueblo portugues

Madrid, 14.12.1987

S

eñor presidente, supone una gran satisfacción para la Reina y para mí recibiros aquí esta noche, junto con vuestra esposa, y tener la oportunidad de celebrar este nuevo encuentro en el marco de la estrecha amistad que une a Portugal y España.

Nuestros pueblos, señor Presidente, figuran entre los más antiguos y consolidados del mundo y entre los de trayectoria más fértil de la humanidad.

Portugal y España son quizás los países que, manteniendo su individualidad indiscutible y su carácter diferenciado evidente, comparten más cosas en Europa: compartimos la Península Ibérica, compartimos siglos de historia anterior a la actual idea del Estado, compartimos la vocación marinera, la espiritualidad y la herencia cultural.

Compartimos poetas y literatos, ya que el Rey de Castilla Alfonso X el Sabio escribió sus cantigas en galaico-portugués, y vuestro poeta Gil Vicente escribió en portugués y en castellano indistintamente, sin olvidar que el pintor más grande de nuestro siglo de oro, Diego de Silva Velázquez, era de origen portugués.

Hemos estado juntos en las empresas más audaces de la humanidad, y la aventura de Magallanes y Elcano es un ejemplo elocuente de ello.Marinos portugueses y españoles descubrieron y surcaron casi todas las rutas del planeta, llegando hasta sus más lejanos confines. Nuestros misioneros se encontraron en los remotos rincones de la tierra, llevando la tradición espiritual de los dos pueblos. Y los dos países, que en estos años y en los próximos celebramos importantes efemérides en este terreno, sabremos conmemorarlas de forma coordinada para que estos acontecimientos tengan el relieve y la proyección que merecen.

Destaco todo esto, señor Presidente, porque demasiado se ha hablado del alejamiento que ha existido entre nuestros países en diversos momentos de la historia, y parece llegada la hora de sepultar en el olvido todo aquello que ha inspirado en el ánimo de unos y de otros ciertos sentimientos de distancia.

Durante demasiado tiempo, la desconfianza de unos se complementaba con el descubrimiento o la indiferencia de otros. Y, sin embargo, por debajo de esas actitudes, igualmente erróneas, subsistían las realidades nacionales de dos pueblos que no encontraban el ideal común para acercar sus voluntades.

Así, y durante siglos, Portugal y España han vivido desgraciadamente de espaldas, buscando, cada uno por su lado, una proyección exterior y unas alianzas distintas.

El primer y decisivo reencuentro se produjo con la recuperación de la democracia en los dos países. Desde la libertad, fue más fácil reconocer al amigo en el vecino para impulsar una corriente de entendimiento y colaboración entre los pueblos.

Ahora, felizmente, los dos países se encuentran compartiendo el mismo esquema institucional del mundo occidental, tanto en el campo de la seguridad, como de la cultura, de la economía y de la política.

El ingreso simultáneo de Portugal y de España en las Comunidades Europeas ha abierto ante nosotros un horizonte y un objetivo de gran trascendencia histórica, tanto para nuestros países como para el continente europeo.

Tenemos el gran reto de modernizar nuestras sociedades, nuestras industrias, nuestra agricultura, todo ese conjunto de relaciones sociales y económicas que constituyen los fundamentos del desarrollo y del bienestar de nuestros pueblos.

Tenemos también el reto de participar con los demás socios europeos en la gran tarea de la construcción de una Europa unida, basada en el progreso, en la libertad, en la justicia y en la democracia.

Ahora, los dos Estados, Portugal y España, cada uno con sus particularidades y con sus señas de identidad propias, caminan sin miedos, sin prejuicios, hacia la unidad de Europa.

Señor Presidente, esta andadura histórica nos empuja a intensificar los contactos entre nuestros pueblos y nuestros gobernantes. Creo que ahora podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que los dos países se miran de frente para aprender a conocerse mejor y extraer de ese conocimiento mutuo todas las enseñanzas positivas para la convivencia cordial y amistosa.

Buena prueba de ello es el creciente número de personas que pasan la frontera en uno y otro sentido. Lo es también la cada vez más densa trama de nuestros lazos económicos y progresivo conocimiento de la cultura y de la historia respectiva. Lo son los contactos entre nuestros responsables políticos, nuestros empresarios, nuestros intelectuales y nuestros militares. Lo es, en fin, la colaboración fecunda de nuestras universidades, entre las cuales Coimbra y Salamanca son los ejemplos más antiguos y brillantes.

Nada más lógico y más merecido, por lo tanto, que el Doctorado honoris causa que la Universidad de Salamanca acaba de concederos y cuya ceremonia de imposición tendré el honor de presidir.

Es el reconocimiento justo al hombre de Estado y al luchador por la democracia en momentos difíciles para vuestro país, que os condujeron a menudo a la necesidad de peregrinar por tierras extranjeras. De esta situación, que no deseamos para nadie, los españoles obtuvimos una compensación: la de hacer del Presidente Soares un amigo de España, a fuerza de recalar en nuestro suelo en numerosas ocasiones.

En el terreno político, hemos tenido recientemente la satisfacción de ser testigos de un magnífico exponente de este acercamiento en la reunión celebrada, hace unas semanas, entre vuestro primer ministro y el presidente de mi gobierno. La amistad y la cooperación hispano-portuguesa, consagrada formalmente en un Tratado que cumple ahora diez años, tuvo un impulso decisivo de renovación merced a vuestra iniciativa de celebrar una reunión de jefes de gobierno de los dos países en Lisboa, en noviembre de 1983. Ahora se ha dado un nuevo paso, un paso cualitativamente importante para llenar de contenido nuestras relaciones.

Ello es alentador para nuestros dos pueblos y también para toda Europa, cuya construcción exige que los vecinos se entiendan para que los que están más lejos lleguen a aproximarse. Y es evidente que Portugal y España se entienden cada vez mejor, poniendo sus miras en horizontes más amplios y prometedores.

Señor Presidente, permitidme que por un momento me salga del marco protocolario que impone una cena de Estado y que introduzca en mi discurso un elemento personal.

Mi familia no podrá olvidar nunca los cruciales años que pasó en Portugal, donde encontró la acogida cálida y fraternal de un pueblo noble, que por encima de las coyunturas políticas reconoce y ayuda al amigo. Agradezco y aprecio de manera muy especial la consideración, el afecto y la hospitalidad del pueblo portugués y de vuestra excelencia hacia mis padres.

Tampoco puedo olvidar que la última vez que vinisteis a España fue para imponer personalmente a mi padre, el Conde de Barcelona, la Gran Cruz de la Orden de Cristo.

Señor Presidente, estoy seguro de que este nuevo esplendor de las relaciones luso-españolas ha adquirido ya una dinámica imparable. El destino que se nos presenta en la Europa democrática, a cuya construcción estamos contribuyendo, es una nueva etapa histórica que deparará, tanto a portugueses como a españoles, las mayores venturas.

Con calor, con cordialidad, con emoción, quiero levantar mi copa por Vuestra Excelencia y por la señora de Soares, y por la felicidad de los pueblos de Portugal y España.

Back to Speeches
  • Listen it
  • Imprimir la página
  • Send to a friend
  • Suscribe to RSS
  • Share it on Facebook
  • Share it on Twitter
  • Share it on Linkedin
  • Share it on Google+