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Palabras de Su Majestad el Rey a la Comunidad Académica al entregar el Premio Cervantes a Miguel Delibes

Madrid(Alcalá de Henares), 25.04.1994

L

a entrega de la mayor distinción de las letras en lengua española nos reúne, una vez más, en Alcalá de Henares, ciudad estrechamente unida a la figura de Cervantes, quien por ser el más insigne escritor de nuestra historia literaria ha dado nombre a este Premio de ya arraigada tradición.

Acudimos a este acto conscientes de que constituye la fecha más señalada para los hombres y las mujeres del mundo de las letras españolas. Tenemos, así, presente, que la vitalidad cultural, el grado de educación, madurez y solidaridad de nuestra comunidad nacional dependen en no pequeña medida de la capacidad creadora, investigadora y crítica de escritores y fabuladores, de pensadores y poetas.

Mediante vuestra actividad creadora y vuestro compromiso con la nación, muchos de los aquí presentes podéis influir sobre la sociedad lectora y sobre la sociedad en general, actualizando nuestra memoria lingüística e histórica, haciendo fructificar la conciencia crítica y los valores ilustrados, incitando nuestra imaginación e iluminando el difícil camino por el que toda sociedad transita.

La excelencia en esa labor creadora es lo que esta distinción que hoy entregamos premia cada año. Y me complace que, en esta ocasión, el Premio Cervantes haya recaído en Miguel Delibes, un hombre y un escritor que encarna ambas condiciones de una manera descrita con precisión por una inigualable expresión española: con todas las de la ley.

Miguel Delibes reúne méritos sobrados para recibir el Premio Cervantes de una forma plena, irrebatible, certera. Las numerosas razones que avalan su elección pueden resumirse en una muy sencilla: es un escritor universal en la misma medida en que su obra encarna, de manera fiel y penetrante, la existencia y la experiencia vital de Castilla y de sus regiones limítrofes, territorio en el que el escritor se halla hondamente enraizado.

Como se ha señalado a menudo, Delibes es quien mejor ha escuchado y ha dado voz a nuestra población rural y provinciana, sometida desde antiguo a continuo despoblamiento y a la paulatina disgregación de muchos de sus valores, ritmos y modos vitales.

Para captar y narrar dicha realidad, el autor se ha dejado guiar por tres destacadas facultades: su innata capacidad de fabulación; su sentido del oído para recoger el rico acervo de vocabulario, sintaxis y modos de hablar de Castilla; y su insobornable criterio moral para lo que es justo y merece ser reivindicado.

Delibes ha forjado un universo narrativo marcado por la insistente presencia del paisaje castellano, poblado por personajes tan crudos como inolvidables, tan poco artificiosos como entrañables y apegados a la naturaleza.

Los sueños y angustias de esta conmovedora galería de retratos manifiestan con inusual pureza aquellas cuestiones eternas -la relación con el prójimo, la autenticidad personal, la superación del miedo a la muerte propia o ajena- que conciernen a cualquier clase de existencia y de convivencia.

Con ese realismo imperecedero, que potencia todas las vertientes, hasta las más ideales, de la realidad, pero sin apartarse de ella, Delibes ha descrito una parte a menudo olvidada de nuestra naturaleza y de nuestra sociedad. Pero no por ello ha desdeñado en sus novelas y narraciones el otro y más desarrollado universo social, el correspondiente a las grandes ciudades y a las comarcas sometidas a los cambios impuestos por el progreso.

El escritor ha pintado ese otro mundo en segundo plano, de manera indirecta, al modo de contrapunto narrativo trazado con lúcido escepticismo. Y lo más revelador de la representación de ese mundo es la sombra que proyecta: ese oscuro vacío en el que se agitan los fantasmas de aquellas realidades, aspiraciones y fraternidades que la civilización urbana e industrial ha amputado o ha perdido en el trasiego de transformaciones imprevistas, ambiciones desmedidas y rivalidades endémicas.

Escritor y viajero, cronista y cazador, periodista y ciudadano, hay algo en Delibes que unifica todas estas facetas con sencillez y naturalidad castellanas. Ese algo es, sin duda, un estilo, un modo de ser que vive o cuenta las cosas de una misma manera. Con sobriedad, despojándolas de lo superfluo, resaltando lo fundamental; con la inteligencia propia de quien comprende y no se engaña; con la compasión universal empleada por quien relata cuanto oye y ve sin apenas inmiscuirse, sin forzar las cosas para adecuarlas a propósitos previos, sin acusar ni prejuzgar, dejando que los hechos hablen por sí mismos.

En ese estilo de Delibes late el alma de Castilla. Es decir, una antigua, noble y sabia combinación de estoicismo e inquebrantable afán de justicia, de clemencia y de grandeza de espíritu, de audacia silenciosa y serenidad. Todas estas cualidades alientan como renovados dones en la obra de Delibes, y a ello se debe el sincero reconocimiento que el Premio Cervantes simboliza.

Testimonio de ese reconocimiento es la popularidad, la aceptación general que los libros de Delibes han obtenido entre los lectores, los críticos y sus colegas escritores. Su obra creativa, tempranamente iniciada, copiosa pero siempre auténtica, tan constante en sus temas como capaz de incesante perfeccionamiento, le ha convertido en uno de esos escritores a los que llamamos clásicos contemporáneos.

Por ello, el Premio que entregamos hoy a Miguel Delibes es la culminación de dicho reconocimiento unánime y largamente esperado. Un reconocimiento que nos congratula. Un reconocimiento que servirá también para que nuevos lectores españoles, hispanoamericanos y de otras lenguas se acerquen a las magistrales páginas de este gran escritor castellano y puedan, al tiempo que disfrutan con su lectura, servirse de su influencia para mejorar como seres humanos.

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