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Palabras de Su Majestad el Rey en la inauguración del II Congreso Internacional de Historia de la Lengua Española

Sevilla, 05.03.1990

C

omparto con la Reina una intensa alegría por inaugurar este II Congreso Internacional de Historia de la Lengua Española, que empieza con un gran acierto: el de haber elegido como sede la ciudad de Sevilla.

Cuando ya están próximas las celebraciones del V Centenario, conviene recordar la función esencial que Andalucía entera ha desempeñado en la historia de nuestra lengua, desde que partieron de sus costas las tres naves llevándola a bordo. Aquel pequeño grupo de marineros que se adentró en el mar desconocido, transportaba el idioma con el cual iba a hacerse posible la formación de un gran conjunto de pueblos que han compartido con el nuestro varios siglos de historia, y que hoy, aunque bien diferenciados, mantienen y acrecientan la conciencia de comunidad en el concierto del mundo, gracias, sobre todo, a que hablan y escriben la misma lengua.

España, que alumbró en «un pequeño rincón» esa lengua cuyo milenario celebramos hace pocos años en San Millán de la Cogolla, y a cuyo desarrollo han contribuido el esfuerzo y la voluntad de todos sus hablantes en todas las épocas, siente el legítimo orgullo de verla tan grandiosamente dilatada, y de ser, por ella, miembro de tal comunidad.

Andalucía, donde empezó la extraordinaria aventura, no iba a tener importancia menor en la suerte misma del idioma. Vosotros conocéis mejor que yo cómo parece haber influido en la constitución del español americano el castellano meridional, por la acción directa de esta ciudad, convertida en crisol de andalucismo para cuantos deseaban pasar a Indias, y, sobre todo, por la mayoritaria presencia de andaluces y de andaluzas en las tierras recién alumbradas de las Antillas.

Buenos títulos tiene, pues, Sevilla, para acoger este Congreso en el que estudiosos de todos los lugares del mundo, junto con los nuestros, os disponéis a hacer adelantar el saber sobre la historia del español. Esta lengua, que es la más extensa entre todas las descendientes del latín, y que, en la fecha cercana del año 2000, la hablarán siete de cada cien humanos, contribuye a hacer más leve el castigo de Babel.

España posee, como es bien sabido, una gran variedad idiomática, y cuenta con otras lenguas españolas ilustres. Querríamos que todas convivieran en confianza fraternal. Para quienes las poseen como lenguas maternas, forman parte de su alma, y nadie tiene el menor derecho a hacer violencia a las almas. Deben cultivar, defender y amar sus idiomas propios; mas preciso es decir que todos los españoles debemos amarlos.

Pero no empequeñece el espíritu, sino que lo agranda, reservar un amplio espacio de afecto al idioma nacido en Castilla, instrumento de nuestra solidaridad nacional, y vínculo que nos hace parte importante de una de las mayores comunidades de la tierra. Que nos une además a proezas asombrosas en el arte de la palabra, en el cual Sevilla y Andalucía ocupan también lugar de honor.

Cabe augurar éxito y fecundidad a vuestros trabajos, señores congresistas. Tanto la Reina como yo estamos seguros de que vais a alcanzarlos en una disciplina que, en ambas orillas del idioma, arranca científicamente, con los nombres excelsos de don Rufino José Cuervo y don Ramón Menéndez Pidal. Y en cuya nómina de cultivadores eminentes falta, desde hace pocas semanas, otro gran maestro al que creo justo rendir homenaje en este acto, don Dámaso Alonso, de cuya pérdida resultará difícil consolarse.

Deseamos que el esfuerzo de ustedes sea compatible con el disfrute de esta gran ciudad.

Queda inaugurado el II Congreso Internacional de Historia de la Lengua Española.

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