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Palabras de Su Majestad el Rey en la inauguración de la II Cumbre Iberoamericana

Madrid, 23.07.1992

S

eñores jefes de Estado y de Gobierno, hace apenas un año nos reuníamos en Guadalajara, convocados oportunamente por el Presidente Salinas. Era una ocasión histórica para señalar el inicio de un proceso apasionante.

La Constitución española asigna al Rey la más alta representación de España en las relaciones internacionales, especialmente con las naciones de su comunidad histórica.

Hoy tengo la enorme satisfacción de recibirles en el ejercicio de esta disposición constitucional, para asistir a un acto que quiere hacer de esta comunidad histórica una realidad pujante y moderna que pueda entrar con vigor y con optimismo en el tercer milenio.

Creo que podemos mostrar al mundo, desde la pluralidad de nuestras raíces, con tolerancia y con respeto mutuos, los frutos de la vitalidad de nuestra colaboración ilusionada.

Recrearse en el pasado, sin contemplar el porvenir, podría ser un acto de melancolía estéril. Volcarse hacia el futuro sin asumir el pasado puede ser un ejercicio insensato.

Desde que lanzamos la idea de conmemorar el V Centenario, hemos tenido un amplio debate en España, como corresponde a un país con una rica tradición y una historia fecunda.

No han faltado voces de todo signo hacia la aventura de Cristóbal Colón y hacia toda la trayectoria posterior. Permítanme que les diga, sin embargo, que la historia de los pueblos y de las naciones se asume con dignidad y responsabilidad para proyectarla hacia un futuro mejor.

De nada sirve especular con hipótesis de inverosímil comprobación ni juzgar con criterios de hoy lo que ocurrió antaño. Lo que de verdad cuenta es la realidad de nuestro presente. Por eso, la conmemoración del V Centenario nos pertenece a todos por igual, porque de aquel encuentro del pasado surgió una nueva cultura, una civilización original, que compartimos serenamente.

Señores mandatarios, desde el recuerdo compartido que tanto nos une, pongamos nuestro esfuerzo en un futuro también común y mejor para todos nosotros, en el que sobre los cimientos de la democracia, y del respeto a los derechos humanos, construyamos unas sociedades más desarrolladas, más justas y más solidarias.

Hagamos de la Conferencia un escenario de paz, de tolerancia, de respeto y de colaboración estrecha, para que nuestras gentes trabajen y vivan con dignidad. Ignoremos la arrogancia y actuemos generosamente al servicio de nuestros pueblos y de la prosperidad de nuestras naciones.

La Comunidad Iberoamericana debe convertirse en un proceso abierto, en una intrincada red de intereses recíprocos y de proyectos comunes.

Este es, creo, el mensaje de solidaridad y de fraternidad que los pueblos iberoamericanos debemos transmitir al mundo.

España se honra en ser anfitriona de esta II Cumbre y espera de todos sus participantes entusiasmo y pasión para acometer la empresa de la que todos somos responsables.

Creo que expreso el sentir general al mandar un saludo a los presidentes ausentes, por una u otra razón, y que, sin duda, hubieran querido acompañarnos en esta Cumbre.

Con la alegría de este encuentro, con la emoción de haber comprobado el vigor de nuestros vínculos fraternales y en la esperanza de un futuro próspero para nuestros pueblos, reitero mi compromiso personal y el de España con nuestra comunidad y declaro solemnemente inaugurada la II Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno.

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