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Palabras de Su Majestad el Rey en la entrega de las Medallas de Oro al Mérito en las Bellas Artes

Palacio Real de Madrid, 08.06.1992

C

onstituye ya una tradición, gratísima para nosotros, este acto de reunirnos para entregar las Medallas de Oro al Mérito en las Bellas Artes.

Y como cada año, la Corona asume con satisfacción la tarea de representar a toda la sociedad en lo que, en definitiva, no es más que la manifestación de nuestra gratitud por todo lo que recibimos de quienes, de uno u otro modo, dedican su trabajo al enriquecimiento espiritual de la comunidad.

Porque los hoy galardonados son una pequeña pero significativa representación de todos aquellos que, día a día, y a veces con escasas satisfacciones económicas y morales, consagran sus capacidades, sus conocimientos o su habilidad a la noble tarea de ahondar y difundir nuestro patrimonio cultural. Y eso, justo es decirlo una vez más, constituye la mayor riqueza de un pueblo libre y culto.

Los artistas y los creadores aportan a la sociedad algo diferente y profundo, algo que nadie, en ninguna época, ha podido cuantificar. En el centro de la obra de arte, al igual que en el instante privilegiado de una gran interpretación en la escena, existe un aliento que participa del milagro, algo inesperado y gratuito cuyos beneficios son inefables.

Por eso los premios y los galardones no pueden ser otra cosa que el reconocimiento simbólico de una deuda que a todos nos obliga y que nunca se puede pagar del todo. La mayor muestra de agradecimiento que un pueblo puede ofrecer a sus creadores y a sus artistas es conocer su obra, respetarla y, desde luego, disfrutar con ella. Y a ello quizá contribuya modestamente el eco que propicia la concesión de un premio.

Este año, las Medallas de Oro al Mérito en las Bellas Artes han recaído no sólo en personalidades directamente relacionadas con la creación en las artes y en los escenarios, sino también en instituciones que, desde muy diversos sectores de actividad, han contribuido a difundir o proteger nuestra cultura.

Es lógico que así sea: porque la cultura es patrimonio espiritual, pero también comunicación entre los hombres y entre los pueblos. Y la labor de quienes facilitan esa comunicación debe ser, asimismo, reconocida.

Por todo ello, a todos vosotros que hoy habéis recibido estas medallas, y a cuantos, en cualquier parte y desde cualquier actividad, trabajan para crear y difundir nuestra cultura, quiero manifestaros, en nombre de todos los españoles y en el mío propio, el testimonio de nuestro más profundo agradecimiento.

Se levanta la sesión.

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