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Palabras de Su Majestad el Rey en la entrega del Premio Carlos V a Jacques Delors

Cáceres(Yuste), 06.06.1995

C

on mucho gusto atiendo la invitación de la Academia Europea de Yuste para presidir este acto de especial significación con el que inaugura simbólicamente sus actividades.

Difícilmente podría haber elegido esta Academia un lugar más idóneo y una figura más señera que la de Carlos V para premiar el esfuerzo de quienes ponen su empeño en vertebrar las energías y realidades europeas.

Yuste es el lugar de la meditación final sobre la Europa del Emperador a quien llamó Madariaga «El último de los herederos de Carlomagno y el precursor de los federalistas europeos de nuestro tiempo».

Con regularidad y paciencia fue construyendo a lo largo de su vida un ambicioso proyecto cuyos ecos suenan aún en nuestras vidas incitándonos a una reflexión actualizada sobre el tema que fue la principal preocupación de su reinado.

El paso del tiempo, y principalmente las vicisitudes de nuestro siglo, no han hecho sino acrecentar la convicción de que la unión de Europa no es sólo una aspiración, sino una necesidad.

Un grupo selecto de pensadores, entre ellos varios españoles, propusieron el ideal europeo como superación de las contradicciones del continente en unos años surcados de presagios sombríos sobre la pervivencia de la democracia liberal anterior a 1939.

Las graves consecuencias de la II Guerra Mundial empujaron a la primera fila a los «padres» de la solidaridad europea, como Jean Monnet, que sorteando todo tipo de obstáculos, asentaron los cimientos de su construcción y velaron sus primeros pasos.

El sentimiento de comunidad es hoy cada vez más amplio. Aunque tenga, en ocasiones, sus horas bajas y deje aflorar aquí y allá síntomas de desánimo, hemos de permanecer firmes en el convencimiento de que Europa es necesaria.

Con esta base podremos afrontar en mejores condiciones las tensiones que un proceso tan largo y delicado conlleva. Más aún, debemos asumirlas como un elemento positivo, como signo de vida y síntoma de un crecimiento deseable en sí mismo, y al que hemos de aportar una gran flexibilidad, el estudio en profundidad de las realidades e intereses en juego en cada caso, y un talante específico de solidaridad transnacional.

Tenemos que acostumbrarnos a resolver los conflictos que inevitablemente plantea el proceso de construcción europea, y aún los que puedan enfrentar en casos concretos a países miembros de la Unión, con un criterio globalizador. Nuestras diferencias no pueden saldarse a costa de ninguno de sus protagonistas, ni mediante una suma fríamente matemática de adhesiones particulares, sino con fórmulas originales que refuercen la trama de nuestra cohesión y sienten las bases para su progreso.

Necesitamos convertir nuestros sentimientos comunitarios en una convicción bien fundada e inmune a cualquier tentación de insolidaridad. Europa es nuestro patrimonio, pero no lo es sólo material. Su principal activo es una serie de valores compartidos, resultado a la vez de siglos de reflexión profunda y de las respuestas a los requerimientos del tiempo presente. Estos valores constituyen la savia que da vida a una civilización de la convivencia en libertad, vertebrada por la razón y semilla de innovación y de progreso.

La trayectoria personal de Jacques Delors es un ejemplo de fidelidad a estos principios y, lo que es más difícil, de su puesta en práctica en circunstancias especialmente delicadas.

Su inteligencia, realismo y esfuerzo generoso han alumbrado una nueva etapa de la construcción europea, de la que puede sentirse justamente orgulloso y que le distingue como uno de los grandes arquitectos del más ambicioso proyecto histórico que ha alumbrado nuestro continente.

Al felicitarle por este reconocimiento tan merecido, la Reina y yo queremos también felicitar a la Academia Europea de Yuste por el acierto de habérselo otorgado.

Termino deseando larga vida al premio Carlos V y a la Fundación que lo concede, animándole a seguir recordándonos sin desmayo nuestra vocación y nuestro compromiso europeos.

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