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Palabras de S.A.R. la Infanta Doña Cristina en la cena con los participantes en el IV Foro España-Estados Unidos

Barcelona, 13.11.1998

C

elebro tener esta ocasión, para mí muy grata, de saludarles en este acto y transmitirles los mejores deseos de mi hermano el Príncipe, que esta noche no puede acompañarles. Como ustedes seguramente ya saben, se ha trasladado a Centroamérica para hacer llegar la solidaridad española a los países asolados por el debastador huracán "Mitch".

Cumplo con mucho gusto el encargo que me ha hecho de transmitirles las palabras que con este motivo pensaba dirigirles.

Es cortesía natural preceder estas breves palabras mostrando mi agradecimiento al Consejo España-Estados Unidos y al US./Spain Council por esta nueva oportunidad de reunirme con sus miembros. La pasada ocasión fue en 1996, en Madrid, durante la clausura del II Foro, cuando la sociedad civil de nuestros dos países decidió en Toledo formalizar la constitución del Consejo España-Estados Unidos.

Mi enhorabuena de aquel día era tanto satisfacción personal, como estudiante que recuerda con afecto su aún reciente paso por la universidad norteamericana, como la convicción de que la claridad de los objetivos y la tenacidad de sus organizadores pronosticaba una vida vigorosa al recién nacido Consejo.

Parece también indispensable en este mínimo prólogo, saludar en especial a las distinguidas personalidades estadounidenses que participan hoy con nosotros en este Foro.

La satisfacción por este nuevo encuentro se multiplica al tener lugar en Barcelona, ciudad maravillosa y especialísima, como nuestros huéspedes estadounidenses apreciarán inmediatamente; ciudad de los prodigios a la que tanto afecto -de antes y de hoy- tenemos toda mi Familia y Yo.

La reunión de este IV Foro, subraya de nuevo que el volumen de los intereses compartidos y la complejidad de las relaciones entre España y Estados Unidos, hace deseable e imprescindible que se construyan todos los puentes practicables entre nuestros empresarios y financieros, nuestros profesionales, académicos y universitarios, nuestros políticos y funcionarios públicos.

No hay que olvidar que el vínculo transatlántico - integrado en el ámbito europeo a través de la Nueva Agenda que hace tres años firmó el Presidente Clinton en Madrid - es todo lo contrario de un programa abstracto. Pretende con insistencia tener una vigencia práctica que se proyecte sobre la vida de todos los días, sobre las cuestiones y problemas cotidianos que afectan a los hombres y mujeres españoles y estadounidenses.

En esta tarea la presencia de la sociedad civil es imprescindible para abrir y ampliar la comunicación, para construir una memoria compartida e inventar nuevas avenidas de entendimiento y cooperación. El Consejo es un arquetipo de lo que desde la iniciativa particular puede lograrse.

En este contexto me complace saber que el Consejo presta especial consideración al hecho de que los Estados Unidos es un país con una creciente e impetuosa población hispanohablante. Y que, además, lo hace con una visión eminentemente práctica, siempre desde el supuesto de que no es un hecho que permite abandonarnos a la complacencia sino, más bien, una obligación perentoria de redoblar la presencia española.

Sin embargo, en este final de siglo y milenio, aún sumados el impulso privado y la cooperación oficial, es evidente que entre España y los Estados Unidos todavía falta mucho por hacer para saltar por encima de los lugares comunes y acercar nuestros pueblos y nuestras sociedades.

Nuestras dos culturas son hijas de raíces comunes. Pero cada una, históricamente, ha desarrollado sus propias peculiaridades, añadido elementos propios, crecido en direcciones nuevas.

Por muy cercanos y emparentados que fueren sus orígenes, la amistad y la simpatía no pueden nunca darse por construidas para siempre. Hay que cultivarlas, cuidarlas, animarlas.

Mucho más en un mundo cambiante, a menudo imprevisible, en el momento crítico del nacimiento de una sociedad mundial digitalizada, que se transforma en ciclos cada vez más contiguos y apremiantes.

Por ello, cuando llevamos una década en la que, sin muros, la gran revolución de la comunicación informática consolida la globalización de la economía; cuando la educación continua y el uso de las nuevas tecnologías es cada vez el elemento más crítico del crecimiento y del empleo, a todos los españoles les interesa multiplicar las ocasiones de dialogar con los hombres y mujeres de la cultura empresarial, financiera, científica y tecnológica más desarrollada del mundo.

Por eso no puede uno sino aplaudir y animar a todos los miembros del Consejo España-Estados Unidos, y congratularnos por la perseverancia y la constancia de una institución que suma y contribuye, desde una visión concreta y práctica, a este objetivo de buscar futuros comunes a ambas orillas del Atlántico.

Por otra parte, estas reuniones y debates sólo son posibles si llevan implícito un previo mensaje de coincidencia entre sus participantes. Y todos debemos alegrarnos de que sea así, pues anticipan que tanto la sociedad norteamericana como la española están abiertas al cambio y la adaptación.

Para proponer nuevos caminos ninguna de ellas titubea en mezclar y dosificar sabiamente tradición y modernidad, pues somos dos culturas enérgicas que en el umbral del tercer milenio no se dejan paralizar por el pasado.

La misma elección de las sedes y del itinerario que han seguido vuestros cuatro Foros es ejemplo gráfico de este presupuesto. De Sevilla a Toledo y Madrid; de Washington y Nueva York a Barcelona, de ciudades bimilenarias a capitales relativamente jóvenes; de la sede del Banco de la Reserva Federal en Nueva York -donde tuvo lugar vuestra última reunión- a los tres Palacios catalanes, éste de Pedralbes y los de la Generalitat y el de Albéniz de mañana.

Todos estos escenarios son la síntesis de lo antiguo y lo nuevo, las metáforas de la suma de la tradición y la novedad, el impulso oculto y monumental de los tiempos pasados y los del porvenir, que toman su turno y se amalgaman para concebir la historia de hoy y evocar el futuro.

Estoy seguro de que seguiremos alabando el ímpetu y el tesón en continuar construyendo -desde estos Foros España-Estados Unidos- una vía particular, estable y vigorosa de comunicación, que sugiera, como ya recomendaba un aragonés del siglo XVII, una política de "pocas quimeras y mucho provecho".

Así, os deseo para estos días unas sesiones de trabajo productivas y satisfactorias, que -de nuevo Gracián- "junte el provecho con las delicias". Y lo hago convencido de que repetiré mi felicitación a lo largo del próximo milenio.

Mi más sincera felicitación a los miembros españoles y estadounidenses del Consejo España-Estados Unidos.

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