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Palabras de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias en la Inauguración del IV Congreso Estatal del Voluntariado

Valencia, 23.11.2000

A

gradezco la invitación que se me ha hecho a presidir el acto de inauguración de este foro anual al que, sinceramente, acudo con una profunda satisfacción.

Mi presencia aquí es la expresión de mi compromiso personal y de mi decidida adhesión a los principios y valores de la solidaridad humana, y constituye una de las aportaciones de mi quehacer como voluntario a la importante contribución de tantas personas, jóvenes y mayores, que cada día se esfuerzan en hacer más fuerte al débil y más feliz al que sufre.

Hace ahora un año, en el marco del Congreso celebrado en Santiago de Compostela, expresaba mi esperanza en la consecución y desarrollo de un espacio social iberoamericano. Hoy, en que la mirada de este encuentro se dirige a los países del arco mediterráneo, vienen a mi mente, como una inevitable y principal consideración, las grandes diferencias  en el nivel de desarrollo económico, político y social, existentes entre los diversos países de este ámbito geográfico.

Diferencias entre sociedades que gozan de un elevado nivel de bienestar asentado en procesos de desarrollo sostenido, y otras comunidades que, a menudo, se aferran, como única tabla de salvación, a procesos migratorios que, ineludiblemente, llevan aparejado el desarraigo social y familiar, además de un futuro incierto y muchas veces trágico como vemos con frecuencia en nuestras costas del Sur. Nuestro ámbito mediterráneo es el resultado de un proceso ininterrumpido y muy antiguo de intercambio y de diálogo, basado principalmente en las relaciones económicas y culturales, que han querido construir un espacio común, superando las fracturas producidas por las ambiciones políticas y los episodios bélicos.

Este es el caldo de cultivo en el que surgieron los precursores del voluntariado, entre los que ocupan un lugar significativo los españoles, como Ramón Llull, adalid de la comprensión y la colaboración mutua entre cristianos y musulmanes de la Edad Media, y los Mercedarios, dedicados al rescate de los cautivos.

En este fin de siglo y de milenio, en que tanto se cita la palabra "globalización", que a fuerza de ser pronunciada está perdiendo significación, yo quiero  reivindicar precisamente la globalización y el carácter transnacional del compromiso humanitario, por encima de barreras geográficas, sociales y culturales.

A este objetivo nos remite el lema de este Congreso: "mil orillas, una arena", que nos recuerda cómo, a pesar de que finalmente cada uno de nosotros haya recalado en destinos diferentes, todos tenemos la misma procedencia y aspiramos a compartir, en pie de igualdad, idéntica dignidad personal y social.

Tradicionalmente, la democracia ha venido asentándose sobre el principio de la cohesión y de la solidaridad entre los ciudadanos que conforman la sociedad. Yo estoy firmemente convencido de que, hoy en día, una verdadera democracia, una democracia fuerte, sana y dinámica, ha de seguir incorporando, entre sus valores fundamentales, el compromiso ético de la solidaridad, no sólo entre sus propios miembros, sino también en relación con el género humano en su totalidad.

Una solidaridad que se manifiesta en realidades, propuestas y fórmulas activas y eficaces pués, como nos recuerda el Presidente de la República Checa, Václav Havel, las políticas gubernamentales en las democracias nacen de los sentimientos de la sociedad, del pueblo, y no al revés.

El nuevo milenio va a comenzar con un hecho especialmente significativo para el movimiento al que pertenecéis y representáis. Las Naciones Unidas han proclamado el 2001 como Año Internacional del Voluntariado y me cabe el alto honor de haber sido invitado por el Secretario General de esa Organización, Kofi Annan, como una de las personalidades elegidas para impulsar sus actividades en todo el mundo. Con ese motivo la semana que viene asistiré en la sede de Naciones Unidas a su acto de inauguración, donde tendré ocasión de rendir mi homenaje mas sincero a todos los voluntarios del mundo y a las organizaciones en que se integran, instándoles a que continúen siendo fieles a ese compromiso que tienen asumido de adhesión con los más necesitados, y erigiéndose en coprotagonistas, con los poderes públicos, que tampoco pueden eludir sus propias obligaciones, en el diseño y ejecución de las políticas sociales.

A lo largo de los próximos días, en esta sala se va a reflexionar y a debatir sobre cuestiones tan importantes como la ética, los derechos humanos y el voluntariado, la cooperación entre los países del ámbito mediterráneo, la problemática relativa a los flujos migratorios y sus posibles soluciones, o el futuro del voluntariado.

Y se va a hacer desde una consideración universalista de los derechos humanos, que sitúa a éstos en un plano de superación de cualesquiera condicionamientos, concertando sus factores históricos, geográficos, políticos o jurídicos, para construir con ellos una unión moral de la persona y de sus derechos inalienables e imprescriptibles.

Estoy seguro de que estas reflexiones y debates, traducidos en conclusiones, trascenderán de esta sede y servirán eficazmente a la difusión entre las diversas sociedades y gobiernos aquí representados, de un mensaje de solidaridad que despierte nuestras conciencias y las estimule a la acción en beneficio de los demás.

Con este deseo, que os animo a llevar a cabo con ilusión y optimismo, declaro inaugurado el Cuarto Congreso Estatal del Voluntariado.

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