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Palabras de Su Majestad el Rey en la cena ofrecida por el Presidente de Hesse con representantes del mundo económico y empresarial

Alemania(Frankfurt), 17.07.1997

S

eñor Ministro-Presidente,Señores Ministros,Señoras y señores,

Muchas gracias por las amables palabras que acabáis de pronunciar y por esta cordial bienvenida que me dispensáis en Francfort.

Antes de nada, quiero expresar mi satisfacción por encontrarme en esta ciudad, centro principal de la vida económica y financiera de Alemania y de Europa. Francfort continúa una larga tradición en la que el espíritu emprendedor, la vitalidad cultural y el encuentro entre distintas gentes han desempeñado siempre un papel protagonista.

Mi satisfacción esta noche es grande también al poder departir con tan selecto grupo de hombres de empresa alemanes y españoles. Y lo es porque soy consciente de la tarea fundamental que desempeñáis, creando riqueza y prosperidad para nuestros ciudadanos.

Como Rey de España, quiero hacer constar aquí mi agradecimiento y admiración a todos los que, grandes o pequeños, acometen  la aventura diaria de la empresa.

La historia de Alemania y la historia de Europa han tenido momentos de luces y momentos de oscuridad trágica. De todos ellos hemos aprendido lecciones. Y las hemos aprendido todos los europeos, porque Europa existe antes que nuestras naciones y las conforma. Por eso, los éxitos y los fracasos son de todos los europeos. La historia nos enseña a todos por igual.

En concreto, ¿qué hemos aprendido los alemanes y los españoles, los europeos, en definitiva, de las lecciones de historia económica de este siglo?.

En primer lugar, hemos aprendido que una sociedad debe preservar la libertad como valor fundamental. Libertad que desempeña también un papel relevante en el mundo de la economía y de la empresa. La iniciativa de los individuos, su ímpetu creador y organizador, generan de forma primordial la riqueza y la prosperidad de una sociedad.

Europa ha sido la cuna del espíritu emprendedor. A lo largo de los siglos hemos demostrado nuestra capacidad de inventiva y de renovación en las ciencias, en el arte, en la política. Hoy más que nunca, tenemos que aplicar este espíritu a nuestro sistema económico. Sólo así podremos ilusionar a nuestros jóvenes con la tarea de crear empresas.

Otra lección que tenemos bien aprendida los europeos es la importancia de la estabilidad económica. Ningún país como Alemania ha sufrido tanto al ver cómo los ahorros que fueron trabajosamente reunidos desaparecían por el capricho de la inflación. El desempleo masivo fue su desastrosa consecuencia. Esta perversión económica está presente en la conciencia del pueblo alemán, pero también en la de los demás pueblos europeos.

Los españoles tuvimos que luchar también contra ese fantasma que distorsiona la realidad y castiga injustamente a las capas más desfavorecidas de la sociedad. Su ataque fue más fuerte precisamente cuando queríamos darnos un orden político de libertad y democracia. Para luchar contra él fueron precisos los esfuerzos y los sacrificios de todos. Al cabo de veinte años, podemos decir que el esfuerzo ha merecido la pena pues hoy, y de manera sostenible, estamos gozando de  los beneficios de la estabilidad.

El avance que en este campo se está produciendo ha situado la inflación en niveles similares a los existentes en Alemania y  está potenciando nuestra capacidad de crecimiento y de creación de empleo, fortaleciendo la recuperación económica y, en definitiva, acercando nuestros niveles de bienestar a los de los países más desarrollados de Europa.

Por último, los europeos hemos aprendido que la mejor manera de encarar los retos económicos es afrontarlos juntos. Europa es una visión de muchos hombres y mujeres que quieren vivir en paz y en libertad. Pero es una visión que tiene también sentido económico. Si mantenemos la cohesión entre los socios y la ilusión por el proyecto, seremos capaces de repartir  prosperidad, empleo y estabilidad.

Nuestras sociedades se enfrentan ahora a retos importantes. Es preciso y urgente acometerlos con energía y emprender las reformas necesarias para preservar las muchas virtudes de nuestros sistemas sociales y económicos. 

La globalización es un fenómeno imparable ante el cual tenemos que reaccionar. Necesitamos ser competitivos en un mundo en el que, por fortuna, países que hasta hace poco parecían inactivos han irrumpido con fuerza y decisión  en el mercado mundial. Hemos de aprender de su dinamismo y de su flexibilidad para adaptarse a las nuevas circunstancias.

Tenemos que preparar a nuestros jóvenes para que puedan dar lo mejor de sí mismos en este nuevo panorama. Si no lo conseguimos, les estaremos condenando a la desilusión y a  la desesperanza. Trabajemos todos juntos en la tarea de buscar nuevas soluciones y nuevas formas de entender la actividad económica. Nos lo demandan los millones de hombres y mujeres que desperdician sus mejores capacidades en el pozo del desempleo.

Estoy convencido de que nuestra energía, nuestra inventiva y nuestra sabiduría histórica serán capaces de crear las nuevas soluciones que todos estamos esperando.

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