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Palabras de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias en el acto de entrega de los Premios Príncipe de Asturias 1997

Asturias(Oviedo), 24.10.1997

M

ajestad,Sres. Presidentes de la Rep. Checa y de la Rep. de GuatemalaSres. Presidentes del Principado de Asturias y de la Fundación Príncipe de Asturias,Sres. miembros de los Jurados,Patronos de la Fundación,Autoridades,Señoras y señores,

Permítanme que inicie mis palabras con los siguientes versos de Emily Dickinson:

 Si he aliviado la pena de algún corazón mi vida ha servido para algo.

Sin duda reflejan estos versos el sentimiento con el que regreso a Asturias, ya que expresan no sólo el espíritu con el que asisto a este acto, sino también la esencia misma de la que estos Premios nacieron.

Una vez más desde Oviedo, rendimos tributo de admiración a personas e instituciones que nos ofrecen eminentes ejemplos de trabajo bien hecho, de humanidad y de amor, valores que dan hondura y sentido a nuestras vidas.

Un recordado historiador asturiano escribió que "los pueblos que olvidan a sus grandes hombres y a sus ilustraciones científicas, literarias y políticas, decaen porque  pierden, con la ingratitud, la memoria, y con la memoria, la ciencia".

Identificados con esta idea, queremos resaltar que nos hallamos en el umbral del centenario de 1898, una fecha trascendental en nuestra historia que dio nombre a la "Generación del 98" como la bautizara no sin polémica Azorín, de excepcional capacidad creadora. Doloridos en su patriotismo, angustiados  por acontecimientos que culminaron aquel año y también desilusionados como otros intelectuales europeos quisieron depurar lo más profundo y valioso del pasado y construir resueltamente el porvenir. Debemos a este grupo de escritores, pensadores y artistas, una lección imborrable: la del amor a España y el reconocimiento gozoso de la diversidad que enriquece a nuestra nación.

Las andanzas del vasco Unamuno por tierras castellanas, la sensibilidad de la mirada con que el sevillano Antonio Machado contempló la meseta, los paisajes de la España interior revividos por el levantino Azorín, la visión dolorida y fraterna de las provincias de Castilla y León que precisamente tuve el honor de recorrer esta primavera y que hoy tienden a consolidar su progreso tras duras pruebas seculares, son otros tantos ejemplos de lo que la fecha de 1898 desencadenó. Son también una enseñanza permanente.

Esta idea de armonía entre nuestras tierras que desarrollaron los noventayochistas ilumina el momento presente, porque es necesario seguir creyendo en una España que no se opone, sino que dialoga; que no se enfrenta, sino que escucha; que no silencia o se encierra, sino que viaja y se abre fraternalmente.

En el fondo del sentimiento de aquellos autores, de su desesperanza ante lo que creían que España no era y podía llegar a ser, de su crítica amarga brillaba el ejemplo de sus obras, de las que brota esa impagable norma ética, a la que Unamuno se refería como "conciencia", "convivencia", "hermandad"; algo gracias a lo que todos -son también sus palabras- "nos entenderemos en un corazón". Hermosos conceptos para armonizar diferencias, para fundir inquietudes, para acrecentar, en suma, la convivencia.

El futuro que ellos soñaron es, gracias en buena parte a su esfuerzo, ya nuestro. Una España en sintonía con el mundo; un mundo en el que el hombre, al mismo tiempo que viaja en el espacio y avanza en una fascinante aventura de exploración y conquista, reclama nuevos, más sensibles y más profundos valores, acordes con una ética basada en la primacía de los sentimientos y las virtudes. Una España democrática, la de los últimos veinte años, dueña de su destino donde todos los días nos afanamos por defender lo que Don Quijote definió como "el más precioso don que a los hombres dieron los cielos": la libertad.

Participando de su sensibilidad y precisamente para perpetuar esa gratitud, memoria y ciencia, antes aludidas, nacieron los Premios Príncipe de Asturias. En ellos, anualmente proclamamos que nuestro espíritu estará siempre al lado de quienes dediquen su vida al hermoso ideal de hacer la de los demás más libre, más digna y más sabia.

En la labor cotidiana de los premiados de este año late, igualmente,  como en los hombres de aquel 98 un espíritu de lucha y de dedicación apasionada a su tarea.

 Fiel reflejo de ello es el trabajo del equipo de científicos que estudian los yacimientos paleontológicos de Atapuerca, en Burgos, que recibe hoy el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica. Su tarea dedicada a iluminar el pasado con sólidos fundamentos científicos es uno de los mejores modos de entender en su plenitud el presente y sus posibilidades.

Con su investigación y trabajo, que a primera vista parece especializado y minoritario, prestan un servicio de valor incalculable a la comunidad científica y a todos nosotros. Porque conocer nuestros orígenes nos permite entender que somos eslabones de una cadena sin fin, que añadimos nuestros esfuerzos a los de nuestros predecesores y preparamos el camino para los que habrán de seguirnos con una solidaridad que vence las barreras del tiempo y del espacio.

Dos aspectos sobresalen en su trayectoria:  su tesón indomable a lo largo de más de veinte años y la  colaboración solidaria entre varias universidades y organismos de nuestro país que han sabido suscitar y  que acreditan el óptimo nivel de la ciencia española y demuestran la eficiencia de una cooperación bien fundada y dirigida por encima de los particularismos y de la improvisación.

Hombres como Vittorio Gassmann, Premio Príncipe de Asturias de las Artes, resumen el arte en sí mismos. Su vida y su obra, tan próximas a la literatura y al pensamiento, a los clásicos y a los contemporáneos, hacen de él un actor, un director y un maestro insustituible del arte escénico; siempre bajo la máxima de que "cada uno ha de buscar su propia senda".

Con generosidad y vocación propias del genio ha enseñado a futuros actores no sólo desde los escenarios y la pantalla, sino también en cursos y talleres que él mismo ha creado y promovido con absoluto desinterés.

Acorde con la idea de que "la más grande tarea del hombre es saber qué debe hacer para serlo", Vittorio Gassmann ha pasado su vida siendo, no pareciendo, ahondando en el sentimiento y en la razón, agrandando su espíritu y su existencia, para poder entregar, con su arte, gran parte de sí mismo a los demás.

"La obra completa de Álvaro Mutis, su vida misma, es la de un vidente que sabe a ciencia cierta que nunca volveremos a encontrar el paraíso perdido". Estas son las palabras con las que García Márquez ha definido el trabajo de su amigo nuestro Premio Príncipe de Asturias de las Letras de este año. Quizá por ello, Mutis ha sabido exprimir cada instante de su vida como quien está convencido de que siempre hay algo más que extraer de ella, con insaciable curiosidad y a través de sus viajes y múltiples oficios,  fundamentos de su vasta cultura y origen de la intensidad poética de su obra.

Nacido en Colombia, educado en Europa, residente en México desde hace largos años, Mutis declara que todo lo  ha escrito para celebrar los cafetales de su infancia. Sus versos y sus prosas, centrados en su mayor parte en un enigmático personaje, Maqroll el Gaviero, que es a la vez contrafigura del autor y emblema de la condición humana, sirven para iluminar, con su desbordada belleza, la navegación del hombre -de cualquier hombre- por el no siempre sosegado mar del tiempo.

Sirva la concesión de este Premio para reconocer y celebrar en España -tierra de sus antepasados, a la que sigue unido- la inmensa cultura de este singular creador, su energía y su talento.La variedad enriquecedora de lenguas y culturas que constituye y de la que goza España, está muy presente en el trabajo del profesor Martín de Riquer, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales. Brillante y laborioso erudito nacido en Cataluña centra su vida en las vertientes filológicas, crítica e historiográfica de la literatura, tanto castellana y catalana como provenzal y francesa, que han sido objeto constante de sus estudios, indisociables de muchos años de investigación y de docencia.

Los numerosos estudios existentes acerca de El Quijote y otros aspectos del arte cervantino quedarían gravemente incompletos si no se contase con los trabajos de este investigador ejemplar.

Pero la pasión por Cervantes no es la única en su obra. Martín de Riquer ha escrito libros decisivos sobre la lírica de los trovadores,  los cantares de gesta franceses o el Tirant lo Blanc, y ha editado o alentado la edición rigurosa de muchos textos clásicos que, carentes de impresiones modernas, resultaban de difícil acceso.

Su Antología de poetes catalans, magna recopilación de versos en latín, provenzal, hebreo, italiano, francés, castellano y catalán antiguo,  constituye un corpus difícilmente superable. Martín de Riquer expresa, con su trabajo, ese saber europeo y universal, sin particularismos ni fronteras, que deseamos ensalzar con estos Premios.

Si la educación es desde los griegos la piedra fundamental de la democracia, él nos enseña, con profundo humanismo y vivo deseo de compartirlo, que solamente el conocimiento nos hace libres y  sólo la instrucción y el estudio nos engrandecen y  distinguen. Por todo ello, es un honor contar hoy aquí con su presencia.

Se concede este año el Premio Príncipe de Asturias de los Deportes al equipo español de Maratón, formado por los atletas Abel Antón, Martín Fiz, José Manuel García, Fabián Roncero, Alberto Juzdado y Diego García. Este admirable grupo de atletas nos recuerda, con su ejemplo, que el fin primero del deporte, que hoy aparece tan  poderoso y apasionado,  es el servir de sano estímulo para la juventud, que en su  práctica  encontrará siempre caminos nobles para su formación.

El hecho de que los miembros de este equipo constituyan realmente un grupo de amigos, refuerza la idea de lo deportivo como algo que une y que nunca debe separar. Sus virtudes han dado excepcionales frutos en los campeonatos europeos y mundiales de los últimos años,  que quedaron rubricadas con sus victorias en el pasado campeonato del mundo de Atenas.

 Todas las manifestaciones del deporte son valiosas, pero tal vez la maratón destaque por ser la más desnuda de medios, la que exige más desvelos al deportista. Estamos ante quienes todo lo deben a su exigencia de superación, al conocimiento de sí mismos. La obra de estos hombres nos confirma que los sueños ardientemente deseados son los únicos que se cumplen.

Guatemala, que ha vivido a lo largo de treinta años un conflicto sangriento, con miles de víctimas y de desplazados, y cuantiosos daños materiales, ha sido galardonado este año con el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional.

Este Premio tiene para nosotros un hondo significado, pues nada nos es ajeno de cuanto sucede en los países hermanos de la otra orilla del Atlántico. El Acuerdo de Paz Firme y Duradera, suscrito el pasado mes de diciembre entre el gobierno de Guatemala y la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca, ha supuesto el regreso a la razón que nos humaniza y a una solución esperanzadora para este pueblo querido, así como un ejemplo sublime del potencial humano en el arduo, penoso pero ilusionante camino hacia la convivencia.

Nos enorgullece y alegra también que compatriotas nuestros hayan estado al mando de la misión militar internacional que ha velado, primero, por evitar los enfrentamientos entre los contendientes, y, al fin, por la rúbrica de la paz. El Presidente de Guatemala Don Alvaro Arzú, que tenemos la satisfacción de que esté hoy entre nosotros, junto con máximos representantes de la Junta Directiva Provisional del Comité para la formación del Partido Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca, ha elogiado la gran tarea realizada por los militares españoles.

Celebramos, pues, el paso adelante que ha dado el pueblo de Guatemala en beneficio de su país y de toda Centroamérica. Los esfuerzos deberán dirigirse ahora hacia la mejora de las condiciones sociales y el progresivo bienestar de los guatemaltecos. Así se asentará, definitivamente, la ansiada paz.

Dos seres humanos que han hecho de la música la pasión y el sentido de su vivir desde el entusiasmo de su joven espíritu con el que buscan y gozan incansablemente de la belleza, Yehudi Menuhin y Mstislav Rostropovich, reciben conjuntamente el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia.

Ambos han conocido el desarraigo y el exilio, pero han luchado contra esa desposesión con el arma incruenta y maravillosa de la música, con  sones purísimos  que  brotan de las manos pero dictadas por el corazón.

Reconocemos en ellos más que su calidad de extraordinarios y prestigiosos concertistas, más que su merecida fama como directores e intérpretes, también y sobre todo reconocemos la dimensión profundamente humana de sus comportamientos, su  ayuda constante a los perseguidos y desamparados del mundo,  sus conciertos a favor de los derechos humanos, y de organizaciones nacionales e internacionales de paz y por la libertad de los pueblos. Ambos, además, son grandes amigos de España, cuya música han interpretado numerosas veces. Nos sentimos orgullosos de esa amistad y de sus constantes palabras de cariño hacia nuestro país; y nos congratulamos por esta síntesis de arte y valores humanos encaminados hacia la consecución de la concordia.

Hay ocasiones en que un equipo, englobado en una gran organización empresarial moderna, es el que, con su labor diaria, transforma algún aspecto esencial de nuestra vida. La nuestra está hoy en gran parte vertebrada por el hilo conductor del periodismo, como vehículo de conocimientos, de información y comunicación.

Esta apasionante tarea la lleva a su grado máximo la cadena de televisión CNN, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades - que comparte con el Presidente de la República Checa Václav Havel- haciendo realidad el viejo sueño del ser humano de comunicarse instantáneamente con sus semejantes allá donde estén, de borrar fronteras y distancias, de saber qué sucede en cada lugar y cada rincón del planeta. Convirtiendo finalmente la Tierra en esa sugerente metáfora que llamamos aldea global.

Su éxito, nacido de una idea tan audaz como radicalmente innovadora en el mundo de la comunicación, demuestra que sólo fracasa quien nunca  se arriesga. Rendimos hoy homenaje a esta difícil tarea, a este riesgo incluso de la vida, que acompaña en numerosas ocasiones a su espléndido equipo de periodistas allá donde se produce la noticia más vibrante o donde se suceden los acontecimientos que marcan los grandes cambios en nuestras sociedades.

Para nosotros, los españoles, y para los más de trescientos cincuenta millones de hispanohablantes que hay en el mundo, resulta extraordinariamente satisfactorio que ese ámbito universal que abarca la CNN se haya visto acrecentado al iniciar las emisiones en español. El reconocimiento de la importancia y extensión de nuestra lengua es una muestra de sensibilidad  y visión de futuro ante la que no podemos sentirnos indiferentes.

La autenticidad en el  ejercicio de la política y la literatura es el rasgo característico  del Presidente Václav Havel, también Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades.

La nobleza de su espíritu brilla tanto en su poesía, su teatro y sus ensayos cuanto en el talante político con que ha construido una paz democrática y fértil para su pueblo, escribiendo uno de los grandes capítulos de la historia europea contemporánea. En sus escritos y en su quehacer político encontramos una talla intelectual y una entereza moral forjada a lo largo de una vida cuajada de duras y numerosas pruebas , en las que siempre ha contado con el consuelo y alivio  de sus seres queridos. Václav Havel  defiende la idea, que compartimos con él, de que la única política verdadera, la única que es realmente digna de este nombre, es la que se entrega con sencillez y buen sentido al servicio de la comunidad. Un sueño de poeta ,ingenuo quizás pero que, a golpe de ideas, Václav Havel ha hecho realidad en la República Checa con rectitud, coraje y equilibrio.

Su presencia entre nosotros nos recuerda la contribución de trabajadores checos en la actividad minera de Asturias. Algunos de ellos han rendido el tributo de sus vidas en ese abnegado esfuerzo que se desarrolla en las mismas entrañas de esta tierra.

Y para finalizar quiero un año más agradecer a los Jurados sus deliberaciones y sus decisiones. Ellos hacen posible con su rigor, su absoluta independencia y la imparcialidad de su juicio que este acto sea una jubilosa celebración de la inteligencia creadora y de la grandeza humana; y como miembro que fue de éstos, quisiera dedicar desde aquí  un recuerdo muy especial a Pilar Miró cuya reciente pérdida todos sentimos.

Mi gratitud asimismo para nuestros patronos, por su generoso apoyo y sus desvelos sin los cuales la Fundación y los Premios se verían reducidos a un pequeño rincón de nuestra imaginación.

Palabras especiales de agradecimiento quisiera dirigir a Asturias, esta tierra que nos acoge siempre con cariño y entusiasmo, que con su franco y abierto carácter nos contagia a todos su energía y su esperanzadora visión del porvenir, y a esta hermosa ciudad de Oviedo, en la que se respira junto al límpido aire otoñal, la serena belleza de su milenaria madurez.

Como hemos podido comprobar, la pasión de conocer, de enseñar, de compartir y de abrir nuevos caminos a la Historia, son los denominadores de los Premios entregados este año. A ellos deseo manifestar mi sincera felicitación; y al hacerlo, en este día en el que España expresa ante el mundo su compromiso con la cultura, invito a todos a mirarse en su ejemplo y contagiarse de su vitalidad y optimismo, haciéndonos capaces de participar con ellos en la siembra de un tiempo nuevo de paz, inteligencia y libertad.

 

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