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Intervención de S.M. el Rey ante la Cámara de los Diputados

Roma, 29.09.1998

S

r. Presidente, Sras. y Sres. Diputados,

Es un gran honor encontrarme hoy en este hemiciclo y tener la oportunidad de compartir algunas reflexiones con ustedes. De modo especial le agradezco a usted, Presidente Violante, su empeño personal en celebrar este encuentro para el que me consta (y ello me llena especialmente de satisfacción) que obtuvo el consenso de todos los grupos parlamentarios.

Consenso, convergencia de opiniones.... Términos que me traen el recuerdo de unos debates fundamentales para mi país, desarrollados en esta Cámara cuando vuestro Parlamento se reunió para examinar la ratificación del Tratado de Adhesión de España y Portugal a la entonces Comunidad Económica Europea.

También entonces, caso único en toda la Comunidad, Sus Señorías se expresaron en modo unánime, y diría que consecuente, con el gran empeño que acababa de poner el Gobierno italiano, desde la Presidencia de turno de la Comunidad, para que pudiese cerrarse con éxito y sin ulteriores dilaciones nuestra muy larga y ardua negociación para la adhesión.

Han pasado casi trece años, pero no desaprovecharé esta oportunidad para rendir homenaje a un Parlamento que tuvo la altura de miras y la generosidad necesarias para comprender el verdadero alcance de aquel acto.

Se dijo, en el curso de aquellos debates, que el ingreso de España en la Comunidad aportaría cuatro novedades positivas: un impulso adicional al proceso de integración, un mayor equilibrio entre el área continental y mediterránea de la Comunidad, una mayor estabilidad política en Europa y una más intensa colaboración entre la Comunidad e Iberoamérica.

Con el paso de los años, tales expectativas, me complace decirlo, se han demostrado ciertas y, así, mi país, que se incorporó a la Comunidad Económica Europea con un altísimo grado de entusiasmo europeista, en todo momento ha compartido con Italia las posiciones de mayor empeño para hacer avanzar la integración.

Esta es también hoy la posición de España. Por ello, tengo la satisfacción de poder subrayar que nuestros dos países coinciden en impulsar fórmulas que permitan a la Unión seguir desarrollándose armónicamente en todos sus aspectos. Estamos, en efecto, convencidos de que sólo a través del impulso integral del proceso, lograremos que los resultados parciales, incluso los más importantes, sean piezas encajables en la gran arquitectura global.

Nuestros respectivos Gobiernos han obtenido un éxito trascendental al lograr la incorporación a la fase final de la Unión Económica y Monetaria. Contaron con el respaldo del Parlamento y de una ciudadanía convencida de la necesidad de los esfuerzos requeridos. Hoy espera de sus gobernantes igual habilidad y coraje para enfrentarse a los retos inminentes.

Entre ellos, destacan las reformas institucionales imprescindibles para que la futura ampliación, que  España ha apoyado desde el primer momento desde la perspectiva del respeto al acervo común, sea positiva para todos: viejos y nuevos miembros. Pero además, que ésta constituya también un paso decisivo en el camino que habrá de llevar a Europa a ocupar el lugar que le corresponde en la política mundial.

En lo que afecta al reequilibrio Europa continental-Europa mediterránea, me gustaría poner de relieve que, partiendo de un hecho meramente geográfico, la adhesión de España significó para Italia, lo digo con plena convicción, la incorporación de un socio siempre dispuesto a compartir reflexiones e iniciativas capaces de hacer comprender al resto de los países miembros la necesidad de cohesión interna y, por ende, del desarrollo de las regiones menos favorecidas de la Comunidad.

Simultáneamente, ambos países insistíamos en la trascendencia de reforzar la estabilidad, el diálogo y la cooperación en todo el Mediterráneo, condiciones necesarias para el desarrollo positivo del proyecto europeo.

Hemos tenido que dedicar muchas energías al logro de tales fines. Afortunadamente, los países de la orilla Sur comprendieron inmediatamente la trascendencia del gran proyecto de partenariado euromediterráneo que formalizamos en la Conferencia de Barcelona de noviembre de 1995.

Desde entonces, se ha trabajado con continuidad y con dosis notables de empeño y de fe en el proyecto. Los resultados de la Conferencia de Palermo del pasado mes de junio así lo demuestran, en último término.

Pero sabemos que no todo han sido éxitos. Se  precisa una mayor implicación de la sociedad civil de todos los países participantes, es necesario que la Comisión y los países miembros de la UE encuentren fórmulas para agilizar procedimientos de definición y adjudicación de proyectos, así como una plena toma de conciencia, por parte de los países del Sur, de la necesidad de realizar esfuerzos para potenciar también una mayor participación ciudadana, cooperación e integración horizontal de sus economías.

Finalmente, no menos necesario es que el proceso de Barcelona mantenga su singularidad y escape a los riesgos de ver condicionado su avance a las vicisitudes del Proceso de Paz en Oriente Medio, que todos nosotros apoyamos como trascendental para la paz y la estabilidad regional, pero que no debe ser factor determinante para la suerte del partenariado euromediterráneo.

 Nuestra Unión, que tantos recursos humanos y financieros dedica al Proceso de Paz y al desarrollo de la región, debe continuar su política mediterránea hasta lograr  los objetivos fijados en Barcelona, a pesar de las lamentables dificultades por las que atraviesa el Proceso de Paz.

Señalé al inicio de mi intervención, que esta Cámara argumentó también en su momento que la adhesión de España a la Comunidad supondría una mayor estabilidad política en Europa.

Trece años después, los hechos ratifican plenamente este juicio. La España democrática de hoy, regida por una Constitución que ampara y desarrolla un marco amplísimo de libertades y derechos individuales y colectivos, es un indudable factor de estabilidad en nuestro continente. La política que lleva a cabo España en el seno de las instituciones a las que pertenece y en sus relaciones con cada uno de los países europeos, se orienta decididamente hacia ese objetivo, y creo que así es valorada unánimemente.

Y llego así al último de los argumentos esgrimidos en esta  Cámara para justificar, en aquel ya lejano diciembre de 1985, el apoyo al ingreso de mi país en la Comunidad Económica: la adhesión de España y la mayor aproximación a Iberoamérica fueron, en efecto, procesos perfectamente sincrónicos.

No podía ser de otro modo, y en ningún momento mi país supuso que la trascendental incorporación al proyecto europeo comportase reducir la vitalidad de los profundos vínculos de todo tipo que constituyen nuestras relaciones con el mundo transatlántico. Italia, por tanto,  también tuvo en el nuevo socio un importante aliado para proseguir con éxito sus propios esfuerzos de aproximación de Europa a Iberoamérica.

Es la propia Unión y el conjunto de sus Estados miembros la que se beneficia de las crecientes manifestaciones del desarrollo económico iberoamericano, por cuya solidez de futuro apostamos, sustentado en múltiples elementos culturales comunes.

El progreso de los sistemas democráticos en todo el subcontinente, la creciente apertura y calidad de sus mercados, el camino hacia la integración regional y la propia voluntad  política de aquellas naciones permiten una interacción, cuya tendencia a la intensificación es muy notable por parte de los operadores económicos privados en los últimos años.

Sr. Presidente, Sras. y Sres.  Diputados,

Vivimos una época de profundas transformaciones en la que es fundamental la cooperación internacional. Cada vez más los ciudadanos de un país son al mismo tiempo ciudadanos del mundo; igualmente, los científicos y los profesionales de cualquier ámbito, los agricultores y los trabajadores de cualquier sector se saben parte de un colectivo que transciende fronteras y continentes.

Así es también en el caso de los representantes democráticamente elegidos, habituados a converger -en el caso de los de los países de la Unión- en un Parlamento Europeo que aúna diputados españoles e italianos en una institución para todos fundamental en el camino hacia el desarrollo democrático de la Unión.

Me complace también, Señores Diputados, que esta Cámara y el Congreso de los Diputados de España hayan constituido, indudablemente movidas por el coincidente empeño de sus Presidentes, un grupo interparlamentario de amistad, cuyas primeras reuniones han demostrado el interés y la utilidad de la iniciativa.

Parlamentarismo trasnacional, diplomacia parlamentaria. Usted, Presidente Violante, personifica la voluntad de que los Parlamentos asuman sus responsabilidades y contribuyan eficazmente a proyectos y a iniciativas que mucho se benefician de esa contribución.

Las reuniones de Parlamentos del Mediterráneo y el deseo de reunir a los veintisiete Parlamentos de los países del Partenariado  Euromediterráneo son iniciativas muy importantes que, me consta expresamente, han contado desde el primer momento con la contribución y el apoyo decidido del Congreso de los Diputados español y de su Presidente.

Debemos conseguir que los valores y los principios de nuestro parlamentarismo se difundan y puedan servir de inspiración para otras naciones, convencidos como estamos de que sobre la base de ellos se ha construido el edificio de nuestras sociedades democráticas.

Nadie debe confundir la voluntad de difundir nuestro parlamentarismo democrático con una inexistente voluntad de imponer modelos socio-culturales propios. Nuestras sociedades han crecido en la tolerancia y en la riqueza que les ha traído la aportación de otras culturas y así desean seguir desarrollándose.

Sr. Presidente, Sras. y Sres. Diputados,

Mi visita a Italia coincide con un período floreciente en las relaciones bilaterales, en el que no sólo aumentan los intercambios económicos y los políticos a todos los niveles, sino también los encuentros humanos, los flujos turísticos y las relaciones directas entre innumerables sectores de nuestras sociedades.

Cada año que pasa más italianos y españoles se asoman a la cultura de España y de Italia, entran en  contacto con la literatura, las artes plásticas, el cine y el teatro de uno y otro país, beneficiándose de la relativa facilidad de comprensión entre nuestras lenguas y de la larga tradición de contactos entre los dos países.

En los próximos meses, tendrán lugar en Italia importantes exposiciones que permitirán un mayor conocimiento del arte y la cultura hispánicas y que, así lo espero, contribuirán a mantener viva la llama de la curiosidad y del interés hacia mi país.

Conviene que a partir de la constatación de esta proximidad, estudiemos las fórmulas que permitan a un número cada vez mayor de españoles e italianos ampliar su formación y sus conocimientos en Italia y en España. Lo afirmo convencido de que unos y otros encontrarán aquí y allí un ambiente idóneo para la formación intelectual y humana.

Permítame Sr. Presidente, Sras. y Sres. Diputados que concluya con unas frases de recuerdo a quien fue Presidente de esta Cámara antes de ocupar la Presidencia de la República y que en tal condición me invitó a realizar mi primera visita de Estado a Italia. El recuerdo de Sandro Pertini me acompaña particularmente durante estos días y con mi homenaje a tan ilustre político y excelente amigo deseo concluir mi intervención, reiterando mi agradecimiento por su acogida y su atención.

Gracias a todos, con mis mejores deseos para el éxito de sus trabajos.

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