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Palabras de Su Majestad el Rey en la Cena de Gala en honor del Presidente de la República Francesa

Palacio Real de Madrid, 04.10.1999

S

r. Presidente, Señora de Chirac,

Constituye un motivo de gran satisfacción el poder acogerles con ocasión de su primera visita de Estado a España, país que ya han tenido ocasión de conocer en previos viajes y que de nuevo les recibe con genuinos sentimientos de cordialidad y amistad.

Estoy seguro de que durante su estancia ayer en Andalucía habrán tenido oportunidad de percibir nuevas y diferentes facetas de la vida de España, como ya en 1997 sucediera con motivo de su visita a Salamanca en el marco de la Cumbre bilateral anual.

Pudo comprobar entonces, Sr. Presidente, por el recibimiento del pueblo salmantino, la admiración y el afecto que Francia despierta en el pueblo español y el respeto y la simpatía de que Vuestra Excelencia goza entre los españoles.

Señor Presidente, 

España y Francia son dos viejas naciones de Europa que durante siglos han contribuido a forjar los contornos esenciales de nuestro continente.

En este discurrir milenario,  franceses y españoles hemos  establecido vigorosos vínculos comunes. Si en los umbrales de la Edad Moderna, la lucha por la supremacía en Europa de los dos países que mejor encarnaron el ideal de Estado, colocó a franceses y españoles en posiciones enfrentadas, no es menos cierto que, al tiempo, y como a menudo sucede en la conducta de los hombres, la rivalidad propició el mutuo conocimiento y el aprecio recíproco.

La historia de nuestras relaciones ha estado cimentada en lazos dinásticos, en paces y guerras, en intercambios de población, en corrientes espirituales y religiosas compartidas, en intercambios culturales ricos y fecundos. Es precisamente en este ámbito decisivo de las ideas y de la cultura en donde resulta más gratificante rastrear la intensa andadura histórica hispano-francesa.

 Desde la Edad media en que las poderosas corrientes del Cister o de Cluny sembraron España de monasterios y conventos, hasta el Barroco que pobló la literatura francesa de mitos y héroes españoles, desde la ilustración de inspiración cartesiana que alimentó el ideario del liberalismo español, hasta la vanguardia artística española que fermentó en el París de principios del siglo XX, nuestros dos países pueden vanagloriarse de poseer un caudal cultural común realmente incomparable.

Sr. Presidente,

Todos estos factores de unión entre nuestros dos pueblos se ven reforzados por la amistad entre ambos Estados, nacida de la firme voluntad de impulsar la cooperación en todos los terrenos, de la conciencia de importantes intereses compartidos y de una amplia coincidencia en la visión de la realidad europea e internacional.

Esta amistad se traduce en valiosos instrumentos de mutua cooperación. Me refiero a las  Cumbres bilaterales anuales, celebradas desde 1985, y a los Seminarios Ministeriales, que comenzaron en 1983. Estas reuniones han contribuido poderosamente a la superación de dificultades existentes entre nuestros dos países, y hoy  constituyen un marco privilegiado de concertación en el ámbito bilateral y también en el europeo e internacional.

Entre países vecinos siempre existe terreno para la cooperación bilateral y aquí quiero reiterar, de modo especial,  el agradecimiento español a la asistencia prestada por Francia en la lucha contra la irracional violencia terrorista.

Igualmente quisiera destacar que, dada la situación geográfica de España y de Francia, es trascendental para mi país contar con la firme y decidida actitud de cooperación del suyo, para reforzar comunicaciones y conexiones que aseguren la fluidez de la circulación creciente de personas y bienes entre la Península Ibérica y el resto del continente europeo.

Sr. Presidente,

Nuestros países comparten  valores democráticos sustantivos  y coinciden en los grandes análisis de la realidad  internacional.

Vivimos en un mundo en permanente mutación, que se apresta a comenzar un nuevo siglo, cuyos rasgos y tendencias empiezan apenas a perfilarse.

El fin de la guerra fría y de la bipolaridad ha permitido, globalmente, un mundo más seguro pero también más imprevisible. Las esperanzas abiertas con la caída del muro de Berlín hace casi diez años se han ensombrecido con dramáticos conflictos locales y regionales. En la misma Europa hemos presenciado con horror, todavía hace unos meses, trágicos episodios de violencia étnica en los Balcanes, que finalmente nos obligaron a intervenir, y que creíamos desterrados para siempre del Viejo Continente.

Una vez más ha sido necesario matizar esa visión optimista de la historia como un proceso irreversible de progreso, ante la evidencia de que focos ancestrales de odio y exclusión, por motivos de etnia, cultura o religión, todavía subsisten.

 Pero resulta igualmente cierto que ante esas sombras de un pasado que debe ser superado, existen factores esperanzadores. Asistimos a un proceso de democratización, a escala mundial, sin paralelo en la Historia. El respeto de los derechos humanos, que pasó a formar parte de la conciencia europea a través de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, está adquiriendo hoy una importancia sin precedentes.

Asistimos, al mismo tiempo, a una globalización del espíritu de solidaridad.

Gracias, en gran medida, al desarrollo de las comunicaciones, ahora más que nunca  podemos decir que nada de lo que es humano nos es ajeno. La inmediatez y la crudeza con que se viven las tragedias que se producen en cualquier rincón del mundo, han despertado en las sociedades de los países desarrollados una oleada de generosidad, canalizada a través de las agencias estatales y de las  organizaciones no gubernamentales. Este fenómeno es extraordinariamente alentador. El pueblo francés y el español han ofrecido excelentes ejemplos de ello. Nacionales de nuestros países trabajan hombro con hombro en todo el mundo, luchando contra la pobreza y la desigualdad, en favor del desarrollo y de la justicia.

 Para España y Francia, la cooperación con las regiones menos favorecidas del planeta, la defensa de los Derechos Humanos, la estrecha colaboración con las Naciones Unidas y sus Agencias especializadas, se han convertido en indiscutidas políticas de Estado.

Señor Presidente,

Los países europeos comienzan el siglo XXI gozando de un alto grado de integración política y económica. Desde la rica diversidad que define la personalidad europea, los pueblos del viejo continente se encuentran hoy firmemente comprometidos con un proyecto común de civilización, animado por un mismo ideario de libertad, tolerancia y progreso económico y social.

Europa es hoy una fuerza constructiva en la escena mundial, en la que aspira a hacer oír su voz y manifestar su presencia, fiel a una historia que le ha permitido tejer lazos con todos los continentes, pueblos y culturas del mundo.

El entendimiento entre nuestros dos países se extiende también a esta cuestión esencial: la profundización en el proceso de integración europea.

España y Francia nunca han contemplado la construcción de Europa como una simple meta económica, sino como algo más noble y ambicioso: la integración política, sin renunciar a la personalidad propia de cada uno de los países miembros. Se trata de un objetivo digno de nuestros pueblos y de su historia. Muchas han sido las dificultades que entre todos hemos superado y, sin duda, muchos serán también los obstáculos que tendremos que superar.

 La quinta ampliación de la Unión, que ahora afrontamos, supone asimismo un hito en ese camino. España comprende de modo especial los anhelos de esos países de incorporarse al proyecto común europeo, como espacio de libertad y de estabilidad que promueve el desarrollo social y económico, y de ahí que los apoye sin vacilar.

La coincidencia entre España y Francia en cuestiones de política exterior no se agota en el marco europeo. Como países mediterráneos, por geografía, historia, cultura y vocación, cooperamos estrechamente para que el viejo Mare Nostrum constituya un ámbito de paz y prosperidad, en el que participen plenamente los pueblos de la ribera sur, con los que españoles y franceses estamos unidos por tantos lazos. El Proceso de Barcelona, iniciado en 1995, constituye un marco excelente para ello.

Hay otra región especialmente querida e importante para España. Conoce, Sr. Presidente, sobradamente la relación especial que existe entre mi país y las naciones iberoamericanas. Es una relación que en los últimos años se ha visto enriquecida por la extensión de la democracia en ese continente, que España ve como un elemento especialmente alentador, por un importante esfuerzo de cooperación que venimos desarrollando e incrementando de manera sostenida y por una creciente presencia de inversores españoles, que han apostado decididamente por el futuro de esas naciones.

Sé que Francia, y de forma particular su Presidente, comparte esta sensibilidad. A ello obedece que la Primera Cumbre de la Unión Europea y de América latina y Caribe respondiera a una iniciativa hispano-francesa, de la que todos nos congratulamos. Nos corresponde ahora continuar esta labor de aproximación entre ambos grupos de países, en la seguridad de que será mutuamente beneficiosa.

Sr. Presidente,

España y Francia son dos países amigos, socios y aliados, unidos por la geografía, la historia, la cultura y por un entramado secular denso en valores, principios e intereses. Hoy la intensidad de nuestra cooperación bilateral y nuestra cercanía en las grandes cuestiones europeas y de política exterior sólo es comparable a nuestra proximidad física.

Nunca como hoy han estado las relaciones entre nuestros países tan bien trabadas y han sido tan fructíferas. Y eso se debe, Sr. Presidente, en buena medida a su esfuerzo personal y a su buen hacer. En estas condiciones, nada más sincero y más grato que augurar un espléndido futuro a las relaciones entre nuestros países y nuestros pueblos.

Señor Presidente,

Por ese futuro prometedor, levanto mi copa y brindo por su ventura personal, por la de la Sra. de Chirac y por la amistad secular entre Francia y España.

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