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Palabras de Su Majestad el Rey en el acto de entrega del Premio Miguel de Cervantes a José Hierro

Madrid(Alcalá de Henares), 23.04.1999

U

n año más nos reunimos en este Paraninfo de la Universidad de Alcalá,  convocados por el santo y seña de Miguel de Cervantes, hijo de esta ciudad, en el aniversario de su muerte.

Si el nombre de la Universidad evoca una tradición gloriosa de apertura al moderno espíritu europeo, el de Cervantes cifra simbólicamente el carácter congregador de nuestra lengua española.

Nacida como instrumento de fácil comunicación entre gentes de procedencia muy diversa, fue creciendo y enriqueciéndose al tiempo que, al incorporarse voluntariamente en las distintas regiones de la península, se convertía, dentro de la riqueza plurilingüe de España, en instrumento y expresión de su unidad.

El  encuentro de los españoles con los pueblos de América  iba a constituir muy pronto al español en lengua de un mestizaje que no haría más que extenderse y afirmarse fecundo durante siglos, hasta hoy mismo.

Es esa virtud congregadora la que Cervantes  representa por antonomasia. No pudo él cumplir su deseo de ir a las Indias. Pero como soldado en Europa, cautivo en África y, sobre todo, ciudadano de a pie en media España, siempre en contacto con el pueblo llano, logró condensar en su obra literaria el universo de la cultura europea, y la ensoñación de ese pueblo que tan profundamente conocía, y se hizo universal al penetrar como nadie en los espacios más íntimos del alma y captar los latidos del corazón del hombre.

Todo, por el milagro de la lengua castellana, que en él huía de cualquier forma afectada y fluía por el cauce de la discreción, con palabras claras, propias y significantes, en las que todos podemos entendernos y reconocernos. Esa realidad es la que venimos a celebrar cada año, honrándola en  escritores de este y de aquel lado  del océano y avivando así la conciencia del formidable patrimonio que constituye la unidad del español en el mundo.

Un patrimonio que hemos de cuidar y aumentar con entusiasmo, fomentando un uso cuidadoso y un  mejor conocimiento de su inmensa riqueza.

Honramos aquí y ahora al español en la figura de un poeta. En la poesía, cuando es verdadera, desarrolla la palabra su mayor potencialidad creadora de sentido. Por eso mismo, condensa la mayor capacidad congregadora. Cuantos hablamos español podemos encontrarnos en el espacio construido por unos cuantos poemas que cifran un modo de concebir y de sentir.  Son versos del Mío Cid o de Jorge Manrique, de San Juan de la Cruz o de Sor Juana Inés, de Rubén Darío o de  Machado, de Neruda o de José Hierro.

Comenzó Hierro a escribir muy joven, sobre la pauta de los poetas de la Generación de 1927, y alcanzó pronto una inconfundible voz propia.

Eran años difíciles. Entre las ruinas de la guerra, mientras algunos poetas buscaban refugio y consuelo en los versos, José Hierro, junto al grupo de jóvenes amigos de la revista Corcel  primero, y más tarde de Proel, urgía con apremio la necesidad de que la poesía se comprometiera con el tiempo y la circunstancia histórica que les había tocado vivir. "Detesto -confesaba- la torre de marfil. El poeta es obra y artífice de su tiempo. El signo del nuestro es colectivo y social".

En esa línea, creía que la poesía debería ser entonces de algún modo épica: "El periódico -decía- cuenta todos los hechos. La novela extracta los más significativos, la poesía registra la huella que en el corazón del poeta dejan unos hechos".

En el suyo iban a dejar huella profunda las secuelas de la dolorosa contienda civil y los años de cárcel:

"En tí pasé mi primaveraBien sabe Dios que no te odioPero era horrible aquel paisajesiempre delante de los ojos". Descartado el odio, el recuerdo viene en forma de pesadilla, como un mal sueño recurrente en el que sobre todo emergen los rostros anónimos de los que sufrían privados de libertad. Porque, como a Miguel de Cervantes, lo que a Hierro le ha preocupado siempre, lo que late de continuo en su verso es la defensa de ese bien, el más preciado del hombre, el que nos constituye como tales.

El propio José Hierro ha clasificado sus poemas en dos grupos: reportajes y alucinaciones. Dos caminos que se entrecruzan de continuo en esa manera tan cervantina, que descubre aspectos mágicos en lo real cotidiano y hace real lo imaginario y fantástico. Por la palabra hecha música en el verso, el mundo se ensancha y, rotas las amarras del tiempo, el hombre se funde en libertad con otros hombres, con la naturaleza y con la historia.

Cuantos hablamos español debemos a José Hierro, que acaba de ser justamente llamado a la Real Academia Española, poemas inolvidables. No podemos olvidar, por ejemplo, aquel "Requiem" que le suscitó la lectura de la esquela de un español cualquiera en Nueva York. Todo el contraste de sueños y realidad se aprieta en aquellos versos como una lección. Habría que añadir de inmediato que nunca un español como millones de españoles pudo soñar un epitafio mejor.

Con su obra, toda ella puro testimonio, José Hierro nos congrega a todos, por encima de ideologías, en una poesía hecha con palabras que saben a pan y a vino, que suena como música en la que late el ritmo de muchos corazones.

Por todo ello, José Hierro, muchas gracias.

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