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Palabras de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias en el acto de entrega de los Premios Bartolomé de las Casas 1998

Madrid, 13.05.1999

E

l Premio Bartolomé de las Casas nació con sencillez hace ocho años y hoy sigue siendo una realidad que trae consigo aires nuevos, ideas, ilusiones e iniciativas que quieren crecer y perpetuarse, pero sobre todo que nos estimulan y nos hacen pensar en América, en nuestro amor por ese continente que tanto representa para España.

Nos alegra esta perspectiva de desarrollo continuado, esta voz que, junto con otras muchas, abre un nuevo capítulo del libro grande y denso de nuestra Comunidad Iberoamericana de Naciones y del papel que en ella queremos tener los españoles.

Este capítulo es el de los pueblos indígenas de América. No es un tema de hoy. Desde el principio fue preocupación constante de los Reyes mis antepasados, y de sus consejeros y legistas, personificados en la figura del Obispo de Chiapas, a cuyo nombre se acogen estas distinciones.

Hombres cuyas opiniones fueron escuchadas con atención, aun en aquellos aspectos que más directamente chocaban con las que eran mayoritarias en aquella época, y con las que se lograron dos conquistas decisivas del humanismo español: el reconocimiento de la esencial igualdad, y consiguiente dignidad, de los hombres de cualquier raza y cultura; y las bases de un derecho de gentes del que surgió el sistema del primer derecho internacional europeo.

Esta semilla ha fructificado con el tiempo y se expresa hoy con la fórmula moderna de la protección de los derechos y el respeto a los valores de los indígenas, pueblos que son nuestro pueblo, empresa colectiva que nutre nuestra historia común, energía que construye nuestro presente y es garantía de porvenir.

Quienes se esfuerzan por establecer sobre sólidas bases la convivencia pacífica y constructiva entre las distintas etnias que habitan el territorio americano, construyen la paz que es fruto del conocimiento y del respeto de los valores ajenos. Con toda razón afirmaba uno de los más genuinos y egregios representantes de los pueblos autóctonos de América, Benito Juárez, que "Mi respeto al derecho ajeno es la paz".

 Este reconocimiento recíproco se desdobla en dos aspectos inseparables, que son Historia y vida. La primera, porque los pueblos indígenas tienen también, como nosotros, un pasado en el que han construido y depurado sus caracteres y representaciones colectivas, y un momento histórico en el que se han encontrado con nosotros y hemos podido comenzar a convivir. La segunda, porque la Historia no es reliquia bien guardada, sino proyecto vital que actualiza un patrimonio cultural conforme a las cambiantes circunstancias de cada tiempo, y lo perfecciona a través de su relación con otros pueblos.

En esta perspectiva sobresalen los trabajos y los méritos de los Premios Bartolomé de las Casas que hoy entregamos, concedidos "ex aequo" en 1998 al Profesor Natalio Hernández, de Méjico, y al Congreso General del Pueblo Kuna, de Panamá.

El Profesor Natalio Hernández, nahuatl, es un destacado poeta e incansable investigador de una de las más ricas herencias culturales de la América precolombina: la lengua y la cultura nahuas, que aún hablan en Méjico más de un millón de personas. Fue la primera lengua que tuvo en el Nuevo Continente una Gramática y en ella están escritos los más importantes Códices que se conservan.

 El profesor Hernández es además pionero de un movimiento cultural que fomenta el entendimiento y la comprensión entre las culturas indígenas y la sociedad y las instituciones no indígenas en el marco de la interculturalidad. Es Director de la Casa de los Escritores en Lenguas Indígenas, y ha  publicado muchos libros, artículos y ensayos sobre temas relativos a la lengua y literatura indígenas.

El Congreso General Kuna tiene un patronímico que quiere decir gente, persona, ser vivo; pero también, en su otra acepción, alude a la llanura y a la superficie terrestre.

Los Kunas poseen y explotan en forma colectiva una territorio denominado Kuna Yala, en la Costa Noroeste de la República de Panamá. La comarca Kuna Yala se rige por un sistema de gobierno propio, reconocido por el Estado panameño, y en cuyo seno se debaten los proyectos de las instituciones públicas y privadas, nacionales y extranjeras. Incluso han logrado negociar e influir en las decisiones del Estado, lo que les hace ser un ejemplo para todas las comunidades indígenas de Iberoamérica.

La historia Kuna es la de una lucha constante en defensa de sus derechos y su territorio, pero también de una permanente búsqueda de acuerdos y pactos con quienes les rodean, pues su desarrollo depende tanto de ellos mismos como de los no  kunas, y aprovecha las nuevas oportunidades de cambios que ocurren en el mundo actual, sin dejar de lado su identidad cultural y espiritual.

Por último, quiero destacar, asimismo, que el Jurado, por unanimidad y a propuesta de varios miembros del mismo, ha acordado conceder una mención honorífica al grupo TAGAERI, del pueblo Huanorani del Ecuador, como ejemplo y símbolo de la voluntad de un pueblo por desenvolverse conforme a sus propios valores y tradiciones. Al entregar estos premios, honramos en quienes los reciben virtudes y ejemplos que nos animan a seguir su camino, con la convicción de que estamos creando una realidad perdurable, porque es auténtica al hundir sus raíces en un ayer que ya es definitivamente nuestro, y porque responde a los principios de justicia y solidaridad que hoy sentimos con especial intensidad.

Mi más cordial enhorabuena a los premiados, al jurado, y a la Secretaría de Estado para la Cooperación Internacional y para Iberoamérica, que instituyó estas recompensas, a las que deseo larga vida y fecundos resultados, que estoy seguro alcanzarán y desde luego se merecen.

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