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Palabras de Su Majestad el Rey al Presidente de Portugal Antonio Ramalho Eanes y al pueblo portugués

Madrid, 23.05.1977

S

eñor Presidente, nos alegramos vivamente al dar hoy la bienvenida al Presidente de la República Portuguesa y a su distinguida esposa. No puede haber ocasión más grata ni cometido más satisfactorio para el Rey de España que recibir en Madrid, en nombre de nuestro pueblo, al más alto representante de Portugal, nación hermana y la más próxima, geográficamente e históricamente.

Me honra, señor Presidente, que sea España el primer país que visitáis oficialmente como Presidente constitucional de Portugal. Muchas gracias.Bajo vuestra firme dirección, superados momentos inciertos, Portugal ha establecido la democracia y afronta su destino en paz y libertad.

Vuestro espíritu de servicio, vuestra fidelidad militar al deber, son proverbiales. Permanecéis muy cerca de vuestro pueblo y no quiero ocultaros, señor Presidente y querido amigo, mi convicción de que esa es la guía segura y el único camino que permite confiar en el acierto.

Se ha dicho que hay fronteras que unen y fronteras que separan. La nuestra, atravesada por ríos comunes, por montañas que cruzan toda la península y, en definitiva, por el vaivén humano de gentes que han vivido durante milenios sobre el mismo solar, parece que nos estuviera marcando el ámbito para una convivencia estrecha y positiva, basada en el respeto mutuo.

Los dos Estados de la Península Ibérica han vivido, a lo largo de su historia, empresas paralelas y en ocasiones conjuntas de alcance universal, presididas por el mismo ideal civilizador, lo que será siempre para nosotros motivo de orgullo. Pero ha sido rasgo fundamental de portugueses y españoles la voluntad de afirmar su personalidad nacional diferente, y de contribuir a la civilización común por caminos que en no todos los casos fueron los mismos. Quizás la configuración geográfica de cada país marcó desde antiguo esta diversidad que nos hizo seguir rumbos propios y que, en el caso de Portugal, señaló una tarea que ha durado siglos y que un escritor portugués resumió en una hermosa palabra: «Oceanidad».

Y, sin embargo, como hijos de un mismo tronco originario, nos cruzamos con frecuencia en nuestros caminos, haciéndonos préstamos humanos recíprocos que han quedado señalados en nuestra historia.

Señor Presidente, España está viviendo un momento importante. Si rupturas, asumiendo la totalidad de nuestra historia, construyendo sobre el esfuerzo de tantos compatriotas insignes que nos han precedido, sintiéndonos una nación joven y nueva que mira decididamente al futuro, los españoles hemos querido establecer una democracia pluralista que permita un desarrollo integral y en libertad de la persona humana y que responda a los deseos y necesidades que hoy experimenta nuestro pueblo.

En este empeño nos encontramos una vez más con Portugal y sabemos los esfuerzos de vuestro pueblo y vuestro gobierno por edificar una sociedad libre y justa en que a todos alcance el bienestar y la prosperidad.

Creo que vivimos un momento excepcional para potenciar y estrechar las relaciones de todo orden que unen a España y Portugal, para multiplicar el conocimiento de cada uno de nuestros países hacia las realidades del otro, terminando con ese ensimismamiento excesivo que a veces casi ha enajenado la atención y el afecto que nos debíamos el uno al otro. La reanudación del diálogo de estos dos grandes pueblos peninsulares y la concertación de nuestras políticas en los campos de la cultura, de la economía y de la técnica, darán más peso a la aportación de la Península Ibérica a esa realidad superior que queremos que sea Europa.

Porque objetivo común de las dos naciones peninsulares es, sin duda, prestar su colaboración al ideal de una Europa unida política y económicamente, en libertad y en respeto hacia las características de cada nación.

Para la construcción de esta Europa de todos, nosotros, pueblos peninsulares, pondremos a contribución nuestro universalismo tradicional, el que defendieron Francisco de Vitoria desde Salamanca y Francisco Suárez desde Coimbra, Diego de Sá y Miguel Soares da Ribeira, ya que la fortaleza y prosperidad que deseamos para Europa no van dirigidas contra nadie, sino, al contrario, pretendemos con ellas ofrecer una cooperación abierta, generosa y en paz hacia todos los pueblos del mundo.

Es necesario también que nuestro diálogo peninsular sirva para proyectar hacia la Iberoamérica que habla nuestras lenguas el estímulo, la presencia y la colaboración de éstas sus dos naciones hermanas que deben buscar el cumplir también allá el destino de solidaridad a que están llamadas.

Para hacer posible todo esto, nuestros gobiernos habrán de buscar, con imaginación, fórmulas que actualicen y potencien esa cooperación deseada.Señor Presidente, permitidme ahora que evoque, desde lo hondo de mis recuerdos de infancia y adolescencia, la imagen de ese Portugal querido que tanto ha significado y significa en mi vida, que he recorrido de norte a sur, por sus caminos, sus montes y sus ciudades. Conozco y amo a vuestras gentes, y son muchos los portugueses a los que llamo, con verdad, amigos.

Desde la sinceridad de ese conocimiento amistoso y profundo, yo os digo que los pueblos portugués y español desean a la vez dos cosas aparentemente contradictorias: mantener estrictamente su independencia y la soberanía indiscutida sobre sus propios asuntos, y acercarse cada día más el uno al otro, profundizando en esta intimidad que tan naturalmente se establece entre nosotros.

Pero, bien mirado, ambos sentimientos no son contradictorios, sino perfectamente compatibles, y yo os diría que el avivarlos y articularlos hasta hacerlos complementarios es una tarea elevada que aguarda a nuestros respectivos gobiernos. Creo que éste es el gran reto del presente a las dos grandes naciones que compartimos la Península Ibérica, y, si sabemos hacerle frente y establecer entre nosotros una genuina y fraterna cooperación, habremos dado a muchos otros países, que en Europa y fuera de ella se encuentran en análoga relación, un ejemplo de buena fe, de actitud positiva y creativa frente a los problemas que tiene planteados la humanidad.

Y quiero ahora brindar, señor Presidente, desde esta casa española que se honra en recibiros, por vuestra felicidad personal y la de vuestra esposa, y por la prosperidad y ventura del pueblo portugués.

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