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Brindis de Su Majestad el Rey en la cena ofrecida por el Presidente de la República Francesa

Francia(París), 27.10.1976

S

eñor Presidente, muchas gracias por las palabras que acabáis de pronunciar y que hemos escuchado con especial agrado. Muchas gracias también por vuestra invitación, que ha permitido que nuestra primera visita oficial a un país europeo como Reyes de España sea a esta vecina Francia, con cuya historia, pensamiento y arte se han entrelazado los nuestros en forma continua a lo largo de los siglos, desde los albores de la realidad geográfica y cultural que llamamos Europa.

Quiero esta noche rendir homenaje a vuestro insigne país, señor Presidente, y reiterar al pueblo francés el testimonio, bien conocido, de admiración y respeto del pueblo español.

Creo que está dentro del espíritu y de las costumbres en el diálogo que vos, señor Presidente, y yo mismo tenemos entablado, el hablar sinceramente. Diré por ello que, mientras la vecindad, acompañada de la técnica moderna, nos facilita una cooperación cada día más estrecha, el mutuo respeto nos impone obligaciones que debemos cumplir con el mayor cuidado.

Vencidos los obstáculos que la naturaleza opone a una comunicación física entre los dos países, y siendo ésta cada vez mayor, no deben permitirse ahora otros de carácter diferente que perturben o amenacen la paz y el orden de nuestras poblaciones, a través de las fronteras, o que dificulten el libre flujo de personas y bienes sobre nuestros territorios para que tanto Francia como España puedan cumplir la función a que les obliga la geografía del continente.

A partir de estas bases, la cooperación franco-española se presenta con caracteres singulares dentro del marco de las tareas de construcción europea. Desde las raíces comunes de la latinidad hasta las afinidades del gusto y del pensamiento, producto de una civilización compartida secularmente, el parentesco cultural de españoles y franceses prepara el camino para la deseable acción conjunta. Pero es preciso ampliar el conocimiento, tantas veces insuficiente, que los unos tenemos de los otros. Es preciso reforzar la confianza, a veces disminuida, entre nuestros pueblos, y entre los directivos de una y otra sociedad, hombres de empresa, políticos e intelectuales. Es preciso considerar con especial simpatía todo proyecto común, por el mismo hecho de serlo; analizarlo sin egoísmo, con sentido profundo de la equidad, y conseguir, con determinación bienintencionada, que lo bueno para uno de los países sea bueno también para el otro. La colaboración franco-española podrá así levantarse como una de las cumbres de la construcción europea, sólida como unos nuevos Pirineos del espíritu, que sean lazo de unión y nunca línea de separación, soporte de empresas cada día más ambiciosas y prometedoras a escala continental.

Señor Presidente, como bien sabéis y habéis dicho en ocasión anterior, España es uno de los países fundadores de la historia de Europa. Pertenecemos espiritual, económica y políticamente al ser europeo.

Europa está presente en España desde que se forma nuestra nacionalidad, en los primeros siglos de la era cristiana, por la fusión de las poblaciones indígenas básicas con los romanos colonizadores y con los elementos visigóticos. La presencia europea continúa, a todo lo largo de la Edad Media, en las peregrinaciones a Compostela, en la política matrimonial de los reyes peninsulares, en la acción de la Iglesia y de las ordenes religiosas, en la proyección mediterránea de la Corona de Aragón.

España estuvo presente en Europa con los Emperadores hispano-romanos y con escritores como Séneca, con la irradiación de nuestra cultura hispano-musulmana, con la doctrina de nuestros teólogos y filósofos del siglo de oro, el esplendor de nuestro arte y de nuestros escritores, el peso de nuestros ejércitos, de nuestros diplomáticos y nuestros políticos en la Edad Moderna, así como en el comercio y las finanzas. Igualmente, el descubrimiento, la colonización y la independencia de América suponen una aportación decisiva de lo español al orden cultural europeo, que hoy llamamos occidental. Nunca renunció España, ni siquiera en medio de las crisis que le trajo la Edad Contemporánea, a llamarse y a ser europea.

En nuestros días, España y Europa se han hecho recíprocamente presentes a través de un millón de españoles que viven y trabajan en otros países del continente. Nos unen económicamente las inversiones europeas en España y las no despreciables de España en países europeos, así como las corrientes de intercambio comercial que traen nuestros productos, cada día más valiosos y complejos, y que llevan a España los productos de la técnica y el trabajo europeo. Nos acercan espiritualmente los muchos millones de turistas que nos visitan, el testimonio punzante y vital de nuestros pintores, de nuestros músicos, de nuestros escritores, y el tráfico incesante -que no conoce fronteras- de las ideas, las actitudes y las creaciones del espíritu.

El pueblo español está dispuesto a renovar, con dignidad y con provecho, su participación en los asuntos europeos y a poner en ello la misma ilusión, el mismo ímpetu y el mismo espíritu creador que animaron a nuestros antepasados. Para ello, España no puede aceptar otro trato que el de igualdad con los demás países de Europa. Sabemos que es mucho lo que España puede y debe aportar a la Europa del futuro, y seremos tan vigilantes en la consecución de nuestros objetivos nacionales, como generosos y solidarios en la conducta que nos corresponda adoptar como parte de la acción común.

Señor Presidente, vivimos tiempos de cambio y los mejores espíritus intentan encontrar nuevos caminos que permitan superar las crisis del mundo moderno. En el constante afán de creación y búsqueda que caracteriza a los europeos, nuestras sociedades demandan hoy un cuadro institucional que potencie la libertad del hombre, al par que garantice la defensa de los intereses colectivos, la protección y el disfrute de la naturaleza, el imperio de la justicia social y la eficaz seguridad frente al futuro y la adversidad. Conseguir ese equilibrado resultado es el gran empeño de nuestra época, el escalón de progreso que la humanidad tiene hoy derecho a alcanzar.

Pero por muy justas y libres que consigamos hacer a nuestras sociedades nacionales, la verdad es que la historia se vive hoy a escala universal. España, con una antigua experiencia de acción en el mundo, propugna un nuevo entendimiento y nuevas nociones de justicia y equidad entre las naciones. La paz es un bien indivisible y, dada la complejidad de las relaciones de todo tipo, no es posible hoy el aislamiento más que al precio de la marginación y de un creciente empobrecimiento.

Entre nosotros, franceses y españoles, reunimos tal vez la más antigua experiencia en la relación que liga a dos Estados. Inevitablemente, cuando se trata de vecinos y de pueblos con vocación de protagonistas, esa experiencia está esmaltada de tensiones, pero también lo está de grandes momentos creadores, de respeto y de largos años de amistad y colaboración. Ignorar los problemas que ocasionalmente surgen entre nosotros no sería prudente y debemos encararlos con franqueza y afán de superación. Pero tampoco sería realista olvidar el peso conjunto que nuestros dos pueblos pueden ejercer en un mundo en el que ambos engendraron naciones, cristianizaron a millones de hombres y mujeres y difundieron una cultura común, dentro de sus propias diferencias.

Pensando en Europa, «aquella nación compuesta de varias» como decía Montesquieu, no es difícil entrever el renovado equilibrio que nuestra acción conjunta puede aportarle, devolviendo al mundo mediterráneo su verdadera dimensión e influencia. No en vano la cuna de nuestra cultura se mece en las orillas del Mare Nostrum y la luz de su ambiente y espiritualidad ilumina con potencia inigualada cuanto de grande, bello, humano y libre alienta hoy en nuestro mundo.

Cuentan que el Emperador Carlos V, refiriéndose a vuestro Rey Francisco I decía: «Mi primo Francisco y yo estamos por completo de acuerdo: los dos queremos Milán.» Cerrado el capítulo de las ambiciones territoriales, ahora inconcebibles, creo que los gobiernos de Francia y España pueden hoy llegar a muchos acuerdos completos sobre los más variados temas de su interés común. El entendimiento entre nosotros será siempre un servicio a la comunidad europea y un beneficio para dos grandes pueblos, cuya historia vuelve a fundirse en la hora de las grandes empresas.

Levanto mi copa por este entendimiento y os pido que brindéis conmigo a la salud del Presidente de la República Francesa y de su distinguida esposa, por su prosperidad personal y la de todo el pueblo francés.

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