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Palabras de Su Majestad el Rey al Presidente de la República Arabe de Egipto Anwar El Sadat y al pueblo egipcio

Egipto(El Cairo), 19.03.1977

S

eñor Presidente, con profunda gratitud, la Reina y yo nos acogemos a vuestra hospitalidad, brindada por vos, señor Presidente, según las mejores tradiciones del pueblo árabe, que hemos sentido desde el instante mismo de llegar a tierra egipcia.

Os agradecemos, igualmente, las palabras cordiales que acabáis de dirigirnos y los sentimientos que habéis expresado hacia España. Nosotros sabemos, porque os conocemos, que no son, simplemente, frases de cortesía ocasional, sino palabras fraternales. Así os pido que consideréis las mías.

Os traigo el saludo de España. Continuando y confirmando una línea sin interrupción de nuestra política exterior, que es la tradicional amistad hacia la nación árabe, la Monarquía española que encarno reitera su conciencia de vinculación histórica y fraternal con esa nación árabe.

Estos vínculos vienen de un pasado glorioso en el que el Islam hizo fructificar una de sus mejores formas culturales y de civilización en Al-Andalus. Durante casi ocho siglos, convivimos en una simbiosis tal que, como la moderna historiografía está demostrando, ya no se puede hablar estrictamente de invasores e invadidos, conquistados o conquistadores, sino de pueblos que a través de luchas y de paces se transformaron en factores integrantes de una nacionalidad final y lograron uno de los más altos ejemplos de mestizaje racial y cultural de la historia de la humanidad.

Sabéis, señor Presidente, que, como una muestra de las posibilidades que abrió en España el encuentro entre la religión musulmana y la cristiana, junto a la otra tercera y gran religión monoteísta nacida en este mismo oriente, esa joya española de la convivencia que fue la ciudad de Toledo mereció ser conocida, igual que su rey cristiano, Alfonso VI, como la «de las tres religiones».

En virtud de este legado histórico que nos incita a comprender, mi país no puede, señor Presidente, ser indiferente al problema del próximo oriente, que de manera tan directa y vital afecta al pueblo egipcio.

Porque no somos indiferentes es por lo que deseamos, ardientemente, la paz, y entendemos y apoyamos vuestros esfuerzos por conseguirla. Pero todos sabemos que la paz no puede alcanzarse a cualquier precio, porque si por ella pagamos con la moneda de la justicia, perdiendo ésta, habremos dejado la paz, que es una tranquilidad en el orden, abandonada sobre un terreno frágil, amenazada en sus cimientos, convertida en un puro y transitorio armisticio y en un equilibrio inestable y peligroso. La paz, para ser perpetua, debe afincarse en la solución justa de los problemas y en el respeto a los derechos y a la dignidad de todos los hombres.

Ahora, permitidme que vuelva la vista al interior de vuestro país y os diga cuánto me place encontrarme en esta ciudad de El Cairo, la capital «del Victorioso», edificada hace mil años sobre la tierra de una civilización muchas veces milenaria, y a la que uno de los más grandes pensadores árabes, nuestro Ibn-Jaldun, nacido en Túnez, muerto en El Cairo y descendiente de una familia de Sevilla, llamó «la ciudad del mundo y su corona». La modernización de las estructuras sociales y políticas se funde en el Islam de nuestros días con el respeto a las tradiciones religiosas. En un proceso de modernización como el vuestro, se encuentra una de las claves del buen orden y progreso de la humanidad, porque es necesario que los países conserven aquello que constituye su personalidad esencial y que asienta la vida de sus ciudadanos en valor claro y seguro.También en mi país, señor Presidente, estamos empeñados en renovar profundamente las estructuras sociales y económicas para ser capaces de recibir cuantas innovaciones exige el legítimo deseo de progreso y cambio que los ciudadanos piden, conservando íntegros los valores tradicionales que no se oponen a esta recepción, que es, también, la recepción de la vida que fluye.

Nos parece que este empeño tiene una trascendencia que va más allá de la nacional, pues, si somos capaces de responder con clarividencia al reto, estaremos capacitados también para entender que el gran diálogo de nuestros días es el que está establecido entre los países industrializados y los que se hallan en la fase del desarrollo; entre las estructuras tradicionales y el factor de modernización; entre el norte industrial y el Sur dotado de la enorme riqueza de la voluntad y sacrificio de sus hombres.

También en este punto coincidimos Egipto y España. España y los países árabes pueden, dentro de marco que les brinda su respuesta al enfrentamiento entre tradición y progreso, entablar un diálogo concreto sobre temas específicos que nos afectan en ese contexto y que son tan importantes como la estabilización del precio de las materias primas, la racionalización de las relaciones de intercambio, la transferencia de tecnología y el difícil progreso común a través de un orden económico internacional más justo. La experiencia española reciente de su desarrollo nos sitúa todavía en las cercanías de los problemas de los países que necesitan incrementar sus industrializaciones y mantener al mismo tiempo un equilibrio razonable entre este impulso modernizador y los sectores económicos tradicionales.

Estas breves reflexiones que me suscitan mi llegada a El Cairo, vuestra compañía, la vivencia, en fin, de mi encuentro con un país más que amigo, familiar, y en un trance de transformación, de tránsito inteligente desde su pasado a su porvenir, refuerzan en mi ánimo la convicción de que el diálogo entre Egipto y España está llamado, por el peso de la historia y las razones del presente, a continuar de manera fluida, a transcurrir por un cauce de total comprensión entre nuestros pueblos y de contribución de ambos al bienestar del mundo cambiante en que nos encontramos.

Con estos sentimientos en mi corazón, con la seguridad, señor Presidente, de que nuestro encuentro debe marcar una señal decisiva en las relaciones de los dos pueblos y de que, en fin de cuentas, es un reencuentro fraternal, quisiera reiteraros la gratitud de la Reina y mía por vuestra calurosa acogida, y brindar por nuestra amistad, por la ventura personal de Vuestra Excelencia y de la señora de Sadat, y por la felicidad y prosperidad del pueblo egipcio.

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