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Palabras de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias en la entrega de la II Edición del Premio Velázquez de Artes Plásticas a Antoni Tàpies.

Madrid(Museo del Prado), 09.06.2003

N

os encontramos reunidos hoy para hacer entrega a Antoni Tàpies del Premio Velázquez de Artes Plásticas. Y lo hacemos en esta Sala del Museo del Prado, la de las Meninas, que no sólo es el corazón vivo del Museo, sino el centro simbólico de la pintura española.

Personalmente, poder entregarle este Premio a Antoni Tàpies es un motivo de enorme orgullo. Además, me supone una gran alegría al evocar el día en el que tuve la dicha de hacerle entrega en Oviedo, el 19 de octubre de 1990, del Premio a las Artes que lleva mi nombre.

Hoy, desde este corazón de nuestro arte, debemos recordar que el Premio Velázquez nació con el propósito de reconocer la trayectoria de los artistas estrictamente del ámbito español e iberoamericano contemporáneo, que han alcanzado la excelencia creadora con vocación universal.

El Jurado, en esta segunda convocatoria, atendiendo a esa excelencia y a esa universalidad, decidió que el galardonado fuera Antoni Tàpies. Y a él quiero, en primer lugar, expresar mi más sincera felicitación por esta distinción que se añade a los muchos otros Premios con los que ha sido celebrada su dedicación artística, el significado de su obra y su larga estela de influencia en el arte de nuestros días.

Pero me consta que el Premio Velázquez añade algún rasgo especial que lo hace distinto a los otros galardones. Desde el propio nombre a cuya advocación se acoge, este Premio nació para dar cuenta de la continuidad que el arte español e iberoamericano ha tenido a lo largo de toda su historia como uno de los ámbitos más fructíferos de la creación artística en el mundo. Esa continuidad llegó al siglo XX, se prolongó en él, e hizo que de nuestro arte volvieran a emerger algunos de los nombres ineludibles para el arte contemporáneo universal, sin los que su misma historia no podría ser explicada.

Cuando Antoni Tapies arrancaba su trayectoria artística, a mediados de los años cuarenta, se encontraba dedicado a la búsqueda de claves expresivas que reflejaran el nuevo mundo que le había tocado vivir. El mundo era muy diferente, y a menudo más indescifrable y sombrío que lo que reflejaba una pintura, en la que el impulso crítico de las vanguardias históricas parecía entonces languidecer. No fue extraño, por tanto, que Tàpies volviera los ojos a las obras inaugurales de la modernidad y la vanguardia y, sobre todo, a los precedentes más cercanos en los que esa fuerza renovadora se había encarnado y hecho nuestra. Picasso y Miró fueron para él, y en aquel momento, dos luces guiadoras, además de dos nombres en los que la continuidad de la que hablábamos había ganado la más alta dimensión histórica y universal.

Poco tiempo después, tras colaborar decisivamente a la fundación del grupo Dau al Set, su obra comenzó a hacerse personal y única. El surrealismo peculiar de sus comienzos entró en diálogo con las nuevas corrientes abstractas de la pintura europea, con las filosofías existenciales y con el arte y el pensamiento de otras culturas a veces lejanas en el tiempo y el espacio, tal y como sucede en el caso del rico diálogo mantenido por Tàpies con las culturas orientales.

Porque la obra de Antoni Tàpies?y esto nos mueve a la admiración y al reconocimiento? es un lugar de cita. A ella acuden muy diversas manifestaciones de la expresión humana, sea cual sea el lugar y el tiempo en el que se hayan producido. Las imágenes simbólicas y los signos gráficos de su pintura, nos hablan, sin embargo, de sentimientos compartidos por todos los hombres. La emoción y la angustia ante la vida y la muerte, nuestros deseos y nuestros sueños, así como nuestro anhelo intemporal de trascendencia, han sido expresados por Tàpies concitando en su obra los lenguajes y los sentimientos de culturas propias y ajenas ante las que somos iguales y distintos.

También debemos a Antoni Tàpies, entre otras muchas cosas, que la materia de la que está hecha la vida, sea la tierra, el agua o el aire, nos resulten significativos y emocionantes como realidades artísticas. Esos elementos están en su obra surcados por las huellas que graban los trazos del aspa y la cruz, esos signos que dan fe de nuestro paso por la vida. Y a este forjador de nueva sensibilidad, también le debemos que los objetos más sencillos y desvalidos que cotidianamente nos acompañan, sean para nosotros presencias de riquísima expresividad en su máxima pobreza.

Podríamos, sin duda, dedicar mucho más tiempo a recorrer la trayectoria artística de Tàpies.

Sin embargo, debo concluir estas palabras, no sin antes manifestar que su obra, reconocida y celebrada por nosotros, ya es guía por la que nuestros artistas pueden seguir el camino ejemplar del que hoy es, sin duda, uno de los artistas que han hecho más profundo y renovador el arte de nuestro tiempo.

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