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Palabras de Su Majestad el Rey en el acto de concesión del título de Doctor Honoris Causa por la Universidad de Utrecht

Países Bajos(Utrecht), 25.10.2001

E

xcmo. y Magnífico Sr. Rector,Señoras y Señores,

Muchas gracias, señor Rector, por esta distinción que tanto me honra y que me vincula a partir de ahora con lazos de amistad y afecto a esta Universidad.

Muchas gracias también por sus amables palabras y por el padrinazgo que me ofrece, juntamente con el profesor doctor Kummeling, y que me permite hoy acudir a esta destacada tribuna para corresponder a su interés por España y facilitar una visión objetiva de nuestro país, de su historia y aspiraciones actuales.

Lo hago además aquí, en Utrecht, ciudad en la que se escribió una página trascendental de la historia de Europa, cuando mi país cerró un ciclo histórico imperial e inició el camino para integrarse en el moderno concierto europeo de naciones.

El homenaje con el que hoy me distingue esta prestigiosa Universidad lo recibe a través de mi persona el pueblo español. Los ciudadanos españoles y sus dirigentes supieron protagonizar un proceso histórico de gran aliento, hace casi veinticinco años, y que hoy el mundo conoce como "la transición española".

La conquista de las libertades democráticas en España fue desde mi proclamación como Rey de España un objetivo capital al que la Corona consagró sus mejores esfuerzos. Estoy orgulloso de haber llevado a cabo el papel que me correspondió y que era para mí, al mismo tiempo, un honroso deber personal e histórico. Pero valoro, por encima de todo, haber podido desempeñarlo con el apoyo de todos mis compatriotas y velar, tras la aprobación de la Constitución de 1978, para que el proceso de la transición llegara a buen puerto.

A partir de entonces, y a lo largo de los últimos años del siglo XX, España ha vivido un profundo proceso de transformación que no sólo afectó al ámbito de la política, de la sociedad o de la economía sino que, paralelamente, ha posibilitado su plena incorporación a las instituciones europeas tras un largo período de aislamiento internacional.

Soy consciente del interés, siempre amistoso, a veces apasionado, que España ha sabido despertar cuando tras una larga historia, ha logrado reencontrarse a sí misma en el camino de la modernidad democrática durante el último cuarto de siglo. Somos un viejo país forjado en la convivencia de culturas, complejo y fronterizo, orgulloso de su historia, conocedor de sus virtudes y defectos, y que ha protagonizado una bella página de la reciente historia de Europa.

España fue uno de los primeros países que llegó a constituirse como Estado-nación y como tal vino contribuyendo, desde los albores de la Edad Moderna, al nacimiento y al desarrollo normativo de la sociedad internacional, ámbito en el que neerlandeses y españoles podemos exhibir cartas de nobleza prestigiosas en los escritos de Hugo Grotius y de Francisco de Vitoria.

Pero el camino de España hacia la modernidad democrática no fue fácil. Estuvo sembrado de obstáculos, de luces y sombras, en un proceso en el que la historia no siempre se desenvolvió de manera rectilínea.

Sin embargo, de los rescoldos del fracaso que supuso la división entre los españoles durante parte del siglo XX nació una nueva conciencia que nos capacitó para asumir nuestra historia y, también, para entender que sólo existe una España, la construída por todos los españoles en estrecha solidaridad.

Este nuevo patriotismo proclama que todos caben y son necesarios, cualquiera que sean sus creencias, sus orígenes o sus opiniones.

Esa es la España moderna cuya construcción se inicia desde mi proclamación como Rey de todos los españoles.

En 1975 se inicia un nuevo ciclo en la historia de España. El deseo de establecer un régimen de libertades, de integrarse en las corrientes de apertura que experimentaban las sociedades europeas y el anhelo de participar en el ilusionante proceso de la construcción de Europa, todo ello, en suma, se aunó para que los ciudadanos españoles protagonizaran uno de los fenómenos de cambio más significativos de la historia europea del presente siglo.

En aquel trance histórico, y parafraseando a Salvador de Madariaga, los españoles escogieron la libertad como "la esencia misma de la vida".

Un conjunto admirable de hombres públicos en la España de entonces, pertenecientes a las más diversas fuerzas políticas y sociales, hizo posible el éxito de la aventura de la libertad y de la democracia restauradas. Todo ello, al amparo de una monarquía que quiso ser constitucional y parlamentaria para ser la monarquía de todos, la que permitiera abrazar la historia, el presente y el futuro de España en un impulso colectivo y un designio al que me honro en servir desde entonces.

Los españoles de aquella hora noble de nuestra historia, cada uno desde su particular peripecia vital, supieron moldear de modo admirable el momento que les tocó vivir. Algunos guardaban en su corazón los recuerdos tristes de la guerra y el enfrentamiento, otros el dolor del exilio, otros los sacrificios de la lucha por la libertad, y todos, en fin, el firme deseo de construir una sociedad en paz, animada por los valores de la democracia, la convivencia, la modernidad y el europeismo.

Adolfo Suárez y Torcuato Fernández Miranda fueron sin duda destacados artífices de aquel momento, cuyo talento, patriotismo y sentido del Estado facilitaron el proceso conducente a la aprobación de la Constitución española de 1978.

Esa Constitución ha sido calificada como la Constitución del consenso, porque no refleja el predominio de una determinada fuerza política sino el admirable consenso entre todas ellas.

El texto sienta las bases de un Estado social y democrático de derecho, recogiendo la evolución constitucional vivida por las modernas democracias occidentales. Asimismo, contribuye eficazmente a resolver algunos de los problemas históricos que durante más de un siglo han empañado la convivencia entre los españoles.

La instauración del nuevo Estado de las Autonomías, el reconocimiento de la pluralidad territorial y lingüística, la regulación del papel arbitral de la Corona y la declaración de la aconfesionalidad del Estado se convierten así en elementos esenciales para tratar de canalizar, por medios pacíficos, conflictos hasta entonces irresueltos.

Al sancionar el texto constitucional ante las Cortes en sesión solemne el 27 de diciembre de 1978, tuve ocasión de agradecer al pueblo español, verdadero artífice del cambio político, su decidida voluntad de apoyo manifestada en el referéndum. Añadía en aquella solemne ocasión que al ser la Constitución de todos y para todos, es también la Constitución del Rey de todos los españoles. En fin, señalaba también en aquella fecha germinal que "como Rey de España y símbolo de la unidad y permanencia del Estado, al sancionar la Constitución y mandar a todos que la cumplan, expreso ante el pueblo español, titular de la soberanía nacional, mi decidida voluntad de acatarla y servirla". Eso es lo que he hecho y a ello he aplicado todas mis fuerzas desde aquel día.

El restablecimiento de la democracia en España fue igualmente trascendental para que mi país pudiera acometer una de las tareas de la que había quedado apartado por su particular evolución: me refiero al proceso de construcción europea, empresa histórica capital de los pueblos europeos en la que los españoles estábamos deseosos de emplear nuestras mejores energías.

España ha sido y es una nación que hunde sus raíces en lo más profundo del ser de Europa. Su historia, desde Roma a Carlos V, desde Cervantes hasta Picasso, resuena con ecos europeos intensos y vibrantes. Desde 1986 España pudo finalmente sumarse a ese gran proyecto de construir su unidad, concepto que no es una fantasía sino la realidad misma de Europa, en palabras de Ortega y Gasset.

El gran acierto de los padres fundadores del moderno proceso de unidad europea, Monet y Schumann, fue el haber sabido diseñar un modelo capaz de dotar a los países participantes de más de cuatro décadas de paz, prosperidad y solidaridad, abriendo al tiempo la posibilidad de nuevas incorporaciones de otros Estados en fases sucesivas.

De ahí que, desde el primer momento de su fundación, el acceso a la Comunidad Económica Europea estuviera abierto a esas otras naciones de Europa sin las cuales no sería lo que es. España, como país mediterráneo, aportó una dimensión que le es particular dada su condición de frontera con el mundo árabe, su milenaria latinidad, su proyección iberoamericana y atlántica.

Profundización y ampliación han sido las dos fuerzas que han impulsado la construcción de Europa, que hoy se dispone a acoger en su seno al vasto mundo de los países del Centro, Este y Sur, en un proceso histórico de consecuencias trascendentales para el futuro de los ciudadanos de nuestro continente.

España, que hoy se configura como una democracia abierta, pujante y desarrollada, desea participar en este proceso con la fuerza y el entusiasmo de quien sabe que el éxito ha coronado hasta hoy esta aventura apasionante.

La propia restauración de la democracia en España ha creado las condiciones propicias para que el europeismo de la ciudadanía española esté particularmente asociado a la idea de recuperación de las libertades públicas. Creo que es difícil encontrar un aval más prestigioso para asegurar la pervivencia del ideal europeo entre mis compatriotas.

A los países de la primera hora de Europa, como es el caso de los Países Bajos, quiero rendir hoy homenaje por el apoyo y la convicción mostrados en el camino que permitió a España ingresar en su momento en la gran familia que hoy es la Unión Europea.

La restauración de la democracia en España y el ingreso en las instituciones europeas marcó la hora de una excepcional recuperación que afectó a todos los sectores de la vida nacional. El ímpetu de este resurgimiento ha permitido acometer una radical transformación de la economía, la sociedad y la cultura españolas, contribuyendo a convertir a los españoles en ciudadanos plenamente comprometidos con los valores más vanguardistas y representativos de la Europa de principios de este siglo.

Tras el acceso de España a la Comunidad Europea se inició una fase de fuerte crecimiento económico, con tasas que se situaron entre las más altas de Europa. La liberalización de amplios sectores productivos, la modernización tecnológica, la solidaridad implícita en la política de cohesión europea, nuestra inserción en el gran mercado interior y, en fin, la decisión de participar en la Unión Económica y Monetaria fueron factores que explican la extraordinaria metamorfosis del tejido económico español.

La economía española se sumó así a la corriente general que exigía mayores reformas estructurales, transformaciones de los servicios públicos tradicionales, criterios de estabilidad monetaria y presupuestaria, medidas todas ellas necesarias para impulsar un más sólido crecimiento y preparar la economía para los grandes retos de la sociedad posindustrial y de servicios hacia la que Europa se encamina.

Nuestra incorporación a la Unión Económica y Monetaria coincide también con un proceso de globalización económica, que ha visto como las empresas españolas han incrementado en la última década su peso económico internacional. Por primera vez en nuestra historia económica reciente, España presenta una importante lista de grandes empresas multinacionales y, por primera vez también, emerge la realidad de España como exportador neto de capitales en el mundo. Esta nueva realidad ha llevado a asumir una mayor responsabilidad en la lucha internacional contra la pobreza y el subdesarrollo en las sociedades del Tercer Mundo. La solidaridad debe convertirse, hoy más que nunca, en uno de los valores prevalecientes de las modernas democracias europeas.

La democracia, la libertad, el desarrollo económico y social, la igualdad y los derechos civiles, son algunas de las señas de identidad que definen a Europa y a sus ciudadanos.

Sin embargo, no podemos ni debemos olvidar que entre nosotros también hay quienes, tanto en el pasado como en el presente, han combatido la libertad de los demás para imponer su propia y unilateral visión del mundo.

El autoritarismo, el egoísmo, la intolerancia, la negación del interés ajeno, son males ante los que ninguna sociedad está definitivamente libre. España y Europa no son desde luego una excepción.

Entre los males a los que me refiero, el terrorismo ha cobrado un triste protagonismo. No es posible -ni políticamente aceptable- establecer diferencias morales entre diversos tipos de terrorismo. Y no lo es porque la esencia misma del terror representa la más genuina y reprobable expresión del totalitarismo: la imposición de sus propósitos mediante la violencia y la muerte indiscriminadas. En sus manos, la libertad es inmolada en el altar de la sinrazón y la intolerancia.

Los recientes acontecimientos que han conmocionado al mundo son ciertamente el preludio de una nueva época. El momento presente nos impone la obligación de solidaridad con los Estados Unidos, con su dolor y su tristeza ante tanta criminal desolación. Al propio tiempo, y a la vez que ratificamos la voluntad de supervivencia de las naciones democráticas frente a la intolerancia, debemos aceptar también que es preciso dotarse de los mecanismos de cooperación entre Estados para hacer efectiva esa voluntad de supervivencia en libertad. El futuro de nuestra democracia así lo exige.

Los españoles conocemos bien este problema ya que padecemos la lacra del terrorismo, una realidad que violenta nuestra conciencia democrática de hombres libres y que nos interpela a todos los europeos sobre nuestro verdadero sentido de la solidaridad.

Ante estas situaciones, un sistema democrático no sólo tiene el evidente deber de defenderse; tiene, además, el imperativo moral de hacerlo con los medios adecuados. Defender a la sociedad es indispensable para evitar el desánimo y restablecer la justicia.

Nuestra democracia de antiguas raíces griegas confluye hoy, a principios del siglo XXI, en una Europa unida en la defensa de unos valores y principios comunes que se han ido modelando bajo el impulso creador de las grandes corrientes espirituales e intelectuales de la historia de nuestro continente.

Esta ilustre estirpe de nuestro sistema político y social no debe hacernos olvidar que los europeos necesitamos seguir aprendiendo de otras culturas y de otros pueblos, evitando la peligrosa tentación del ensimismamiento, y haciendo gala de espíritu tolerante y abierto. La globalización que hoy se extiende en tantos ámbitos de la vida humana, con sus luces y sus sombras, nos plantea a todos un reto intelectual y moral de primera magnitud.

Europa, fiel a sí misma, no desdeñará el desafío. Su grandeza para los años venideros hablará de democracia, de unidad, de desarrollo y de convivencia entre hombres y mujeres que tendrán en la libertad de elegir la garantía suprema de su felicidad y prosperidad.

Muchas gracias.

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