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Palabras de Su Majestad el Rey en la apertura de la I Legislatura Constitucional

Madrid, 09.05.1979

S

eñor Presidente del Congreso de Diputados, señor Presidente del Senado, señoras y señores diputados y senadores, al iniciarse la primera legislatura en el marco de la nueva Constitución, les dirijo un saludo lleno de esperanza.

La voluntad popular les ha convertido en los legítimos representantes del pueblo español. Pero les ha hecho también depositarios de las aspiraciones de nuestra sociedad y de un fecundo proyecto de convivencia.

El objetivo esencial de la anterior legislatura fue consolidar un sistema político libre, dentro del cual tuvieran cabida todos los españoles. Hoy, deseo sinceramente que estas dos cámaras puedan acometer la decisiva tarea histórica de lograr para nuestros ciudadanos la consecución efectiva de los niveles de dignidad y de justicia, de libertad y de paz, que son en nuestro tiempo condición esencial de la democracia.

Como Rey de España me he sentido siempre el primer español a la hora de cumplir los deberes que me corresponden y de manera muy especial el de guardar y hacer guardar la Constitución.

Me siento por tanto totalmente identificado con los objetivos de progreso que configuran la existencia de un Estado social y democrático de derecho y espero sinceramente que ustedes, al interpretar el mandato que han recibido, se esfuercen en ir alcanzando paso a paso los objetivos definidos en el propio texto constitucional.

Pero, esto, con ser mucho, no lo es todo. Porque sabemos que la historia no se da, sino que se hace, creemos que la Constitución no puede limitarse a ser, sino que consiste en actuar; no encierra en una fórmula ritual el pasado, sino que dinamiza el presente en una tensión constante que lo convierte en el germen de un futuro vivo y no solamente utópico.

Por esta causa la Constitución tiene menos significado como cierre de una etapa histórica excepcional que como punto de partida de una labor permanentemente renovada  para modernizar el Estado, reformar la sociedad e impulsar la acomodación de las instituciones, de las leyes, de las estructuras económicas y de las normas sociales a las exigencias de una nación de tradición gloriosa, pero también joven y dinámica como es España.

Y es precisamente en la salvaguarda de lo que de permanente e incuestionable existe en el legado histórico de nuestra patria -sin merma de la necesidad de renovar, de modernizar y de amparar derechos y deseos que nuestro pueblo reclama con tenacidad- donde reside el gran esfuerzo que se nos ha exigido a las actuales generaciones. Un esfuerzo de creatividad, de imaginación, de equilibrio, que puede hacer de nuestra democracia un punto de referencia a la hora de medir la capacidad de rejuvenecimiento de una nación que se apresta a decidir su porvenir.

Por todo ello, la importancia del trabajo que estas cámaras asumen en el presente momento histórico es realmente inmensa. Pero no es menos importante la labor que ha de realizarse para que el parlamento sea el indicador que mida el prestigio y el arraigo popular de la democracia; para que la sintonía con la calle, con cada plaza de cada pueblo de España, no se pierda nunca.

A ustedes, precisamente por ser representantes del pueblo español, les corresponde recoger la voz de los sectores de la opinión pública, defender los diversos intereses y tratar de conciliar los distintos enfoques y puntos de vista. Porque sólo así, pueden sustituirse las ineludibles tensiones de una sociedad viva, por un propósito de conciliación y avenencia que garantice en todo caso el predominio del interés general sobre las posiciones individuales o de los grupos considerados aisladamente.

El desarrollo constitucional es lógicamente, dentro del calendario de prioridades que tienen ante sí el Congreso y el Senado, el capítulo más importante de su actividad.Una actividad claramente dirigida a cumplir los deseos de nuestro pueblo y promover el bien de cuantos integramos España.

Por eso este empeño, en la medida que no es una imposición de unos españoles sobre otros, sino fruto de un código de valores compartidos por todos, y fiel reflejo de un profundo sentimiento de solidaridad, tiene que ser fundamento de un orden social asentado en el respeto a todas las ideas y en el que la unidad indestructible de la Patria sea el resultado de la armónica convivencia de las ideologías y del vigor y expresión legítima de los diversos pueblos de España.

Creo que el trabajo de estas Cortes, al plasmar el sistema jurídico de organización de la libertad y el efectivo ejercicio de los derechos dentro del marco de la Constitución, puede contribuir también muy seriamente a que la paz no se vea alterada, devolviendo a todos la confianza y cerrando de manera definitiva toda apelación a la violencia y todo riesgo de agredir pro medio de la fuerza la pacífica convivencia española.

Somos conscientes de que la paz se fundamenta en el respeto al derecho ajeno. Y ha de ser en el reconocimiento de los derechos de todos, personas, pueblos, lenguas y culturas, donde la paz de España ha de encontrar la mejor defensa frente a unas provocaciones crueles, arbitrarias, sin posible justificación y que producen dolor y decepción en muchas familias y llenan de preocupación y tristeza la gran casa de todos.

Les pido que tengan siempre presente que las Cortes Generales, como corazón político de la vida del país, serán la gran tribuna desde la que descenderá sobre el alma del pueblo el ejemplo de la conducta ciudadana. Y que no regateen esfuerzos ni sacrificios, en todo aquello que pueda redundar en la definitiva extirpación de esta deplorable plaga de las sociedades modernas que es la agresión terrorista.

En la condición de árbitro y moderador, que me confiere la Monarquía que encarno, he de resaltar la necesidad de tener siempre presente que la paz y el orden son elementos muy importantes para el mantenimiento, sin deterioros, de la verdadera libertad democrática.

Una libertad que es el preciado bien a que los hombres aspiramos y a cuya plena consecución dirigimos nuestros esfuerzos.

Y no puede haber libertad sin orden, sin seguridad ciudadana, sin respeto a la ley, sin reconocimiento y aplicación rigurosa de los derechos humanos.

Pero pensando siempre en estos derechos humanos con un carácter de generalidad que a todos afecta. Porque su observancia, significa, tanto tratar con la consideración que estos derechos suponen a los que caen en la desgracia de apartarse del cumplimiento de las leyes, como respetar los mismos derechos humanos de quienes son víctimas de aquel incumplimiento por parte de los demás.

Es evidente que vivir en democracia y libertad comporta un mayor grado de responsabilidad individual y colectiva. Por ello es preciso que nos esforcemos todos en exigir y exigirnos, cada uno desde su puesto, esas responsabilidades que nos honran y nos comprometen.

Estamos inmersos en un mundo sometido a los más grandes traumas de carácter político, social y económico... Por ello resulta imprescindible el llamamiento a la cordura, a la serenidad y, sobre todo, a ese sentimiento de concordia que en modo alguno debe escucharse como un vocablo retórico, porque alude, sencillamente, a una realidad vital.

Tengamos clara la conciencia de la importancia de estos problemas y de la necesidad de resolverlos en un ambiente de orden y de normalidad, con el mejor espíritu de colaboración y de sacrificio.

Señoras y señores diputados y senadores, la consecución de los objetivos que los españoles desean ver cubiertos en los próximos años exige el esfuerzo y la colaboración de todos.

Sería vano pretender que la democracia consiste en una delegación de responsabilidades a partir de la cual es legítima la indiferencia o la falta de participación ciudadana.

El compromiso del pueblo con las instituciones, y de éstas con el pueblo mismo, debe descansar en un contacto permanente, en una transparencia absoluta y en una información objetiva que ayude a comprender las posiciones de las distintas partes y eleve el grado de control social sobre los distintos centros de poder.

Y quienes han hecho de su dedicación a la política razón de ser de sus vidas, son los que más han de desear esta evolución.

Sabemos que los hombres hacen las leyes, pero son las instituciones las que aseguran su vigencia. Ellas prolongan en el tiempo las vidas y los afanes de los individuos, y van más allá incluso de los propios hombres que en un determinado momento histórico las encarnan. Esta es la auténtica garantía de nuestro futuro y en esa esperanza queda abierta la presente legislatura.

En anterior ocasión dije a nuestros parlamentarios que España y el mundo miraba hacia estas Cortes. Yo me he honrado en señalar que la admiración con la que una y otro han observado el período constituyente es el mejor aval para creer que también ahora el parlamento sabrá ser fiel a la tarea que le aguarda.

Tampoco en esta nueva singladura les faltará el estímulo y el impulso de la Corona.

Porque el sentido último de la Monarquía es la unidad y la paz de España, y el trabajo de todos ustedes va a contribuir decisivamente a que alcancemos este futuro de libertad y progreso sobre el que se asienta laverdadera paz.

Para desarrollar y vivir una democracia que sea obra de todos, para lograr el bienestar y la seguridad a que se aspira en cada familia y a la que tienen derecho todos los ciudadanos, dirijo al pueblo español, a través de ustedes que lo representan, un mensaje de confianza en el porvenir y les convoco al trabajo y al cumplimiento del deber como forma de solidaridad y de patriotismo exigente y crítico.

Cuando nos asaltan complicaciones de todo tipo, en momentos difíciles, la abnegación y la fe en sus propias fuerzas, de la que siempre han hecho gala los españoles, contienen garantía de que nada logrará apartar a nuestra patria del camino que le reserva la historia.

Queda abierta la legislatura.

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