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Palabras de Su Majestad el Rey en la inauguración de la ampliación del Museo del Prado

Madrid, 30.10.2007

H

oy procedemos a la solemne inauguración de la reforma y ampliación más significativa de cuantas ha vivido el Museo del Prado a lo largo de su densa historia, ya casi bicentenaria.

Gracias a dicha obra, este gran Museo retoma con nuevos bríos su apasionante y valiosa trayectoria, como verdadero buque insignia de nuestro rico y variado patrimonio pictórico y escultórico en el siglo XXI.

Hoy es un día para sentirnos particularmente orgullosos como españoles por nuestro patrimonio artístico y cultural, aquel que representa el Museo del Prado y que contribuye a identificarnos como gran Nación.

Un patrimonio único y admirable, que esta ampliación va a permitir revalorizar, mostrar con mayor eficacia y renovado esplendor.

La Reina, y los Príncipes de Asturias, se unen a mí para expresar la especial alegría que hoy compartimos con todos los presentes, al ver culminada tan importante obra.

Han sido años complejos, de intensos esfuerzos y de muchas ilusiones, hasta dotar finalmente al Prado del nuevo peso, atractivo y dimensión, que le corresponden como una de las más prestigiosas y admiradas pinacotecas del mundo.

Inaugurado en 1819, con una importante colección artística atesorada durante siglos y puesta a disposición de los ciudadanos por la Corona, el Museo del Prado, no sólo ha cumplido con la honrosa misión de difundir su extraordinario legado original, incrementado por sucesivas donaciones públicas y privadas, sino que ha sabido responder al reto de su constante modernización.

Un afán de modernización que hoy alcanza su máxima expresión, al concluirse el proceso de ampliación física del espacio disponible, con la dotación de los más sofisticados medios tecnológicos para su mejor funcionamiento, y con una nueva personalidad jurídica para la óptima gestión de sus servicios.

La Corona, que siempre ha velado con especial interés y afecto por el Museo del Prado, se felicita por estas obras, que buscan realzar uno de los patrimonios artísticos más universalmente apreciados.

El Museo del Prado es, en efecto, vivo reflejo de la Historia de España, una institución basada desde sus orígenes en los ideales de conservación, promoción y difusión pública de la cultura.

No quiero dejar de recordar, por ello, a quienes dieron lo mejor de sí mismos para sortear las dificultades y escasez de medios que marcaron diversos momentos de nuestra Historia, logrando con su generoso y continuado esfuerzo que el Museo del Prado mantuviese incólumes, su incomparable patrimonio y alto prestigio.

Pero la profunda modernización de España en las tres últimas décadas, debía tener asimismo su correspondiente reflejo en el Museo del Prado.

Había llegado el momento de atender a su renovación, para dotarle de nuevos espacios y recursos, e incorporarle al movimiento de puesta al día que vivían los principales museos de su estirpe.

Desde la segunda mitad de los años setenta, se acometieron intervenciones de toda índole para aportar al Museo los medios adecuados en el cumplimiento de su misión, abriendo el camino a esta última gran reforma.

Una gran reforma, posible gracias a la colaboración entusiasta de los profesionales que han trabajado y trabajan en esta institución, al apoyo de los poderes públicos, así como al respaldo de nuestra sociedad.

Una reforma que ha contado con el debido refrendo de los representantes políticos en torno al pacto parlamentario de 1995, sin el que difícilmente podrían haber culminado las obras que ahora inauguramos.

Dicho pacto definió el alcance de la ampliación del Museo en el área del antiguo Claustro de los Jerónimos, incluyendo la posibilidad de incorporar en el futuro dos importantes testimonios del Palacio del Buen Retiro, el Casón y el Salón de Reinos, conformando así un Campus museístico sin parangón en el mundo.

La Ley reguladora del Museo del Prado en 2003, y la decisión en 2004 de crear el Centro de Estudios del Museo y de la Escuela del Prado en el Casón del Buen Retiro, permitirían complementar adecuadamente dicho proyecto.

La calidad, fragilidad y dimensión del contenido, reclamaban un perfecto, sólido y más amplio continente, capaz -al mismo tiempo- de razonar con la arquitectura de Juan de Villanueva, y de albergar mayor espacio expositivo y mejores servicios.

Para ello, se buscó el concurso de los mejores arquitectos nacionales e internacionales, siendo ganadora la solución propuesta por Don Rafael Moneo, uno de los más prestigiosos arquitectos españoles.

Moneo ha sabido vertebrar una generosa y eficaz distribución de espacios y usos, incorporando un nuevo valor arquitectónico al Museo.

Un nuevo valor que, desde un esmerado respeto al edificio original de Villanueva, asume con calidad y con audacia, las aspiraciones de nuestro tiempo, incorporando también oficios artesanales a veces olvidados.

El Prado aparece hoy más luminoso, más ancho y más innovador, a la vez que se subraya su espíritu abierto, despierto y acogedor, y se engrandece uno de los conjuntos urbanísticos con mayor solera de Madrid.

Una ampliación que nos ha permitido, además, recuperar dos elementos de fuerte valor simbólico.

Me refiero, en primer lugar, a la Puerta de Velázquez, rehabilitada como eje principal y originario de acceso, a la sombra de la efigie de uno de nuestros artistas más geniales.

Y, en segundo lugar, al feliz retorno a la plena contemplación pública de su extraordinaria colección de Arte español del siglo XIX, el último arte vivo de cuando el Prado abrió sus puertas hace ya ciento ochenta y ocho años.

Se ha perseguido, pues, aunar los más altos valores de la modernidad y del clasicismo, el vivir contemporáneo y el legado histórico, que Moneo y Villanueva representan.

Con esta obra se refuerza, por último, el alto perfil y la vocación internacional del Museo del Prado.

Un perfil y una vocación coherentes con el espíritu que guió la conformación de sus colecciones y que han convertido a nuestro Museo en uno de los más universalmente admirados.

Dirigimos nuestra felicitación a cuantos han llevado a buen término estas obras, a Rafael Moneo, a todo su equipo técnico, a los destacados artistas, a las empresas, y a cada uno de los trabajadores, que han contribuido al proyecto.

Felicitamos asimismo a los sucesivos Gobiernos de la Nación, Presidentes y Miembros del Patronato, Directores, conservadores y demás personal de este Museo, que han alentado e impulsado su ampliación.

Entre ellos, no puedo dejar de citar a los dos Presidentes del Patronato que desgraciadamente no han podido llegar a compartir con nosotros este día, Don José Antonio Fernández Ordónez y Don Rodrigo Uría, a quienes dedicamos el más emocionado recuerdo.

Todo buen Museo, lejos de ser un cuerpo inerte, constituye un organismo vivo y dinámico, que dialoga con el creciente número de estudiosos, investigadores y visitantes que a él se acercan, en un afán permanente por conquistar su atención y admiración.

Por ello, animo al Museo del Prado a que prosiga en su empeño para que esta ampliación no sea el puerto de arribada, sino el de partida de una nueva etapa, marcada por esa permanente búsqueda de renovación, de calidad de sus servicios, y de excelencia en la preservación y presentación de sus fondos.

Todo ello, al servicio de la mayor proyección de un inigualable patrimonio que engrandece a España y a todos los españoles.

Una gran tarea para la que bien sabéis contáis con todo mi aliento, y con el permanente respaldo y más firme compromiso de la Corona.

Con la particular impronta que este día siempre dejará en nuestro recuerdo, declaro inaugurada la ampliación del Museo del Prado.

Muchas gracias.

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