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Palabras de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias en el Ayuntamiento de Mérida

Mérida, 10.06.1996

E

​n esta primera visita oficial que realizo a la Ciudad de Mérida, quisiera corresponder con mi sincero agradecimiento a los saludos de bienvenida y a las muestras de cariño y afecto que me ha tributado el pueblo emeritense.

Conozco la enorme dimensión histórica y el peso específico que Mérida ha tenido y tiene en el contexto de España a lo largo del tiempo.

No en vano su condición de capital que lo fue de la provincia romana de La Lusitania, uno de los más amplios territorios de la entonces península ibérica, determinó que sobre vuestra ciudad bascularan por aquel entonces las principales vías de comunicación que trazaron los ingenieros romanos.

Sé que el impulso efectivo de la cultura, el derecho y la civilización romanas se llevó a cabo entre nosotros, desde esta Augusta Emérita y que a través del culto a Santa Eulalia, su Patrona, se contribuyó decisivamente a la implantación del cristianismo no sólo en España sino también en el sur de Europa.

Pero el nombre de la Bimilenaria Mérida también se expande por el Nuevo Mundo, llenando de toponímicos países hermanos como México o Venezuela y contribuyendo, por tanto, a afianzar y estrechar los lazos y la presencia de España en Iberoamérica.

Poco a poco, habéis ido ocupando el sitio que os correspondía y que estaba grabado en la memoria histórica de nuestra Nación. Hoy sois un claro exponente de la vitalidad de nuestro pueblo y un ejemplo del trabajo, la tenacidad y el amor de nuestras gentes por su tierra.

Vuestros concretos problemas y objetivos constituyen la principal tarea política de vuestros representantes. Debéis acrecentar el diálogo con el Estado y con las restantes Comunidades Autónomas para que ninguna iniciativa válida se pierda, no se malogre ninguna empresa y no caiga en el olvido vuestro esfuerzo, que es el esfuerzo de los extremeños.

Al aceptar con profundo agradecimiento y orgullo el escudo de oro de esta histórica ciudad y esta hermosa réplica de vuestro Teatro Romano, os ruego, Señor Alcalde, que trasladéis a todos los emeritenses mi saludo más afectuoso.

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