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Palabras de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias en el acto de ingreso como colegiado de honor en el Colegio de Abogados de Madrid

Madrid, 07.06.1996

C

​onstituye para mí una gran satisfacción la distinción que se me hace recibiéndome como Colegiado de Honor en este ilustre Colegio de Abogados de Madrid que celebra este año su IV siglo de vida y que desde que fuera creado por el Rey Felipe II en 1596 ha venido encarnando los valores que los ciudadanos y la sociedad exigen y requieren de quienes ejercéis el noble oficio de abogar. La libertad y la independencia que siempre os han caracterizado siguen siendo imprescindibles para ejercer como abogado ya que sin esos valores no se puede concebir vuestra profesión, tan estrechamente vinculada con la función de impartir justicia.

Al participar hoy en este acto tan entrañablemente colegial, como es el del juramento o promesa de los que ahora se incorporan a la abogacía, he podido percibir la emoción personal de las mujeres y los hombres que se prestan desde ahora al apasionante trabajo de abogar.

Defender es una tarea que requiere de la confianza de las gentes. Por eso, considero especialmente significativo que se solemnice el momento de iniciarse en la profesión para que nadie considere como un mero acto de trámite lo que, en realidad, constituye la asunción de un sentido y profundo compromiso: contribuir a la realización de la justicia, al imperio de la ley, a la vigencia del Estado de Derecho y a la tutela de los derechos fundamentales.

La Constitución que habéis jurado defender constituye el cauce aceptado por todos los españoles para que por ese camino se realicen los valores que en ella se definen y consagran y sobre los que los abogados tanto tenéis que decir.

En el desarrollo de vuestra labor, muchas veces sacrificada y en ocasiones incomprendida, asumís la tutela concreta de las libertades, derechos e intereses de los ciudadanos que han de acudir ante los Tribunales a dirimir sus conflictos. Hay, además, un área de vuestro trabajo que no siempre se resalta como sería deseable: el abogado ha de promover la concordia y en esa tarea, a veces oscura y callada, debe poner su mayor celo y cuidado, pues mediante la transacción, el compromiso o la composición,  se solucionan muchas de las tensiones y conflictos individuales y sociales. El ejercicio de vuestra profesión, contribuye así pues no sólo a la satisfacción de las legítimas pretensiones de los ciudadanos sino también a la realización del Derecho como instrumento de ordenación de la vida social.

En el día de hoy, al recibir esta distinción como Miembro de Honor de un Colegio cuya trayectoria se entrecruza con la historia de España de forma tan continuada y brillante, no quiero dejar de recordar a todos aquellos que, desde este Colegio de Abogados de Madrid, a lo largo del tiempo, han ejercido vuestra profesión, defendiendo con honradez y vigor las causas que se les encomendaban.

Algunos alcanzaron las grandes cimas del pensamiento jurídico y contribuyeron con su ciencia al progreso del Derecho y de la Justicia. Muchos otros abogados  se sintieron  llamados a las tareas del servicio de la comunidad desde la política y el Gobierno; y también allí siguieron dando ejemplo de las calidades personales que ya habían acreditado en la profesión. Entre todos, desde los más conocidos a los que han actuado en la discreción y en el anonimato, se ha contribuido, decisivamente, al progreso de los valores que hoy consagra nuestra Constitución.

Sé que quienes ahora os incorporáis a la abogacía, no tenéis fácil el ejercicio profesional; pero  estoy seguro, y a ello os exhorto, que sabréis ser dignos de la tradición que se os transmite de generación en generación; y también os animo a que, con renovado esfuerzo, aportéis en cada momento lo que cada ciudadano en particular y la sociedad, en general, reclaman y esperan de vosotros: calidad de vuestros servicios profesionales y dignidad en su ejercicio. La ejemplaridad, en fin, de vuestras conductas.

A todos a los que ahora empezáis, a los que os sucedan y en el recuerdo de los que os han precedido, os manifiesto que estaré siempre en esa búsqueda de la justicia en la que estáis empeñados los abogados y en ese compromiso, incluido en vuestro juramento, para con los derechos fundamentales proclamados en la Constitución, que constituyen una exigencia irrenunciable de la dignidad de la persona y de la convivencia en paz en un Estado social y democrático de Derecho.

Os felicito en el IV Centenario del Colegio, con el calor y la gratitud entrañable a la que me mueve el que hoy me hayáis hecho uno de los vuestros, dándome ocasión de vestir como propia una toga igual a la que, por los siglos, han llevado sobre sus hombros los que abogan, los que defienden en justicia.

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