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Palabras de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias en el acto de entrega del premio al Pueblo Ejemplar de Asturias 1994

Covadonga, 26.11.1994

F

​elices circunstancias familiares, ahora conocidas públicamente, me obligan a estar mucho menos tiempo con vosotros del que yo hubiera deseado.

Esto no quita que me sienta especialmente feliz al venir a este bello territorio -por el que sintieron una especial predilección mis antepasados-, donde la naturaleza ha creado tanta grandiosidad y en cuyas estribaciones están las raíces de la nación española. Estar también en las cercanías de la Santina me emociona, como siempre emociona a los asturianos su cercanía.

Precisamente en Covadonga recibí en 1977, en mi primer viaje oficial al Principado, los atributos de Príncipe de Asturias. Una jornada inolvidable que presidieron mis padres, SS.MM. los Reyes.

A estos sentimientos se añade mi satisfacción por venir a entregar el "Premio al Pueblo Ejemplar de Asturias 1994" a los Pastores de los picos de Europa, unas mujeres y unos hombres que han sabido ganarse la admiración y el respeto de todos por su abnegada y ejemplar lealtad a unas tradiciones y unos modos de vida cuyas raíces se hunden en el tiempo.

Hablar de los pastores de los picos de Europa supone, ante todo, rememorar un tiempo pasado, en el que los habitantes de estas montañas protagonizaron acontecimientos que son hitos gloriosos de la historia común.

Los historiadores romanos resaltaron la gesta de los pastores de estas montañas, que se enfrentaron entonces a las tropas del más poderoso imperio, lo que quedó como monumento al valor de un pueblo que luchó valerosamente por su libertad. Sobre esa libertad, ya partir de Covadonga, se construyó el cimiento de España.

Pero el premio que hoy se otorga aquí a los pastores de los picos de Europa no es un premio al pasado. Se premia esa otra historia más íntima, hecha día a día sobre esta difícil e impresionante geografía; la historia del trabajo humilde llevado a cabo en silencio y de forma casi anónima, manteniendo viva una cultura milenaria, que es fuente de vida y de riqueza, y que moldea un paisaje único en el que la impronta del pastor es decisiva.

Gracias a este trabajo, los picos de Europa se adornan hoy con la austera y variada arquitectura de las cabañas, con las vegas de pasto, salpicadas de majadas y unidas entre sí por una red de senderos que humanizan la geografía y la dotan, por su belleza, de un especialísimo atractivo.

En medio de estos parajes tan bellos en donde la naturaleza se, manifiesta con todo su esplendor, no queremos olvidar otros, también muy bellos, pero que han sido heridos por la actividad industrial. Me estoy refiriendo a las comarcas mineras de nuestra región y quiero desde aquí animar a las autoridades y a sus vecinos para que sus proyectos de recuperación y regeneración de aquella naturaleza y de aquellos paisajes se realicen cuanto antes. Deseamos que los pueblos mineros sean algún día Pueblos Ejemplares de Asturias por esta tarea, como ejemplares han sido su laboriosidad y su defensa de la dignidad y los derechos de los trabajadores.

Tampoco podemos olvidar desde aquí los devastadores, y hasta humillantes, incendios que todos los veranos arrasan los bosques de España y que desertizan y destruyen otros espléndidos patrimonios naturales de nuestro país.

Como acabamos de escuchar, el acta del jurado, a quien agradezco profundamente su servicio a nuestra Fundación, resalta la hermosa tarea de los pastores de mantener las tradiciones heredadas a través de los siglos.

Por eso les pedimos que sigan siendo ese conmovedor ejemplo de solidaridad, de amor a su tierra y de respeto a la herencia de sus antepasados, como lo hacen también tantos otros pastores de las montañas de España.

Vosotros, que sabéis orientaras entre las brumas y la niebla; que sabéis anticiparas a los peligros de los cambios bruscos del clima, que sois capaces de caminar en la noche por los más abruptos caminos, que sabéis que con pequeños pasos se llega a las más altas cumbres, sabréis conjurar los peligros que amenazan vuestras montañas.

Yo os animo a que, como hasta ahora, mantengáis vivas vuestras tradiciones y los preciosos conocimientos que os entregaron vuestros padres para sobrevivir en la montaña, que cuidéis como siempre la flora y la fauna, que sigáis plantando fresnos y robles, que cuidéis los pastos y estos paisajes únicos. Pero que nunca os olvidéis también de estar atentos a aquellos avances de nuestro tiempo que puedan mejorar vuestras condiciones de vida y las de vuestros hijos. No es incompatible el progreso con el apego a vuestras raíces culturales si ello se sabe medir y valorar equilibradamente.

Os animo también a que mantengáis vuestros altos valores humanos y el sentido de la solidaridad entre vosotros y para con los demás. Que sigáis teniendo las puertas de vuestras cabañas abiertas al caminante, con la lumbre y el agua prestos a calmar el fría y la sed, y que sigáis arriesgándoos, valerosamente, como hasta ahora, cuando escuchéis entre la niebla o la nieve un grito de auxilio.

Tendréis nuestro más admirado y profundo agradecimiento, y tendréis también, como siempre, la protección de la Santina, a la que tantas veces dedicáis vuestras oraciones, alegrías y penas, pues como dice la canción, en el cielo hay una estrella que a los asturianos guía.

Muchas gracias.

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