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Palabras de Su Majestad el Rey Don Juan Carlos en el homenaje a Rodrigo Uría Meruéndano y entrega del Premio Rodrigo Uría Meruéndano de Derecho del Arte

Madrid, 17.07.2017

M​e alegra mucho poder participar hoy en el acto de homenaje a Rodrigo Uría en el décimo aniversario de su fallecimiento, coincidiendo con la entrega, en su tercera edición, del Premio de Derecho del Arte que lleva su nombre.

Quiero, en primer lugar, felicitar a la Fundación Profesor Uría por su magnífica iniciativa, que tiene por objeto apoyar e incentivar los estudios jurídicos innovadores y de calidad sobre el mundo del arte.

El compromiso de la Fundación Profesor Uría con el estudio y el desarrollo del derecho del arte supone una excelente noticia para nuestro entorno.

En un mundo globalizado y tecnológico, es frecuente perder de vista la importancia que el arte y la cultura tienen como vectores de desarrollo social. La historia se configura por el papel que la cultura ha jugado a lo largo del tiempo como transmisora de realidades, de costumbres y de emociones. El arte, como una de las formas en que se manifiesta la cultura, se convierte así en el resultado palpable en el tránsito de cualquier sociedad por la historia.

Son numerosísimos los ámbitos en los que el derecho y el arte confluyen: la protección de la propiedad intelectual, la transmisión de las obras de arte y su impacto fiscal, la financiación de obras de arte, la contratación de seguros, la importación de obras, el coleccionismo, la conservación.

En fin, un larguísimo etcétera de temáticas que no solo explican la especial relación entre el derecho y el arte, sino que justifican la importancia de estudiar de forma integral todas estas cuestiones.

Quiero, por todo ello, dar mi más cordial enhorabuena a Don Antonio Rubí Puig por el Premio Rodrigo Uría Meruéndano de Derecho del Arte, que acaba de recibir.

su especial contribución al desarrollo de la abogacía española como una de las más sofisticadas de Europa continental, y su visión en la promoción de España como una potencia museística europea y mundial, suponen méritos más que suficientes para que todos le rindamos hoy un afectuoso y merecido homenaje, y para que su legado, en lo privado y en lo público, perdure muchos años.

Hoy rendimos homenaje implícito al arte y al derecho, pero sobre todo rendimos homenaje a un hombre, Rodrigo Uría Meruéndano, que conocía bien ambos mundos y que entendía la trascendencia de vincularlos estrechamente.

Antonio Garrigues y Miguel Zugaza nos han recordado la pasión con la que Rodrigo dedicó su vida tanto al derecho, en concreto a la abogacía, como al arte.

Tuve ocasión de conocer bien a Rodrigo y de tratar con él tanto en la época de negociación y de instalación de la colección Thyssen-Bornemisza en España como durante su etapa como Presidente del Real Patronato del Museo del Prado, cargo que, como saben, ocupaba en el momento de su fallecimiento.
Fui testigo directo de su inteligencia, de su pasión, de su astucia y, sobre todo, de su compromiso generoso e inquebrantable con nuestro país.

Son muchos los nombres de una generación —la de Rodrigo— que han contribuido con esfuerzo y pasión a colocar a nuestro país en el lugar que ocupa hoy.

Han sabido trazar desde muy distintos ámbitos económicos y sociales, pero siempre con una clara vocación de servicio y de ensalzamiento de la sociedad civil, el camino que hoy recorremos.

En el caso de Rodrigo, su especial contribución al desarrollo de la abogacía española como una de las más sofisticadas de Europa continental, y su visión en la promoción de España como una potencia museística europea y mundial, suponen méritos más que suficientes para que todos le rindamos hoy un afectuoso y merecido homenaje, y para que su legado, en lo privado y en lo público, perdure muchos años.

Su impronta pervive hoy no solo en su familia —aquí presente—, sino también en el día a día de Uría Menéndez, en el de la Fundación Profesor Uría y en el de tantas otras instituciones —como el Museo del Prado o el Museo Thyssen-Bornemisza— en las que su huella es imborrable.

Les invito a todos —familiares, amigos y compañeros— a seguir manteniendo viva la memoria de Rodrigo, como inspiración de futuro y como alimento del muy importante acervo cultural que conforma la historia de nuestro país.

Muchas gracias.

Se levanta la sesión.

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