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Palabras de Su Majestad el Rey en el almuerzo en Zacatecas

Zacatecas (Estados Unidos Mexicanos), 01.07.2015

E

​n esta última etapa de nuestra visita de Estado a México, os  agradecemos muy especialmente vuestra invitación personal a esta hermosa ciudad de Zacatecas en la que, en 1997, se celebró el I Congreso Internacional de la Lengua Española. Aquella gran cita contó con el impulso claro y firme de nuestras dos naciones. La lengua es, como hemos tenido ocasión de recordar de manera reiterada, —y como debemos reivindicar—, un patrimonio común de nuestros países y de una Comunidad de Naciones que tiene en ella una extraordinaria seña de identidad y una poderosa herramienta de proyección internacional.

Junto a este patrimonio invalorable que es el idioma, México y España poseen también un inmenso patrimonio histórico y cultural. Y Zacatecas es, sin duda, un ejemplo privilegiado de esta herencia común, como hemos podido apreciar en el extraordinario Museo Virreinal de Guadalupe.

Patrimonio Cultural de la Humanidad, Zacatecas alberga tesoros como este Museo Felguérez, o como otras joyas que no hacen sino recordarnos una historia compartida que se respira en sus calles y monumentos y que permite comprender la cercanía de nuestros pueblos. No cabe duda de que Zacatecas es un ejemplo de las posibilidades y del alcance de la recuperación del patrimonio histórico, como nos ha recordado la Señora Secretaria de Estado de Turismo.

Zacatecas ha tenido además un significado especial, no solo en nuestra historia, sino también en la de toda América del Norte. Su ubicación septentrional la configuraba como puerta hacia el norte. El Camino Real de Tierra Adentro, también Patrimonio de la Humanidad, tuvo aquí un importante punto de apertura y desarrollo. Unió, a lo largo de sus 2.560 kilómetros, la Ciudad de México con la de Santa Fe, en los actuales Estados Unidos, y subraya el carácter meso y norteamericano de un México también iberoamericano que, con esta ruta, fue decisivo en el desarrollo del norte y del sur de dos países hoy vecinos.

También hoy juntos, mexicanos y españoles, hemos reflexionado sobre nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro compartido. Buen exponente de ello ha sido el excelente coloquio realizado esta mañana por instituciones tan señeras como la Academia Mexicana de la Lengua y el Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos, actividad que quiero destacar por su pertinencia y su calidad.

Agradecemos igualmente al Señor Gobernador del estado y al Alcalde de la ciudad de Zacatecas, así como a todos sus habitantes, el caluroso recibimiento que nos han dispensado al lugar donde terminan tres días de intenso trabajo en este magnífico país.

hemos vivido tres días intensos y apasionantes; tres días que nos han permitido conocernos más y comprendernos mejor a través de la historia, de la lengua, de la cultura; en los que hemos reforzado nuestros lazos económicos y empresariales. Han sido tres días durante los cuales hemos ampliado nuestros horizontes comunes y nuestros compromisos de futuro para el nuevo mundo en el que vivimos

Señor Presidente

Decía Salvador de Madariaga que, para los españoles, América es una emoción. Y ese es el sentimiento que me invade en la última ocasión en la que voy a dirigirme públicamente a usted y a su esposa durante esta visita; y, a través de ustedes, al querido pueblo mexicano.

Hemos vivido tres días intensos y apasionantes; tres días que nos han permitido conocernos más y comprendernos mejor a través de la historia, de la lengua, de la cultura; en los que hemos reforzado nuestros lazos económicos y empresariales. Han sido tres días durante los cuales hemos ampliado nuestros horizontes comunes y nuestros compromisos de futuro para el nuevo mundo en el que vivimos.

No es mucho tiempo, y sin duda México requiere y merece mucho más para disfrutar su grandeza, su diversidad y su generosidad tan rotunda; como tampoco dudo de que en estos tres días hayamos dado, Sr. Presidente, un impulso extraordinario a las relaciones de México y España. Pero sobre todo, y lo que es más importante, hemos acercado mucho más a los mexicanos y a los españoles; hemos aproximado mucho más a dos pueblos hermanos que se admiran, se respetan y se quieren.

Y al terminar  esta visita de Estado, Sr. Presidente, la Reina y yo queremos agradecerles a Vuestra Excelencia y a la Primera Dama el afecto tan extraordinario que nos han mostrado, el cariño, profundo, con el que nos han acogido durante este viaje, y la amistad sincera que nos han dispensado. Quiero que sepa que son sentimientos recíprocos, Sr. Presidente.

Por eso ahora, cuando llega el momento ya de volver a España, se me hace difícil expresar con palabras la emoción que sentimos la Reina y yo al despedirnos de México. Podría decirles que nos llevamos muy adentro su cercanía; que les damos millones de gracias por su amabilidad y generosidad durante estos días; que esta visita será para la Reina y para mi inolvidable y quedará siempre en nuestra memoria. Todo ello es cierto, sin duda. Pero no sería suficiente, ni tampoco respondería a todo lo que sentimos. Y es que nos cuesta mucho decir adiós a México; decirles adiós a los mexicanos. Y por eso solo se me ocurre, Sr Presidente, pedirle un último favor: que nos permita a la Reina y a mí dejarles una parte de nuestro corazón aquí, en tierra mexicana.

¡Hasta siempre, hasta pronto, México!



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