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Palabras de Su Majestad el Rey en el acto de presentación del Servicio Internacional de Evaluación de la Lengua Española

México D.F., 30.06.2015

E​s muy grato para la Reina y para mí encontrarnos en este hermoso recinto de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México); el Antiguo Colegio de San Ildefonso, fundado en 1583 en honor del santo Arzobispo de Toledo, y que pronto empezaría a funcionar bajo el patronato regio otorgado por Felipe II. No deja de emocionar ver en la vieja fachada del edificio el escudo real de Castilla y León, que abre la puerta a los espacios interiores en cuyos muros han plasmado algunos de los artistas mexicanos más reconocidos del pasado siglo procesos que México ha vivido a lo largo de su historia.

Permitidme que agradezca, comenzando por el señor Rector, don José Narro, la presencia de destacados universitarios y personalidades de las letras, las artes y la intelectualidad mexicana. Saludo de manera especial a los galardonados con el Premio Cervantes o con el Premio Príncipe de Asturias, entre ellos, las dos grandes Instituciones universitarias mexicanas: la propia UNAM que lo recibió por su aportación a las Humanidades y las Ciencias, y el Colegio de México, galardonado en Ciencias Sociales.

Cuando, siendo Príncipe de Asturias, visité la Ciudad Universitaria, resumí mis sentimientos en una frase que hoy quiero repetir: “La UNAM es el alma de México”. Reconocida como referente iberoamericano en todas las áreas del conocimiento, es, a la vez, depositaria del espíritu y la cultura de esta nación con la que España se hermana en una tradición enraizada en un mestizaje fecundo.

Cuando en 1551, merced a una cédula real, se establece, según el modelo de Salamanca, la primera universidad de Nueva España, se elige para su escudo el emblema que reza Novus mihi nascitur ordo. Nacía, en efecto, ese nuevo orden mestizo. Bernardo de Valbuena declaraba en la Gramática mexicana, a comienzos del siglo XVII, que aquí se hablaba por entonces “el español lenguaje / más puro y de mayor cortesanía / vestido de un bellísimo ropaje”.

Pero, años después, al escribir sus poemas se preguntaba Sor Juana Inés de la Cruz: “¿Qué mágicas infusiones / de los indios herbolarios de / mi Patria, entre mis letras / el hechizo derramaron?”. Desde entonces no hizo más que profundizarse y florecer el mestizaje que José Martí encarnó en el ideal de “un Cervantes hispanoamericano”.

No es momento de repasar los hitos que en los distintos campos de la ciencia marcaron a lo largo de los siglos maestros españoles y mexicanos. Pero no debemos olvidar, aquí y ahora, el capítulo sin duda más fecundo y conmovedor de esa historia. Hablo de la llegada de los exiliados españoles tras nuestra Guerra Civil y de su acogida en la Casa de España, pronto convertida en el Colegio de México, así como de su incorporación a la UNAM y a otras instituciones análogas. Algunos de los aquí presentes vivieron personalmente aquel exilio, y muchos otros son descendientes y discípulos de aquellos hombres y mujeres –entre 20 y 30 mil– que hace ya 76 años emigraron a este país.

Es deber de todos, mexicanos y españoles, recordarlo y agradecerlo. Nunca agradecerá España suficientemente a México los brazos que abrió a nuestros exiliados para que desarrollaran aquí su creatividad. De otro lado, la Universidad y el Colegio se nutrieron de ellos en una simbiosis que cristalizó en un alto nivel educativo, intelectual y cultural, cuya síntesis es un patrimonio espiritual que aún ahora reconocemos todos.

La compleja naturaleza de las acciones humanas había colocado a España y a México frente a frente en una disyuntiva histórica. Los dos países quedaron entrelazados por esa circunstancia, y en esta tierra se dio cobijo y esperanza a aquellos hijos de España que no podían vivir en su patria amada; México se enriqueció con ellos y fue además la tierra donde se acabaron tejiendo raíces familiares profundas.

Señoras y señores,
Unos y otros sabemos que lo que trenza con fuerza el cáñamo y la seda de nuestras relaciones bilaterales es un elemento que nos identifica y hermana: nuestra lengua, el español.

al felicitar a la UNAM, a la USAL y al Instituto Cervantes por esta fecunda iniciativa, la Reina y yo le deseamos todo el éxito que merece a esta iniciativa, el SIELE, para que con el impulso de todos los países hispanohablantes se extienda pronto por el ancho mundo, ayudando a que nuestra lengua sea instrumento de comunicación al servicio del mejor entendimiento entre los pueblos, y, en definitiva, de la justicia, la libertad y la paz

La Reina y yo hemos venido esta tarde para ser testigos de la presentación y puesta en marcha de un proyecto de enorme relevancia cultural para el mundo hispanohablante. El español es un patrimonio común que todos debemos cuidar y cuya difusión y ensanchamiento tenemos que promover. Desde esta misma tierra lo recordaba el gran Alfonso Reyes, presidente de la Casa de España y del Colegio de México, enfatizando la necesidad de que el peso territorial de la lengua española tuviese su justa correlación en los ámbitos de las letras y del comercio.

Como si oyeran su apremio, los gobiernos y las instituciones culturales españolas y mexicanas vienen multiplicando iniciativas de acción común. Buen ejemplo de ello son el Convenio suscrito por la Secretaría de Relaciones Exteriores con el Instituto Cervantes para afrontar proyectos comunes o la creación por la UNAM de un Centro de estudios mexicanos en la propia sede del Instituto Cervantes.

Ahora, por iniciativa de la propia Universidad y de su Centro de Estudios para Extranjeros, el Instituto Cervantes que, como ha explicado su Director, se esfuerza en potenciar su vocación iberoamericana, la UNAM y la Universidad de Salamanca, decana de las universidades españolas en la promoción del español para extranjeros, ponen en marcha un Servicio Internacional de Evaluación de la Lengua Española (SIELE). El mismo Alfonso Reyes añadía a su afirmación anterior: “Seamos generosamente universales para ser provechosamente nacionales”.

“Andaluz universal” se declaraba Juan Ramón Jiménez en su voluntario exilio americano, después de conocer las distintas realizaciones del español en la Argentina, en México, en Cuba. En Puerto Rico, confesaba: “Antes había para mí un español. Ahora hay muchos españoles […] El español que yo quiero es uno que sea todos los españoles”. “No hablemos más por separado de literatura americana y de literatura española –dirá después García Márquez–, sino simplemente de literatura en lengua castellana […] Porque no solo estamos escribiendo el mismo idioma, sino prolongando la misma tradición”.

Acabamos de oír las cifras que denotan la fuerza expansiva del español en el mundo; particularmente en los Estados Unidos, en Brasil o en China. Si queremos que nuestra lengua se afirme como segunda lengua de comunicación internacional, debemos superar la visión de corto alcance –centrada en lo de cada uno– y poner en común los recursos de todos para lograr un objetivo que redundará en beneficio común.

Ha sido el Rector José Narro el primero en abrir camino encabezando la iniciativa y aportando el valor que conlleva el ser México el país de mayor número de hispanohablantes, con un buen número de ellos afincados en los Estados Unidos de Norteamérica. No podían menos de responder con entusiasmo nuestro Instituto Cervantes, —implantado con 90 centros en 44 países de todo el mundo—, y la Universidad de Salamanca, 1ª de las universidades hispánicas, en representación simbólica de todas ellas, porque a todas se propone incorporar este proyecto que se proclama iberoamericano y que buscará también la ayuda de los gobiernos y la colaboración de empresas de Iberoamérica.

Faltaba en el universo de la enseñanza del español como 2ª lengua o lengua extranjera un certificado ágil y de gran prestigio, que se situara en la línea de los que ofrece la lengua inglesa. Los equipos académicos de las tres Instituciones han trabajado, codo con codo, en un nuevo tipo de examen de carácter panhispánico en la línea abierta por las 22 Academias de la Lengua Española. Ellas han sabido plasmar en su Nueva Gramática la unidad que integra las distintas variantes en que el español se realiza.

Hace medio siglo que Ángel Rosenblat ‒polaco de nacimiento; español, argentino y por fin venezolano de adopción‒ explicaba que “por encima del habla familiar, local, regional, o nacional, con sus inevitables particularidades, nos preside una lengua hablada y escrita por todos, que permite que chilenos, mexicanos o españoles nos entendamos plenamente en nuestros escritos y en nuestros coloquios, y nos sintamos por igual, partícipes de una de las comunidades más grandes y más originales del mundo […] El signo de nuestra época –concluía– es el universalismo”.

Este espíritu de conjugación e integración de normas es el que regirá las pruebas del Sistema de Evaluación de la Lengua Española.

Conmemoramos este año el 4º centenario de la publicación de la Segunda Parte del Quijote y nos aprestamos a celebrar el año que viene 400 años de la muerte de Miguel de Cervantes, que echó a andar por el mundo al Caballero de la Mancha. Cruzando el océano llegó muy pronto a México y a todos los rincones del Nuevo Mundo, convirtiéndolo todo, gracias a la lengua en que se expresaba y según decía Carlos Fuentes, en Territorio de la Mancha. Era el milagro de una lengua creada en las dos orillas del océano por latinos, árabes, judíos, “por mestizos, mulatos, indios, negros y europeos”.

Al felicitar a la UNAM, a la USAL y al Instituto Cervantes por esta fecunda iniciativa, la Reina y yo le deseamos todo el éxito que merece a esta iniciativa, el SIELE, para que con el impulso de todos los países hispanohablantes se extienda pronto por el ancho mundo, ayudando a que nuestra lengua sea instrumento de comunicación al servicio del mejor entendimiento entre los pueblos, y, en definitiva, de la justicia, la libertad y la paz.

Muchas gracias.

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