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Palabras de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias en el acto de entrega del Premio de Literatura en Lengua Castellana "Miguel de Cervantes 2012"

Paraninfo de la Universidad de Alcalá. Alcalá de Henares (Madrid), 23.04.2013

Celebramos hoy, en este paraninfo lleno de resonancias históricas, un acto de singular importancia y significado para las letras hispánicas: la entrega del Premio de Literatura en Lengua Castellana “Miguel de Cervantes”.

Es un testimonio eminente de la vitalidad de la cultura en español y de la excelencia de autores que contribuyen a multiplicar la rica herencia de cuantos usan nuestro idioma común, aliado incondicional en el acercamiento entre todos los pueblos hispanohablantes.

José Manuel Caballero Bonald es nuestro “Cervantes” del 2012 y con el galardón en sus manos quiero, con la Princesa, darle, antes de nada, mi más afectuosa enhorabuena. Esencialmente poeta, ha escrito, con idéntica pasión por la palabra, novelas, ensayos, adaptaciones teatrales, libros de viajes y memorias, todos construidos con un lenguaje deslumbrante, repleto de geniales intuiciones formales que descubren y ensanchan nuevos caminos.

Andaluz de Jerez de la Frontera, de ascendencia caribeña, francesa y española, José Manuel Caballero Bonald es hijo del mestizaje de europeos y americanos, fusión que también hoy festejamos con la entrega de este Premio.

Nos encontramos ante un escritor de referencia por su imponente personalidad literaria, por su contribución a la alianza cultural que perpetúa la hermandad entre España y todos los países hispánicos, y por enriquecer de forma notable y durante más de medio siglo el patrimonio literario de nuestra lengua.

Desde luego, que José Manuel Caballero Bonald es un referente para Andalucía por su inestimable aportación al panorama cultural e intelectual de su tierra. De su etapa de juventud gaditana datan los estudios de Náutica y el interés por el mar, que le ha acompañado a lo largo de su vida y de su poesía, como refleja el poema Celebración: “se ven las luces portuarias / que atañen cada noche al alumbrado de la vida. / Allí habitan las gentes / a cuya estirpe pertenezco”.

Leyendo a autores andaluces como Juan Ramón Jiménez, Vicente Aleixandre, Federico García Lorca o Luis Cernuda, afloró en él la pulsión lírica que habría de convertirse en su oficio, dotándole de una armadura formal y conceptual que nunca le abandonaría. Andaluces fueron también los primeros poetas con los que entabló relación personal y profesional: los gaditanos de la revista Platero, entre ellos Fernando Quiñones, gran amigo desde entonces, y Pilar Paz Pasamar; y el grupo cordobés de la revista Cántico, con Pablo García Baena, Vicente Núñez o Ricardo Molina.

Nuestro Premiado es también un referente más allá de nuestras fronteras. El intercambio y el entendimiento con artistas hispanoamericanos han sido intensos, desde los primeros contactos en el Colegio Mayor Guadalupe y la Asociación Cultural Iberoamericana hasta su etapa como profesor de Literatura Española y Humanidades en la Universidad Nacional de Colombia. Fue una época decisiva para él, ya que supuso el encuentro con el paisaje natural, humano y literario del continente americano, por el que sentía y siente una gran afinidad.

Caballero Bonald guarda importantes deudas con la literatura de esas tierras, pues su ansia artística se ha satisfecho enormemente gracias a ella. Entre las más valiosas piezas de su particular tesoro americano se cuentan autores como Juan Rulfo, César Vallejo, José Lezama Lima y otros ya reconocidos con el Premio Cervantes, como Alejo Carpentier, Juan Carlos Onetti y Octavio Paz. Los que un día fueran sus maestros se convirtieron con el tiempo en sus compañeros de viaje.

Caballero Bonald es un navegante solitario, resistente a las modas y a las actitudes gregarias, frente a las cuales ha mantenido un constante desafío de infractor

Es, en fin, Caballero Bonald un referente del rigor literario, a lo que ha contribuido la poderosa impronta que su obra ha recibido de los clásicos: de la intensidad lírica de San Juan de la Cruz, del barroquismo de Luis de Góngora o de crítica social de Francisco de Quevedo.

Y ahí, claro, Cervantes. Siempre Cervantes, cuya obra anticipa de manera extraordinaria las cuestiones que luego habrán de ocupar a tantos autores: la insondable fuerza de la imaginación sobre el relato realista, la estrecha relación entre la poesía y el mundo, y la batalla dialéctica entre la tradición y la modernidad. La genialidad de la obra cervantina estriba en la brillante solución que ofrece para enfrentarse a estas paradojas: existe un lugar para cada cosa y ninguna merece excluirse, porque todas forman parte de nosotros y a todas les debemos un trozo de nuestras vidas.

Señalaba Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana o española de 1611 que es “exemplo, lo que se copia de un libro o pintura, y exemplar, el original”. De acuerdo con tal definición, la novela cervantina es ejemplar pues es el punto de partida de otras novelas escritas en castellano.
Recogiendo ese legado, su obra es también ejemplar al ser referente de exigencia estética: su literatura se caracteriza sobre todo por la riqueza y la precisión de su lenguaje, que huye de lo banal para buscar lo insólito y romper con las rutinas expresivas logrando una lengua renovadora e inédita

En sus textos la palabra se toca, se huele, se saborea, pero sobre todo vemos cómo se abre a significaciones cada vez más ricas.

En tal sentido, su poesía alerta, vigilante y lista –hecha un Argos– “no se acaba nunca de escribir”. Busca trasladar a palabras las imágenes que pueblan su pensamiento y su memoria. Se trata, según él mismo dice, de “convertir una experiencia vivida en una experiencia lingüística” y de “eliminar esa cortina que se interpone entre el pensamiento y la escritura”.

La memoria colectiva e individual y sus trampas, la capacidad fabuladora del recuerdo, la reinvención del pasado personal e histórico, los límites entre lo ilusorio y lo verídico y la fugacidad de las cosas, son sus temas recurrentes. Porque “las memorias, como cualquier otro género literario, son ficción”. O según decía Antonio Machado: “también la verdad se inventa”.

Pasando de la corteza al meollo, importa subrayar que la escritura de Caballero Bonald, rica y deslumbrante, está articulada por un referente de conciencia ética. Sus inquietudes políticas, alentadas por la compañía de Gabriel Celaya, Dionisio Ridruejo y Juan García Hortelano, lo llevaron a alinearse con otros jóvenes poetas dando lugar al llamado “Grupo Poético de los años 50”. Aunque a él no le gusten del todo las etiquetas y los encasillamientos, sí les unía la forja de una conciencia crítica del mundo y de la historia, que aunó el culto a la palabra y el compromiso social. Superviviente de España de aquella excelsa generación, Caballero Bonald ha hecho verdaderos, a lo largo del tiempo, aquellos versos del poema “El imposible oficio de escribir”: “Por aquella palabra / de más que dije entonces, trataría / de dar mi vida ahora”.

La ha ido dando con una integridad extrema, con una lucidez y valentía que dan como fruto una defensa sincera y comprometida de la libertad creadora. Caballero Bonald es un navegante solitario, resistente a las modas y a las actitudes gregarias, frente a las cuales ha mantenido un constante desafío de infractor. La inquietud, a veces interpretada como disconformidad, ha sido un elemento clave en su trayectoria vital y literaria. Solo una palabra libre puede sacudir letargos y remover conciencias. Caballero Bonald reclama lectores decididos a salir de sí mismos y a compartir la aventura de buscar con esa palabra nuevos espacios de vida individual y social.

Hay en Caballero Bonald un lúcido que no da lecciones. Hay una biografía de días memorables, con sabores agrios y dulces, frente a los que su espíritu siempre ha sabido sobresalir. Hay un maestro para maestros que tiene siempre presentes a los poetas de las generaciones sucesivas. Hay, en suma, un capitán varado a voluntad propia, al que la inmortalidad le parece “insufrible y engorrosa”, y al que este premio le va a estropear algo sus planes. Porque no lo dejará “triste a solas, dar viento al viento y olas a las olas”, como su venerado Góngora requería. Lo impulsará, en cambio, a surcar nuevos mares en busca de “una tierra que, por más justa, será también más habitable y hermosa”

Reitero nuestra felicitación más afectuosa a este gran poeta, que con justicia pasará a la posteridad por toda una vida de entrega absoluta a la literatura y a la libertad. José Manuel Caballero Bonald entra a formar parte de una lista, la de los galardonados por este Premio, que refleja la excelencia de nuestra Lengua Española en su extensión universal.

Muchas gracias.​

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