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Palabras de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias en el X aniversario de la Graduación de su Promoción en la Facultad de Derecho.

Universidad Autónoma de Madrid(Facultad de Derecho), 05.06.2003

S

i siempre me resulta grato visitar la Universidad, comprenderán que ese sentimiento se acrecienta cuando se trata de la Universidad Autónoma de Madrid y, de modo singular, esta Facultad de Derecho, en la que, como algunos de los aquandíacute; presentes, finalicé los estudios de la Licenciatura hace ya diez años; sin olvidar, claro está, la formación económica que recibandíacute; en la Facultad de Económicas. Me agrada, sobre todo, ver tantas caras conocidas de profesores y compañeros y reconozco que me encuentro un poco descolocado viendo a tantos de nuestros profesores frente a mi estando yo en el estrado. Además estando en el mes de junio... me vienen a la memoria mis primeros exámenes orales.

No es fácil creerse que estamos celebrando una década desde aquel dandíacute;a en el que la alegrandíacute;a de terminar se ligaba a la responsabilidad de comenzar nuestro propio camino. Sólo cuando nos miramos en el espejo y nos comparamos con la foto de la orla, cuando nos encontramos a los compañeros y compañeras, cuando caemos en la cuenta de todo lo que ha ocurrido a nuestro alrededor y de todo lo que hemos hecho en este tiempo podemos empezar a creer que si, que efectivamente deben de haber pasado al menos diez años.

Para quienes, después de haber vivido aquella experiencia, volvemos hoy a la que siempre será nuestra Facultad, ésta es ahora una ocasión para el recuerdo y la esperanza.

Son muchos, desde luego, los recuerdos de aquellos años de vida universitaria, que tanto han contribuido a la formación superior de cuantos integramos la promoción de alumnos a la que me honra pertenecer. Han sido, en efecto, años de valiosas experiencias humanas compartidas en una aproximación al conocimiento del Derecho y la Justicia. Unos años que nos han servido para comprender la importancia del ordenamiento jurandíacute;dico como sistema de organización social y como base de nuestra convivencia en libertad. Unos años, en fin, en los que las aulas universitarias modelaron nuestra personalidad y nos permitieron desarrollar un modelo de ser y de hacer, el del jurista.

Es cierto que nada de esto es ajeno a la ilusión y el esfuerzo que pusimos en nuestro trabajo. Pero a la hora del recuerdo, tengo muy viva la presencia del alto magisterio aquandíacute; recibido, que tanto contribuyó a canalizar esa ilusión y ese esfuerzo. En esta hora no puede faltar, por ello, la expresión de nuestra más honda gratitud a quienes, con su vocación docente e investigadora, nos dejaron el sello de su ejemplo y la mejor muestra de la grandeza de esta institución universitaria. Gracias, asandíacute; pues, muy sinceramente, en nombre de todos. Y permitidme ahora que, al traer a este lugar todo lo que significa el magisterio universitario, lo haga evocando la inolvidable figura del Profesor Francisco Tomás y Valiente, cruelmente asesinado en este recinto, que con su inteligencia y buen hacer nos ha dejado a todos el mejor testimonio de lo que es capaz de ofrecernos ese magisterio.

Al lado de este lugar para el recuerdo, no puede faltar, sin embargo, otro para la esperanza, ese motor que permanentemente impulsa las más nobles ambiciones humanas. Aquandíacute; hemos aprendido a vivir siempre con ella, y al "Alma mater" hemos de volver siempre que nos falte su aliento pues, no en vano, en la Universidad, se encuentra una de las fuentes de energandíacute;a moral y uno de los referentes imprescindibles para caminar con seguridad hacia el más elevado progreso social.

Un paandíacute;s que quiera situarse en la primera landíacute;nea de ese progreso no puede dejar de mirar hacia la Universidad con esperanza. Porque de ella, y de su constante modernización, han de venir, en buena medida, los aires de renovación del pensamiento, del desarrollo cultural y del avance cientandíacute;fico que demandan nuestros tiempos. Pero para que esa esperanza se pueda convertir en realidad, hemos de enriquecer cuanto sea posible la mutua relación entre la Universidad y su entorno social.

Me parece que ésta es una buena reflexión para todos los que, entre el recuerdo de los años de convivencia en esta Casa y la esperanza de que ella seguirá iluminando nuestro futuro, celebramos hoy la primera década de nuestra promoción universitaria.

Esa década que ahora cumplimos nos invita a seguir esforzándonos en el cumplimiento de nuestras responsabilidades como universitarios y como ciudadanos. Ya estamos de lleno en la vida para la que aquandíacute; nos preparamos. La formación que entonces recibimos, y las experiencias que hemos ido acumulando, en nuestras respectivas tareas, constituyen un activo que no debemos disfrutar sólo nosotros. Tienen que proyectarse con fuerza en las tareas que hemos asumido, y en el tono de la vida española en su conjunto, contribuyendo a abrir nuevos y más anchos caminos al progreso de nuestros conciudadanos, encaminándolo hacia un futuro mejor para todos.

Estoy seguro de que quienes en otro tiempo fueron nuestros profesores, y quienes posteriormente se han incorporado al claustro de esta Facultad para mandíacute; tan querida, comparten este modo de entender la función que corresponde a la Universidad en una sociedad moderna. Y estoy seguro, también, de que mis compañeros de aquel tiempo, y quienes viven ahora la experiencia universitaria en estas aulas, sabremos ser fieles a los ideales de libertad, seguridad y justicia que aquandíacute; nos han enseñado a respetar y cultivar.

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