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Palabras de Su Majestad el Rey en el acto de entrega del Premio Velázquez a Ramón Gaya

Madrid, 05.06.2002

E

l Premio Velázquez, que hoy entregamos por vez primera, nace con el propósito de distinguir la excelencia en el ámbito de la creación artística española e iberoamericana.

Durante la pasada centuria, que algunos historiadores del arte han llamado "el siglo de Picasso", pocas naciones han tenido artistas de tanta importancia como España. Por otra parte, uno de los acontecimientos culturales más relevantes de las últimas décadas ha sido la emergencia del continente americano, con fuerza y personalidad propia, en la escena de la creación contemporánea, tanto en el ámbito de las letras, como en el de las artes plásticas.

En el Jurado de este Premio figuran, como lo especifican sus bases, los directores del Museo del Prado, que atesora Las Meninas y otras de las obras maestras del inmortal sevillano, y del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, que acogerá retrospectivas de los sucesivos ganadores. Este año han sido además miembros del jurado tres ex directores del Museo en que nos hallamos.

El primer Premio Velázquez distingue en esta ocasión, por unanimidad, a uno de los decanos del panorama artístico español, Ramón Gaya, a quien expreso mi más cordial enhorabuena.

A sus noventa y un años, destaca la riqueza y la fecundidad de su larga vida. Sus primeras obras datan de 1920. En los años veinte y treinta, frecuentó a personajes ilustres de la generación del 27, de la que fue miembro activo. En el París de 1928, expuso en compañía de sus paisanos Pedro Flores y Luis Garay. Perteneció a las Misiones Pedagógicas y realizó decorados para La Barraca. Durante la guerra civil ilustró, con viñetas de prodigiosa sencillez, numerosas publicaciones republicanas, entre ellas la revista Hora de España, entre cuyos colaboradores figuró Antonio Machado.

Luego viene la etapa dolorosa del exilio. En el Méjico de su primera madurez, en París de nuevo, y finalmente en Italia, tierra ideal de la pintura, y meta de tantos que se consagraron a ella. Roma fue allí su hogar; Florencia, y sobre todo Venecia, confirmaron y ampliaron su vocación.

También en esto Gaya es profundamente español. Siguió pacientemente las huellas de cuantos, desde Luis Vives, se vieron obligados a abandonar su casa y su patria, y aprendió con dolor la lección de crecer hacia adentro de sí mismo, y ser más nuestro cuanto más trasplantado y lejano. Una experiencia que todos los españoles, juntos de nuevo, nos hemos propuesto clausurar para siempre.

A la fuerza hay que evocar, en esta hora, su peregrinar por el mundo, y por un siglo a cuyas convulsiones no ha sido ajeno. Y, sin embargo, su honda y admirable pintura, y la no menos honda y no menos admirable obra literaria que ha realizado en paralelo, constituyen la antítesis del apresuramiento. A la vuelta de su primer viaje a París, decidió salirse del ciclo de las vanguardias que, contempladas en directo, lo desilusionaron y con las que iba a mostrarse especialmente crítico, y concentrar su atención en lo que en uno de sus ensayos llama la "Roca española" del Museo del Prado.

Desde entonces, sin importarle estar de moda o no, ha realizado una obra a contracorriente. Cuantos se han acercado a su universo plástico han quedado cautivados por su pintura figurativa, esencial, silenciosa, viva, sin estridencias, que convierte lo fugaz en eterno. En ella encontramos paisajes, empezando por el de su Murcia natal; vistas urbanas, entre ellas algunas de su amada Venecia; retratos y autorretratos; interiores en calma; y muy especialmente, bodegones, en los que junto a sus inconfundibles copas de agua, floreros y objetos de uso cotidiano, hacen acto de presencia las láminas o las postales, incorporadas a modo de homenaje a los pintores, a los escritores, a los compositores queridos.

Como Ulises, Ramón Gaya ha encontrado, al final de su periplo, el descanso y la paz de su tierra natal, el homenaje permanente que en Murcia representa el ejemplar Museo que lleva su nombre, y el reconocimiento de su patria con este Premio, que se suma al Nacional de Artes Plásticas que obtuvo en 1997.

Entre los muchos motivos que justifican la concesión de este Premio Velázquez, que lleva el nombre de quien encarna por sí solo la tradición española en materia de pintura, el Jurado ha subrayado la fidelidad de Ramón Gaya, hoy profeta de su país, a su estirpe. Difícil resulta, por no decir imposible, encontrar, en el actual panorama español e iberoamericano, pintor más velazqueño que él.

Lo testimonian muchos de sus cuadros, algunos inspirados en las estancias de este Museo, espejo en el que este creador, que hoy sigue entregado a su oficio como el primer día, se ha contemplado a lo largo de las distintas etapas de su vida. En el ámbito de lo escrito, hay que señalar su libro "Velázquez, pájaro solitario", varias veces reeditado, y que constituye uno de los más lúcidos intentos de desvelar el misterio, limpio misterio, del autor de Las Meninas.

Con Ramón Gaya, ciertamente uno de los nombres clave de la cultura española moderna, empieza hoy su feliz andadura el Premio Velázquez, un galardón que a lo largo de sucesivas ediciones estoy seguro de que está llamado a consolidarse como el gran premio artístico español e iberoamericano.

Muchas gracias.

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