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Palabras de Su Majestad el Rey al recibir la distinción de Mecenas de Honor de la Universidad de Salamanca

Salamanca, 25.09.2002

V

enir a Salamanca supone siempre encontrarse con nuestra Historia más fecunda y permanente, la del pensamiento que empuja hacia delante nuestro horizonte colectivo, invitándonos a recoger y ampliar su testimonio en el presente.

Este año, en el que vuestra ciudad ostenta, con todo merecimiento, la Capitalidad Europea de la Cultura, el ejemplo salmantino renueva su dimensión universal, que ejerció magistralmente en una etapa crucial de la construcción de nuestro continente.

Ejemplo y pensamiento que personifica esta Universidad, como una de las piezas más nobles del patrimonio histórico y cultural de España y todos los españoles, y por la animosa vitalidad que define su trayectoria actual.

Muestra elocuente del espíritu de renovación que vivís con sencillez, y a la vez con ambición, es la recuperación institucional de la figura de los Mecenas, tan vinculada a la historia de este Estudio. Su memoria revive hoy, conforme a las preocupaciones de nuestros días, en significativas aportaciones al patrimonio de la Universidad, a su quehacer científico y cultural, y a sus proyectos de investigación.

A está nómina ilustre, por sus nombres y sus méritos, me acojo con reconocimiento al recibir esta distinción, como titular de la Institución que encarno, por herencia de la Historia, y por voluntad del pueblo español.

El emblema que consagra la estrecha unión entre la Corona y la Universidad salmantina, y que tantas veces he paseado con orgullo por todo el mundo, simboliza una relación fundacional y continuada, que honra y acrece a quienes al ejercerla reciben mucho más de lo que de corazón ofrecieron.

Así lo vió mi antecesor Alfonso IX, que al fundar este estudio coronó los viejos resplandores del título imperial de la monarquía leonesa con los laureles académicos que nunca se marchitan. Así también los Reyes Católicos, para los que el buen gobierno era el fruto de una afición y estima del saber, que certifican sus imágenes en la fachada de las Escuelas Menores de esta Universidad.

El ejemplo más completo de este esfuerzo conjunto, de un proyecto del gobierno basado en el avance del conocimiento, fue el de la preocupación de la universidad salmantina por la paz, la auténtica, que es fruto de la justicia. En pleno Renacimiento, Francisco de Vitoria formuló aquí los primeros principios de un derecho internacional moderno, doctrina original que un catedrático de este estudio, García de Castro, puso en práctica para la pacificación de las Indias y cuyo eco, a través de la Ilustración, suena aún en nuestros días.

Monarquía y Universidad no aspiran a acogerse a la isla atemporal de la añoranza. De las páginas gloriosas que una y otra han escrito en el pasado quieren extraer lecciones para el futuro. Sobre todo la que la misma historia nos enseña: que el saber de nada sirve si da la espalda a la vida y se desentiende de la sociedad. Que la libertad y la dignidad de la persona deben seguir alimentando la ética de la convivencia y el progreso. En fin, que los valores en que coincidimos son lo esencial, y las técnicas, aun las más desarrolladas, un instrumento para realizarlos y cumplirlos.

Esta es la tarea que ahora nos incumbe, y para la que os prometo todo mi apoyo, a la vez que os agradezco el que hoy me habéis manifestado.

Estoy seguro de que de este encuentro nuestro surgirán nuevos y granados frutos para la Universidad y la Corona, y para su vocación de servicio permanente a España y a todos los españoles.

Muchas gracias de nuevo.

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