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Palabras de Su Majestad el Rey en el almuerzo con empresarios de México y España

México D.F., 19.11.2002

C

elebro sinceramente la oportunidad de compartir este almuerzo con relevantes empresarios de México y de España, que con su tesón e iniciativa contribuyen cada día a la modernización y al bienestar de nuestros dos pueblos.

En la base de la riqueza de las naciones está siempre el ser humano, bien en su calidad de trabajador o de consumidor, y necesariamente en la de empresario. Todos ellos son insustituibles, pero sólo uno rige la aventura empresarial. Mi respeto, pues, y mi admiración a los que asumís el riesgo de crear empresas con una pretensión de prosperidad para todos.

Todos sabéis que el proceso de apertura e internacionalización de la economía española de los últimos veinte años constituye el mayor cambio estructural que haya experimentado España en su historia económica reciente.

Hoy, por primera vez, España cuenta con auténticas empresas multinacionales y también por primera vez, desde 1997, la inversión española en el exterior es superior a la inversión extranjera en España, convirtiendo a nuestro país en el año 1999 en el sexto inversor mundial.

Esta gran transformación de la economía española no hubiera sido posible sin Iberoamérica. Nuestras empresas han invertido en Iberoamérica la suma de 100.000 millones de euros en la última década. En 1999 España se convirtió en el primer inversor extranjero en América Latina, y es el primer inversor de la Unión Europea en México.

El proceso que ha llevado a nuestras empresas nacionales a México no es comprensible sin referirse a la estabilidad política, el control de la inflación y la apertura de su economía al resto del mundo: apertura comercial y de los flujos de capital con el exterior, así como las oportunidades abiertas por los procesos privatizadores.

Las principales empresas españolas están hoy presentes en este país. Estos grandes grupos industriales y financieros han ejercido un poderoso ejemplo sobre las demás empresas, medianas y pequeñas, que también han venido implantándose en México de manera creciente en sectores tan diversos como la electrónica, la metalmecánica y los servicios profesionales. Vienen ayudadas por un idioma común, una tecnología intermedia fácilmente adaptable a las necesidades mexicanas y una afinidad entre las culturas empresariales de España y México.

Me complace constatar también que México ha sido durante el año 2001 el primer socio comercial de España en Iberoamérica.

Celebro también que las grandes empresas mexicanas están hoy cada vez más cerca del mercado español y, a través suyo, del europeo. Algunas de ellas, presentes hoy en este almuerzo, cotizan en euros en la bolsa latinoamericana de valores de Madrid.

La diversificación de mercados exteriores es la mejor receta para reducir los riesgos de la coyuntura internacional, y el mercado europeo es sin duda, para la empresa mexicana, una opción de futuro que los empresarios españoles se brindan a emprender junto con los de México.

Quisiera compartir con vosotros hoy una serie de apreciaciones sobre la naturaleza y el sentido del compromiso que el capital español ha contraído con Iberoamérica en general y con México en particular:

El compromiso español por México y por Iberoamérica se ha hecho con una pretensión de permanencia en el tiempo, porque descansa sobre una visión a largo plazo. Es un compromiso que distingue lo coyuntural de lo estratégico y fija la mirada en esto último. Sin duda el factor estratégico de mayores consecuencias es el demográfico, y México con una población que promedia los 26 años de edad, representa una oportunidad cierta.

Las inversiones españolas en México son inversiones en sectores estratégicos, como el energético, el de las telecomunicaciones, el financiero o el de la gestión aeroportuaria, que dependen de largos plazos de maduración a merced del ritmo natural de crecimiento del país.

Nuestra inversión en México no busca explotar ventajas comparativas para nuestros productos por la vía de los precios en el mercado internacional, como es el caso de las inversiones en manufacturas, fácilmente liquidables en el momento en que ya no justifican su rentabilidad.

A diferencia de éstas, las inversiones de las empresas españolas en México se caracterizan por una fuerte transferencia de tecnología y capital y por una intensa capacitación del recurso humano.

La prosperidad de nuestras dos Naciones posee ahora un grado de interdependencia sin precedentes porque nuestros pueblos se ven cada vez más involucrados en las mismas como agentes económicos.

El papel de las empresas nacionales que se han instalado en México y en el resto de Iberoamérica es esencial en la imagen que España proyecta. También la imagen de España ha sido esencial en facilitar la entrada de nuestras empresas en México e Iberoamérica.

Es decisivo el realizar un esfuerzo común para que tan importante aportación sea percibida adecuadamente por todos como el factor extraordinariamente positivo que en realidad constituye.

A los empresarios españoles quiero deciros que es importante que os impliquéis a fondo en la sociedad mexicana, que contribuyáis resueltamente a la construcción nacional y al desarrollo de su capital humano. No olvidéis nunca que la actividad económica es siempre un asunto social.

Me consta que México valora en mucho, y seguirá valorando así, la contribución que las empresas españolas estáis llevando a cabo.

La inversión española en el sector financiero mexicano ha contribuido a capitalizar las entidades financieras con problemas de solvencia, a añadir una mayor competencia y dinamismo al mercado, a introducir importantes tecnologías nuevas de gestión y es de esperar que redunde en una mayor estabilidad financiera para México.

Por su parte, las empresas energéticas están constantemente transfiriendo tecnología y saber hacer. Este es el caso de la inversión española en parques eólicos en México o la introducción de plantas eléctricas de ciclo combinado, por citar dos tecnologías de vanguardia que han sido introducidas por vez primera en México gracias a empresas españolas.

Desde hace dos años las expectativas empresariales han cambiado a raíz de la desaceleración en la economía mundial. Los flujos de inversión hacia Iberoamérica se han estancado salvo en el caso excepcional de México, lo cual dice mucho y bien de su estabilidad política y de su disciplina macroeconómica.

Ante las difíciles perspectivas de crecimiento que enfrenta actualmente Iberoamérica, nuestras empresas deberán saber gestionar con igual habilidad los momentos de desaceleración que los de bonanza.

Por parte de España, les puedo garantizar que nada va a desviarnos de la visión y del compromiso que un día adquirimos.

Ahora que volvemos a unas circunstancias ciertamente más complicadas que las que predominaban hace unos pocos años, pero en todo caso más favorables que las que se vivían en México al inicio del proceso de inversión en 1995, quiero animar a los empresarios de nuestros dos países a que sigan adelante en el camino emprendido, y a los responsables políticos a perseverar en las reformas estructurales, en la estabilidad política, en la liberalización de la economía y en la disciplina macroeconómica, pues todo ello servirá para avivar con fuerza y brío el proceso de inversión.

Deseo que este encuentro de empresarios de los dos países, organizado por el Consejo Mexicano de Hombres de Negocio, constituya una ocasión renovada para el mejor desarrollo de las relaciones empresariales hispano-mexicanas.

 

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