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Mensaje de Navidad de Su Majestad el Rey

Madrid(Palacio de La Zarzuela), 24.12.1990

H

ace un año me dirigí a vosotros con ocasión de las anteriores fiestas de navidad, y me atrevería a decir que en este breve lapso de tiempo se han producido tantos acontecimientos y tantas novedades en el mundo como durante las últimas décadas.

Ha sido, precisamente, la fuerza incontenible con que emergen los deseos de libertad de los hombres la que ha provocado que sistemas que parecían inconmovibles se hayan venido abajo con tanta celeridad, dando paso, así, a la aparición, en el centro y este de Europa, de sociedades pluralistas estructuradas a partir de valores democráticos.

Estos valores, ahora compartidos por la casi totalidad de los países, han eliminado la tensión y han permitido establecer un nuevo sistema de relaciones internacionales basado en la cooperación.

Meses atrás, una situación así nos hubiese parecido un sueño. Hemos entrado en el último decenio del siglo con un mundo en el que ha desaparecido la confrontación entre los bloques, que había supuesto ahora el principal motivo de conflictividad.

Un año, pues, marcado por el esfuerzo colectivo en favor de la paz; un año en el que se han registrado grandes avances, el principal de los cuales ha sido la firma del primer Tratado de Desarme Convencional y la Carta de París para una nueva Europa.

Hechos que por sí mismos permiten abrigar las esperanzas mejor fundadas acerca del futuro. La opinión pública internacional, sin embargo, siente en estos últimos tiempos una justificada inquietud por la aparición de una nueva amenaza para la paz, derivada del conflicto del Golfo.

La comunidad internacional ha reaccionado con unanimidad ante la desestabilización provocada en esa zona del mundo. Este consenso internacional debe ser el que permita reconducir la situación y establecer la paz en la región de forma duradera.

La Organización de Naciones Unidas debería resultar fortalecida por todo este proceso, y ello no sólo porque bajo sus auspicios se están desarrollando las más importantes iniciativas de paz, sino porque todo el mundo siente que, en el nuevo sistema de relaciones internacionales, los principios que inspiran la Carta de la Organización constituyen la más sólida garantía de equilibrio para el futuro, de respeto al derecho internacional y de justicia en las relaciones entre Estados.

La paz es un bien inapreciable, la máxima victoria de los Estados y de los hombres, el clamor unánime de los pueblos de la tierra. Para alcanzarla debemos ser, pues, generosos y conscientes de que la vida humana está concebida para la creatividad y la armonía y no para la violencia y la destrucción.

Un mensaje de paz, precisamente, es el que intercambiamos en estas tradicionales fechas. Quizá resulte paradójico que, en la actualidad, el principal foco de conflicto se encuentre en aquella zona geográfica que fue cuna de las grandes religiones que proclaman la paz y la buena voluntad entre los hombres. Es de desear que estas raíces comunes de nuestras civilizaciones nos sirvan para alcanzar la armonía que todos deseamos.

No debemos olvidar que, para conseguir esa paz, algunos compatriotas nuestros defienden estos días, lejos de su hogar, la aplicación de las resoluciones de las Naciones Unidas. Para ellos tengo hoy el más cordial de los recuerdos y mis palabras de aliento. Desde la alta responsabilidad que me corresponde quiero enviarles, por ello, un abrazo en nombre de todos los españoles, porque ellos son los soldados de España y todos les apoyamos.

Si en el orden internacional es preciso siempre realizar un gran esfuerzo para conseguir y mantener ese bien tan preciado que es la paz, en el orden interno, el sistema democrático, que hoy en España todos compartimos y disfrutamos, requiere una afirmación permanente para que día a día se consolide y enriquezca hasta el punto de que a todos nos parezca algo tan natural como el aire que respiramos.

La libertad, el pluralismo y la solidaridad, elementos constitutivos de la democracia, reclaman de todos una aportación constante. La democracia no es un valor estático, sino que debe ser renovada con el avance y el progreso, con el perfeccionamiento y la modernización de nuestra sociedad y con la ampliación de la esfera de la justicia y del clima de convivencia y tolerancia entre nosotros.

Los últimos quince años han sido un excelente ejemplo de cómo una sociedad puede recuperar la democracia de la manera más pacífica y constructiva.

Algunos de nuestros ilustres visitantes nos han recordado, y yo se lo agradezco, que este esfuerzo nuestro constituye para ellos un ejemplo y una referencia para el camino que están empezando a recorrer.Nuestra experiencia nos indica que no basta con restablecer las libertades y adoptar una Constitución libre, sino que estos valores, y las instituciones en que se enmarcan, han de defenderse día a día.

La consolidación democrática, nosotros lo sabemos bien, se consigue cuando un pueblo une su destino al de los demás, rompe aislamientos arcaicos, participa colectivamente en la creación de riqueza y contribuye al establecimiento de lazos institucionales cada vez más firmes.

Una democracia avanzada no se entendería sin el equilibrio entre la veracidad de la información y el mayor respeto a la libertad de expresión, derecho consagrado por nuestra Constitución y a cuyo perfeccionamiento hemos de dedicar también nuestros desvelos. Si la libertad de expresión implica por parte de todos capacidad para aceptar las críticas y las opiniones diversas, el derecho a la información veraz exige de los medios de comunicación social la máxima profesionalidad y responsabilidad en el ejercicio de su tarea.

Si hay que pedir comprensión ante las críticas a quienes las reciben, es legítimo pedir también mesura y respeto a la verdad a quienes las hacen.

Cuando se cumplen quince años desde que asumí mi alta responsabilidad, quiero hacer llegar a todos los españoles mi más sincero agradecimiento por el apoyo que me prestáis y por el cariño de que me hacéis objeto.

Quince años en los que, cada minuto y junto con mi familia, he vivido con ilusión la transformación esperanzada de España, comprometido con los afanes de todos.

Hemos alcanzado, sin duda, grandes metas, pero es mucho lo que nos queda todavía por resolver. Es cierto que subsisten problemas: el terrorismo, la droga, el paro están en el centro de nuestras preocupaciones.

Tampoco podemos olvidar que la construcción europea supone un reto de indudable trascendencia para el futuro. La previsible evolución de nuestra economía, tras cinco años de notable y continuado crecimiento, exige un permanente ejercicio de rigor y responsabilidad de toda la sociedad.

A todo ello hemos de dar respuesta. Los obstáculos hay que superarlos, los desafíos hay que afrontarlos y el éxito en el empeño dependerá, sin duda, del esfuerzo solidario de todos, con la ilusión y el empuje de la juventud y con la serenidad y la experiencia de la madurez.

Estoy seguro de que tenemos fuerza bastante para acometer esta tarea con una clara y elevada consideración de nuestro país, del que nos debemos sentir orgullosos.

Resulta cada día más necesario fortalecer las esperanzas comunes y ampliar y extender la cultura y la educación a todos los ámbitos.

Es preciso, también, que tengamos un alto concepto de la solidaridad, que no es sólo una bella palabra sino un valor lleno de contenido para aplicarlo entre nosotros y para extenderlo a todos los hombres y a todos los países.

Entramos en una década apasionante de la historia. Durante los próximos años habrán de organizarse y consolidarse las profundas transformaciones políticas, económicas y sociales que han tenido lugar en estos últimos doce meses y cuyo desarrollo conllevará, lógicamente, las naturales dificultades.

El siglo xx se despide con un decenio cargado de promesas y esperanzas. Decenio en el que los españoles debemos sentirnos ilusionados por el hecho de serlo, fortalecidos por nuestra unión y hermanados en nuestra libertad.

En la paz de la navidad cristiana, saludamos a todos los pueblos, y muy especialmente a nuestros hermanos de América.

Los mejores deseos, también, para esas naciones que empiezan a respirar el aire de la democracia y el progreso. Que ese progreso alcance a cuantos permanecen aún en la pobreza, en el atraso, en la injusticia.

Y a esta gran familia, la de todos los españoles, dentro y fuera de España, al pedir a Dios que nos proteja y nos inspire sentimientos de paz, envío, en mi nombre y en el de mi familia, la felicitación más cordial.

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Mensaje de Navidad de S.M. el Rey