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Palabras de Su Majestad el Rey en la inauguración del Curso de las Reales Academias

Madrid(Real Academia Española), 01.10.2003

H

ace ocho años, en ejercicio de la función de alto patronazgo que la Constitución me asigna, os sugerí que, con motivo de la apertura de cada curso, se reunieran bajo mi presidencia todas las Reales Academias que integran el Instituto de España.

Hoy quiero, ante todo, agradecer la generosidad con que siempre habéis respondido a la llamada.

En esta ocasión se unen a nosotros representantes de las Academias asociadas: corporaciones de los más variados campos del saber radicadas a todo lo ancho de España.

Puede así decirse, sin exageración, que aquí está hoy congregado el núcleo tradicional y vivo de nuestra rica y plural cultura.

Porque tradición e innovación han de ser, y son en efecto, los rasgos definitorios del quehacer académico.

Al hablar de tradición no pienso únicamente, ni tanto, en la fidelidad a viejas costumbres, sino en el sentido más fecundo del término.

Esa labor que consiste en recoger lo mejor de cada generación y entregarlo a la siguiente, para que, por así decirlo, no sólo vaya vertiendo el vino añejo en odres nuevos adaptados a cada época, sino que fecunde nuevos saberes y valores nuevos.

La preocupación por la adaptación al tiempo histórico ha llevado a las Academias a ser más conocidas por nuestra sociedad.

Hoy ve en ellas no vestigios del pasado, sino centros que, respondiendo al carácter ilustrado y alumbrador de aquel siglo, hacen suyo el espíritu de los "novadores" que impulsaron el movimiento de estas instituciones.

La sociedad sabe reconocer de modo especial el esfuerzo cotidiano de cada uno de vosotros en la colectiva tarea académica. En ella renunciáis a vuestra singularidad, sumando generosamente el trabajo particular a la ocupación común y compartida de vuestras Academias.

Ese trabajo representa una esperanza segura en el futuro cultural y científico que hemos de desear para nuestra Nación.

Nos acoge hoy la Academia que, por ser la más antigua en el tiempo -dentro de diez años celebrará su tricentenario-, lleva el título de "la Española".

Nació con el declarado propósito de "servir al honor de la Nación" en la lengua que, dentro de la rica variedad de lenguas de España, es el idioma común de todos los españoles y un patrimonio compartido con todos los pueblos hispanoamericanos.

Cuando mi antepasado el Rey Felipe V concedió su cédula de Real Protección a aquel grupo de beneméritos ilustrados que se proponían como primera tarea componer "un Diccionario copioso y exacto", les decía que ello debían hacerlo "con la censura prudente de las voces y modos de hablar que merecen o no merecen admitirse en nuestro idioma".

Apuntaba así el Rey a una potestad normativa de la que la Academia ha hecho buen uso durante los tres últimos siglos, ganando desde muy pronto el reconocimiento de esa autoridad lingüística que le había señalado.

No se detuvo el trabajo de los académicos de la Española en el formidable Diccionario de Autoridades, que fue pronto completado con la Gramática oficial y con una Ortografía que paulatinamente irían asumiendo como propia todas las Naciones hispanoamericanas.

En todas ellas había promovido la Española, a raíz de la independencia, una Academia correspondiente, creando de este modo un extraordinario instrumento al servicio de la unidad de nuestro idioma común.

Sin renunciar al viejo lema de limpiar, fijar y dar esplendor, la Academia señala en sus actuales Estatutos como tarea prioritaria trabajar al servicio de la unidad del español.

Acabamos de oír a su Director lo que esta Academia matriz está haciendo en estrecha y constante colaboración con las Academias correspondientes de América. Tienen mucho que ver con el presente del español y son garantía cierta de su prometedor futuro, obras como: el Banco de datos del español; el Glosario del léxico hispánico medieval, que preparó el admirado y llorado Rafael Lapesa; el Diccionario panhispánico de dudas; y, en fin, la tan esperada Gramática -obras, estas últimas, consensuadas por las veintidós Academias de la Asociación- .

Todos nos sentimos por ello deudores de esta Academia.

Yo quiero felicitar hoy a su Corporación por el entusiasmo y el rigor con que realiza su trabajo, y agradecer, al tiempo, la ayuda que la sociedad española le presta a través de la Fundación pro Real Academia Española, a cuyos patronos, aquí representados, animo a continuar en su generoso empeño.

La colaboración de todas las Academias en el seno del Instituto de España puede redundar, desde luego, en beneficio mutuo, pero significará, además, en suma de esfuerzos, un servicio de ejemplaridad y de eficacia a la sociedad española.

Por ello la Corona os anima a todos a unir voluntades y entendimientos en proyectos comunes, a la vez que os agradece cuanto aportáis a la cultura y la ciencia españolas, a las artes y a las letras, a la técnica y al conocimiento.

Con honda satisfacción, con viva esperanza y con la confianza de siempre, declaro inaugurado el Curso 2003-2004 de las Reales Academias del Instituto de España.

Muchas gracias.

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