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Palabras de Su Majestad el Rey al Conde de Barcelona en su nombramiento como Almirante Honorario

Madrid, 16.07.1978

Y

o no sé si protocolariamente me corresponde intervenir en este acto. Pero en cualquier caso permitidme que, sin hacer uso de mis prerrogativas como Rey, pronuncie unas palabras como hijo.

Unas palabras sentidas de corazón para expresar a mi padre la inmensa alegría que me produce verle hoy investido con la honrosa categoría de Almirante de la Armada española.Tú mismo has dicho, no hace mucho tiempo, que, aunque no puedas considerarte un profesional de la mar, pocos le habrán demostrado tanto amor como tú.

Esa vida marinera que curte y fortalece físicamente, que acostumbra a la meditación solitaria en las largas horas frente a la mar, que libera de las ataduras de la tierra firme y permite volar a nuestro espíritu, ejerció en ti su poderoso influjo y despertó la temprana vocación de una carrera que las vicisitudes de nuestro país truncaron en tus años de guardia marina, pero que no te ha abandonado nunca.

Tú me transmitiste desde mi niñez ese amor a las cosas de la mar.

Tú me has enseñado a encontrar en la inmensidad de las aguas azules el reposo y la serenidad.

Tú me has mostrado que, cuando la vida nos enfrenta con obstáculos y siembra dificultades en nuestro derredor, es importante mantener firme el rumbo, con la vista puesta en el horizonte lejano, en medio de las aguas procelosas o en calma, con vientos favorables o adversos.Tú has puesto también de manifiesto, de forma permanente, el perfecto sentido del deber, el más acendrado patriotismo, el amor a España y la entrega a su servicio, sin reparar en sacrificios.

Me consta, señores, que al conceder hoy a mi padre, el Conde de Barcelona, este empleo de almirante le otorgamos también una de las mayores satisfacciones de su vida.A cuantos han contribuido a proporcionársela, mi mayor agradecimiento. Porque para un hijo no puede haber satisfacción mayor que ver a su padre satisfecho.

Y a ti, almirante, que la Virgen del Carmen, patrona de la Armada española, cuya festividad hoy celebramos, te compense de amarguras y sufrimientos, de preocupaciones y sinsabores, permitiéndote contemplar cómo la nave de nuestra patria navega en paz y tan alta que -como dijo un poeta- «pudiera alcanzar con sus mástiles la luna».

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