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Palabras de Su Majestad el Rey al Presidente de Portugal Antonio Ramalho Eanes y al pueblo portugués

Portugal(Guimaraes), 05.05.1978

S

eñor Presidente, en el marco incomparable de este Palacio Ducal de Guimaraes, tan lleno de resonancias históricas, acabamos de realizar, con la sencillez que tienen siempre las cosas grandes, un acto de la mayor trascendencia para el presente y el futuro de nuestros dos países. Al intercambiar los instrumentos de ratificación del Tratado de Amistad y Cooperación entre Portugal y España, hemos sellado definitivamente el fin de una época en nuestras relaciones y hemos iniciado una etapa nueva, con posibilidades inéditas de acción conjunta y de mutuo beneficio.

Los propósitos que nos guiarán en esta colaboración futura están bien expresados en el preámbulo del Tratado: fortalecer los vínculos de amistad que ya existen, con el firme apoyo en una comunidad de sentimientos y de intereses y en una identidad nacional propia y peculiar de cada una de las altas partes contratantes, dentro del contexto europeo en el que esperamos integrarnos. Bastaría un análisis en profundidad de este concepto, que se abre como un pórtico al frente del Tratado, para medir todo el alcance de este acto que acabamos de llevar a cabo.

En el momento presente nos encontramos en una situación en que los acontecimientos y las tendencias irreversibles del mundo moderno colocan a nuestras naciones en una relación tan inmediata como la vecindad en la situación geográfica de nuestros territorios nacionales. La dirección en que caminamos es la misma. Sin renunciar a ninguno de los valores ni a las instituciones en que se ha plasmado nuestra respectiva identidad nacional, marchamos unidos hacia un objetivo común que tiene carácter prioritario en la política exterior de los dos países, y que no es otro que la integración en Europa y en los organismos que Europa ha creado para hacer realidad viva lo que hasta hace pocos años era simplemente el ideal de un grupo minoritario de personas o de entidades sin carácter oficial. Nos encontramos, pues, unidos en una doble vocación, para conseguir primeramente una incorporación plena a ese movimiento unificador, ajustando nuestras economías y nuestros niveles de desarrollo social al de los pueblos europeos que nos han precedido en el proceso unificador; y, una vez lograda la integración, para aportar a ese mismo proceso una fuerza renovadora que contribuya eficazmente a mantener vivo el ideal europeo. Por eso dice también el preámbulo del Tratado que las altas partes contratantes son conscientes de que un refuerzo de su cooperación servirá la causa de la unidad europea y contribuirá a la consolidación de la paz y de la seguridad internacionales.

Hay todavía un tercer elemento con el que nuestra aportación sirve a la causa de la unidad europea; y es que nuestro pasado grandioso en la expansión ultramarina no ha desaparecido sin más para constituir únicamente un capítulo de la historia escrita, sino que pervive bajo la forma de un patrimonio cultural y humanístico que comparten con nosotros los pueblos en que hemos dejado la huella de nuestra lengua y de nuestro concepto del mundo. Y este patrimonio es tan valioso que puede representar una nueva dimensión del europeísmo que le haga trascender de los límites geográficos continentales y transformarse en un movimiento abierto hacia lo que se viene llamando Tercer Mundo. De esta manera, se podría en un futuro próximo completar la solidaridad europea con el establecimiento de puentes entre ese núcleo de países industrializados y el mundo inmenso de los pueblos en vías de desarrollo, con beneficio evidente para equilibrar, por una parte, las dolorosas carencias que ese Tercer Mundo padece y, por otra, para garantizar al mundo europeo el acceso a fuentes de aprovisionamiento vitalmente necesarias para su estabilidad.

Ante nosotros se abre también un horizonte prometedor para el desarrollo de nuestras relaciones bilaterales. La transformación de nuestros regímenes políticos, y los cambios que la moderna técnica de la comunicación viene produciendo en nuestras estructuras sociales, requieren un planteamiento nuevo en este aspecto bilateral, y para ello hemos establecido el marco adecuado en el Tratado de Amistad y Cooperación.

No quisiera, señor Presidente, que mis palabras reflejen únicamente los aspectos positivos o las posibilidades teóricas de nuestra acción. En el momento histórico que vivimos es preciso ser realistas y no ocultarnos las dificultades que tendremos que vencer antes de que esas esperanzas se conviertan en realidad. La estabilidad política, el orden público y el progreso económico se ven amenazados en todos los países, no sólo por fuerzas contrapuestas, sino también a veces por el cansancio, la rutina y la falta de imaginación creadora. No debemos ocultarnos estos problemas, pero tenemos el derecho y el deber de hacerles frente sin desaliento y con la convicción íntima de que las dificultades son la medida del valor de los hombres y de los pueblos. No dudo de que Portugal y España estarán a la altura de las exigencias de esta hora, y estoy seguro de que el Tratado al que hemos dado vida será un instrumento adecuado para potenciar nuestra cooperación bilateral y el valor de nuestro común esfuerzo en pro de la unidad europea.

Portugal y España unidos y solidarios en esta tarea, trabajando juntos en el mutuo respeto a su personalidad, progresando hacia una meta común con otros países de nuestro continente que profesan los mismos valores: he aquí el ideal y la necesidad que hoy nos proponemos en cumplimiento de la misión histórica y el destino de estas dos grandes naciones hermanas.

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