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Palabras de Su Majestad el Rey al Ayuntamiento de Ciudad Real y a los manchegos

Ciudad Real, 08.11.1978

V

arios son los motivos por los que la palabra «gracias» ha de salir de mis labios en esta querida ciudad. La Reina y yo os damos gracias por el recibimiento tan cariñoso, tan sincero, tan noble, que nos habéis ofrecido.

Gracias también porque al citar aquí los conceptos de juventud y sencillez referidos a nuestras personas, vuestro Alcalde no ha hecho más que exaltar tres condiciones que distinguen a Ciudad Real y a su provincia toda: juventud, sencillez y grandeza.

Esta ciudad y estas tierras han sabido extraer de su gloriosa antigüedad un verdadero secreto de pujanza juvenil. Ciudad Real, como La Mancha y sus otras comarcas vecinas, son hoy jóvenes porque son emprendedoras y vitales; lo son porque saben laborar con alegría, ilusión y empeño.

Y todo esto, además lo hacen con sencillez y grandeza, con esa grandeza y sencillez, tan proverbiales vuestras, como lo son asimismo la hospitalidad y la lealtad.

Ello explica aún mejor nuestro vivo deseo de venir a Ciudad Real, de encontrarnos entre vosotros, de hablaros y veros en vuestra propia casa. Esta aspiración se cumple ahora con creces.

Gracias, en fin, porque habéis sabido hablarme con claridad. Precisamente nuestro viaje a Ciudad Real responde al propósito de conoceros más de cerca, y a la vez estar presente en vuestros anhelos, necesidades y proyectos.

El Rey está y estará siempre a vuestro lado, con Ciudad Real y su pueblo, según corresponde a la propia naturaleza de la Institución monárquica que se encarna en mi persona.

Sentido especial tiene aquí esta afirmación, porque, como habéis subrayado, vuestra ciudad fue real desde su fundación, por Alfonso el Sabio en 1255, quien la llamó con el ya bello y expresivo nombre de Villarreal.

Antes y después, estas anchas tierras fueron escenario de hechos memorables, y cuna de ilustres personalidades. Desde un García Jofre de Loaysa, descubridor por tierras de Oceanía, un Hernán Pérez del Pulgar, el de las «Hazañas», un Diego de Almagro, conquistador y adelantado, hasta un Bernardo de Valbuena, el poeta épico del «Bernardo del Carpio».

Aquí nacieron varones como Santo Tomás de Villanueva, que vio la luz en Fuenllana, y fue predicador de Carlos V y arzobispo de Valencia, o Juan Bautista de la Concepción, de Almodóvar del Campo, reformador de la orden Trinitaria, o, figura grandiosa, el beato Juan de Avila, maestro espiritual de los santos españoles, en el siglo xvi. Y tantos otros personajes ilustres.

Santa Teresa de Avila, otro modelo de grandeza y sencillez, anduvo por aquí fundando sus «palomaricos» carmelitanos. (Malagón, Daimiel, Almodóvar). Y, en orden a la cultura, es admirable ese Corral de Comedias de Almagro, ejemplar único, entre los de su género, durante el siglo de oro.

Hoy día, en el trabajo del espíritu como en el esfuerzo de los brazos, seguís dando a la Patria hombres y mujeres que son ejemplo de un presente activo y creador y de un futuro más pleno en dicha y bienestar.

Es cierto, muy cierto, que en largos períodos de la historia, pasó sobre vuestros llanos y montes el fantasma trágico de la escasez material. Pero es también verdad que os levantasteis, y habéis de seguir levantando, mediante el razonable tránsito a la industrialización, sin abandonar la tradicional actividad agrícola y ganadera, no desmayando en las iniciativas y prosperando siempre en la solidaridad.

Gran empresa, en especial, para la juventud, esperanza máxima de nuestros afanes.

Todo lo necesitan, y lo merecen Ciudad Real y sus tierras.

Antaño fueron las calzadas romanas, que aún nos marcan el sentido de la comunicación: las cañadas, ventas y molinos que encendieron la fantasía de Cervantes. Hoy el progreso nos abre nuevas vías, y por ellas caminaremos. «Desfaciendo», de paso, cuantos entuertos se nos quieran oponer.Porque Don Quijote no morirá jamás. Gracias a su figura, que es a la vez de alma y de carne y hueso, la seca Mancha de los siglos pasados resumió ante el mundo la imagen de todos los heroísmos.

Ciudad Real, gentil, hospitalaria y trabajadora, tiene un puesto de honor en los derroteros españoles. Vuestra excelsa patrona, la Virgen del Prado, nos guíe por ellos.

Dejadme ahora que os repita las gracias y os deje aquí nuestro mejor saludo.

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