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Palabras de Su Majestad el Rey a la Organización Internacional del Trabajo

Suiza(Ginebra), 21.06.1979

S

eñor Presidente, es particularmente grato para mí encontrarme ante ustedes y poder dirigirme a esta Conferencia Internacional de Trabajo con ocasión de cumplirse el sexagésimo aniversario de la OIT, celebración de sesenta años de incansable y fructífera labor en el noble empeño de instaurar un orden social más justo en el mundo.

Me dirijo a ustedes aceptando la amable invitación que me formulara el director general de la Organización, eminente personalidad de la vida internacional, hombre de inteligencia y tacto, de reflexión y de acción, que con tanto acierto y eficacia ha sabido dirigir la Organización Internacional del Trabajo en momentos muy difíciles.

Señor Presidente, esta Asamblea ha tenido el acierto de elegirle para conducir sus deliberaciones y quiero expresarle mi sincera felicitación por esta designación que responde a sus eminentes cualidades y amplia experiencia.

Mi satisfacción por estar entre ustedes, señoras y señores delegados, es doble: me encuentro ante la máxima instancia representativa de la OIT, la Organización más antigua de lo que hoy llamamos sistema de las Naciones Unidas y la que cuenta con más profundas tradiciones.

Por otra parte, con especial satisfacción vengo hoy aquí para dar testimonio del interés permanente mostrado por España hacia esta Organización, de la que mi país ha sido miembro fundador en el reinado de mi augusto abuelo, Don Alfonso XIII.

La permanencia de esta Organización a lo largo de un período, durante el cual el mundo ha sido testigo de cambios políticos, económicos y sociales tan profundos, es prueba no sólo de la altura de los principios éticos y políticos en los que se inspira su constitución, sino también de su capacidad para adaptarse a las necesidades de la vida internacional en el ámbito de sus competencias.

Mientras el resto de la comunidad internacional organizada, que surge del Tratado de Versalles, se demostró incapaz de hacer frente a las esperanzas de paz que se habían puesto en ella y hubo de ser sustituida por un nuevo sistema de organización internacional, la OIT, ha sabido integrarse, mediante el acuerdo de 30 de mayo de 1946, con el nuevo sistema que surge después de la II Guerra Mundial: el de las Naciones Unidas.

Un punto clave en esta fructífera evolución y adecuación a las nuevas necesidades fue, sin duda, la XXVI Conferencia General de esta Organización y la Declaración de fines y objetivos que en ella se adoptó.

Al releer hoy los principios de la Declaración de Filadelfia, que siguen teniendo plena vigencia, comprendemos la vitalidad de la OIT, porque, sin dudarlo, podemos afirmar que el futuro del hombre depende de su éxito en conseguir la realización de estos tres objetivos: la paz del mundo, la justicia social y la libertad individual.

La Organización Internacional del Trabajo es el excelente instrumento para la consecución de estos objetivos.La paz es posible; la paz es obra nuestra, que exige una acción decidida y solidaria.

De ahí, señor Presidente, nuestra profunda convicción de que la experiencia ha demostrado cuán verídica es la declaración contenida en la constitución de la Organización Internacional del Trabajo, según la cual, la paz permanente sólo puede basarse en la justicia social.De ahí también nuestra fe y nuestra esperanza en principios como los siguientes:

- Todos los seres humanos, sin distinción de raza, credo o sexo, tienen derecho a perseguir su bienestar material y su desarrollo espiritual en condiciones de libertad y dignidad, de seguridad económica y en igualdad de oportunidades.

- El logro de las condiciones que permitan llegar a este resultado debe constituir el propósito central de la política nacional e internacional.

- Cualquier política y medida de índole nacional o internacional, particularmente de carácter económico y financiero, debe juzgarse desde el punto de vista de aceptarse solamente cuando favorezca, y no entorpezca, el cumplimiento de este objetivo fundamental.

Se superaban así, en 1944 y definitivamente, enfoques anteriores, de contenido fundamentalmente economicista, en los que la preocupación primordial, aunque no exclusiva, fue la mejora de las condiciones de trabajo en los diversos países del mundo, con el corolario de que, para que dicha mejora fuese posible, resultaba indispensable que en todos los países el progreso fuese paralelo.

Este formidable esfuerzo de humanización, señor Presidente, constituye uno de los signos más claros en los intentos por elaborar un orden internacional creador de condiciones de paz, y da sentido a un conjunto de factores fundamentales que caracterizan a la Organización Internacional del Trabajo como instrumento de promoción de nuevas actividades humanas, antes sometidas a la discrecionalidad de los Estados soberanos dentro del ámbito de cada derecho interno.

Esos factores característicos son:

- Un mandato claro, comprensivo y específico dado a la Organización Internacional del Trabajo por su norma constitucional, tal y como queda recogida en los Tratados de Paz de 1919, ampliada luego en 1944 y 1946, por la adopción de la Declaración de Filadelfia y la reforma de aquella constitución.

- Una estructura constitucional única, de la que resaltaré la asociación de las fuerzas vivas de la producción con los gobiernos, en la que con razón se ha visto un signo de lenta creación de un poder internacional, que no es puramente interestatal, así como un símbolo lleno de sentido para el futuro.

- Un procedimiento de elaboración de normas jurídicas internacionales que significó, en sus comienzos, una innovación radical, y que todavía hoy, en sus aspectos fundamentales, es único.

- Finalmente, un complejo de disposiciones establecidas para una continua supervisión internacional del cumplimiento de los convenios y recomendaciones, totalmente nuevo cuando se introdujo, y hoy todavía más adecuado que ningún otro sistema que pueda establecerse para tal fin.

La Organización Internacional del Trabajo constituye por todo ello un cauce para la humanización del orden internacional y, a la vez, una vía para la mayor perfección y eficacia del derecho internacional, mediante las actividades de la Organización en el triple ámbito de la elaboración de las normas jurídicas, el control de la aplicación de las normas y principios, y la cooperación técnica.

Como Rey de España, al que la Constitución española atribuye la más alta representación del Estado en las relaciones internacionales, permítanme, señor Presidente, señoras y señores delegados, que aproveche esta ocasión para expresarles mi ilusión, mi fe y mi esperanza en la Organización Internacional del Trabajo, en sus ideales y en sus objetivos, sus principios y sus normas básicas.

El pueblo español, en cuyo nombre os hablo, se ha dado una Constitución, que a nadie excluye y a todos ofrece un cauce para la convivencia pacífica en la libertad y en la ley.

En el campo de los derechos humanos, y más concretamente de los derechos laborales, la Constitución española configura un entramado de derechos y garantías de enorme trascendencia para el mundo del trabajo, caracterizándose por su visión moderna y realista de los problemas.

La Constitución proclama el deber de trabajar y el derecho de todos los españoles al trabajo, así como a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo, y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia.

Se garantizan los derechos sindicales y se reconoce el derecho de huelga.

Se contempla igualmente el derecho a la negociación colectiva y a la adopción de medidas, de conflicto colectivo, tanto por parte de trabajadores como de empresarios.

Del mismo modo, la Constitución obliga a los poderes públicos a desarrollar una política que haga realidad toda una serie de garantías fundamentales en la vida laboral, como son la formación y readaptación profesionales, la seguridad e higiene en el trabajo, el descanso necesario mediante la limitación de la jornada laboral, las vacaciones retribuidas y la promoción en centros adecuados.

Por último, en el campo de las prestaciones sociales, la Constitución establece la obligatoriedad de un adecuado régimen de seguridad social para todos los ciudadanos, especialmente en los casos de desempleo. Y como gran novedad, dentro de un ordenamiento constitucional, se recoge el concreto deber de protección de los elementos de la sociedad especialmente necesitados de ella, con una evidente repercusión en el ámbito laboral: el de la infancia y el de la tercera edad.

Los españoles somos un pueblo realista, apasionado cuando se trata de la defensa de un ideal, que no elimina fácilmente la dimensión trascendente de la vida.

España es un Estado social y democrático de derecho que propugna como valores superiores la libertad, la justicia y la igualdad. Valores que no defendemos únicamente para el interior de España y nuestra convivencia nacional, sino también para la vida internacional y las relaciones internacionales, de ahí nuestra voluntad de colaborar en el fortalecimiento de unas relaciones pacíficas y de eficaz cooperación entre todos los pueblos de la tierra.

«El destino -afirmó aquel gran español y gran europeo que fue Ortega y Gasset- impone a ciertas generaciones superar la estrechez de la vida nacional y comunicar con otros pueblos su existencia limitada, integrándola así más allá del muro de clausura de su historia aislada, privada y familiar hacia el teatro gigantesco de la historia universal».

España quiere hoy reafirmar ante este foro su constante vocación universal y humanista, su continua preocupación por la defensa de la persona y de sus valores, que han inspirado siempre a nuestros juristas y a nuestros pensadores, desde aquellas ejemplares «Leyes de Indias» que consagraban, hace casi cinco siglos, la defensa de los derechos laborales y sociales de los pueblos autóctonos americanos.

Este humanismo español ha sido, señor Presidente, el fundamento último de nuestra búsqueda de libertad y de igualdad. La libertad es un atributo irrenunciable del hombre, pero que sólo alcanza toda su profundidad cuando comprende a todos. Sin igualdad, la libertad degenera y se degrada.

Queremos crear continuamente condiciones de libertad y por ello, derribar barreras inaceptables de desigualdad, porque nos preocupa e interesa ante todo el hombre, la persona humana, en su dimensión universal.

En estos momentos de temores y de crisis, a los que la Organización Internacional del Trabajo no escapa, la meta del hombre y de servir al hombre puede ser no sólo un objetivo a alcanzar, sino también un cauce para superar los riesgos que enturbian nuestras expectativas y amenazan nuestras esperanzas.

Como hace diez años dijera aquí Su Santidad Pablo VI, en la sesión conmemorativa del cincuentenario de la Organización Internacional del Trabajo:

«Ya sea artista o artesano, empresario, obrero o campesino, manual o intelectual, es el hombre quien trabaja; es el hombre para quien se trabaja. Se ha acabado pues la primacía del trabajo sobre el trabajador y la prioridad de las exigencias técnicas y económicas sobre las necesidades humanas. Nunca más el trabajo por encima del trabajador; nunca más el trabajo contra el trabajador, sino siempre el trabajo para el trabajador, el trabajo al servicio del hombre, de todo hombre y de todo el hombre».

Al formular ilusionadas palabras de fe y de esperanza en nuestra organización, señor Presidente, y hacerlo en nombre de un país miembro, España, que ha ratificado ciento cuatro Convenios de los elaborados por la Organización Internacional del Trabajo, no me presento ante ustedes con la creencia satisfactoria de que la misión está cumplida, sino, por el contrario, con la preocupación y la inquietud de contribuir a la superación de nuestros problemas.

En el mundo universal y plural del tiempo histórico que vivimos, la fidelidad a los valores esenciales de nuestra organización es fundamental para hacer frente a los riesgos que nos amenazan. Como dijera un notable director general de la Organización Internacional del Trabajo, la universalidad y los principios de nuestra organización trascienden a las ideologías.

Si hace cincuenta y cinco años, un espíritu generoso y excepcional, Albert Thomas, podía decir en Madrid que «lo social deberá vencer a lo económico, regularlo y conducirlo para mejor satisfacer a la justicia», hoy creo que es posible, y aun necesario, afirmar que el servicio al hombre debe prevalecer sobre las ideologías, para mejor satisfacer las exigencias de la justicia y de la paz.

Aquellos pioneros de la justicia social internacional, que desde creencias religiosas diferentes y actitudes políticas e ideológicas diversas, pusieron los cimientos de lo que luego sería la Organización Internacional del Trabajo, constituyen un ejemplo a seguir en el momento actual, en el que los problemas que nos aquejan, tan diversos y graves, requieren de nosotros la búsqueda de soluciones mundiales, imaginativas y generosas, capaces de ilusionar a los jóvenes, a quienes tienen un puesto de trabajo y a quienes carecen de él.

Quiero señalar muy especialmente mi preocupación por el problema del desempleo, que afecta de manera singular a la juventud.Nada más desmoralizante para el joven que ha terminado su formación profesional e ilusionado piensa construir su vida e insertarse en la sociedad, que ver cómo ésta no le puede ofrecer la oportunidad que busca.

Cuando era de esperar que el desarrollo económico integrara a sectores cada vez más numerosos de la humanidad, vemos con preocupación el problema del desempleo a escala mundial, por lo que muy justamente esta Organización dirige sus esfuerzos ahora hacia el estudio y resolución de tan magno problema. Ningún otro tema más acuciante que éste de conseguir que el derecho al trabajo, consagrado y defendido aquí, no se convierta en frase vacía de contenido, sino en una esperanzadora realidad que fundamente en el futuro la prosperidad de todos los pueblos.

España, debido a complejas razones de muy diverso carácter, ha sido tradicionalmente un país de emigración. Hasta que la sociedad española vuelva a reintegrar a la vida nacional a tantos españoles todavía dispersos por el mundo, no dejaremos de esforzarnos para conseguir que nuestros emigrantes cuenten con todos los medios necesarios para mantener su identidad cultural, en un contexto de pleno disfrute de los derechos políticos, con la consiguiente asistencia educativa y laboral.

Por ello, España hará siempre suya toda iniciativa que, en el seno de la OIT o del sistema de las Naciones Unidas, tenga por objeto mejorar la situación de aquellos que alejados de su tierra tienen que desarrollar una actividad laboral en condiciones a veces muy difíciles.

Se ha dicho autorizadamente que la cultura es lo único que puede trasformar una jornada de trabajo en una jornada de vida. Nosotros tenemos que asumir el reto de crear un mundo en el que la justicia en el trabajo y las posibilidades de trabajo permitan a todos los hombres que cada día de su existencia sea una jornada de vida humana, digna y libre.

Por esto, señor Presidente, señoras y señores delegados, creo que en nuestro mundo de hoy, tan complejo y difícil, en el que se enfrentan peligrosamente los intereses y las ideologías, la Organización Internacional del Trabajo sigue siendo un camino abierto hacia un mejor futuro de la humanidad.

En los momentos de duda y vacilación, hay que tener el coraje de volver a las raíces profundas: las de la Organización Internacional del Trabajo que se encuentran en los principios proclamados en su constitución, y de los que querría fijarme sobre todo en un valor y en un ideal.

El valor supremo de cuanto ha afirmado la Organización Internacional del Trabajo en sus sesenta años de vida: el trabajo no es una mercancía, sino un derecho humano fundamental, un deber y un derecho de toda persona humana, como proclama la Constitución española.

Y junto a la reafirmación de este valor, la de un ideal, al que por encima de intereses y de ideologías, debemos seguir siendo fieles: la paz universal basada en la justicia social internacional; porque la miseria, en cualquier lugar, constituye una acusación para todos, un factor de desorden y un testimonio de insolidaridad.

Señor Presidente, la gran causa de la paz entre los pueblos tiene necesidad de todas las energías latentes en el espíritu de los hombres. Para conseguirla, hacen falta palabras de paz, convicciones de paz, signos y testimonios de paz.

Esta ha sido la gran aportación de la Organización Internacional del Trabajo a la causa de la paz y la mejor prueba de que será capaz de superar las dificultades presentes.

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