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Palabras de Su Majestad el Rey en el Consejo Federal de la Confederación Helvética

Suiza(Berna), 19.06.1979

S

eñor Presidente, señores consejeros, muchos y muy profundos son los sentimientos que vienen a mi ánimo al dirigirme a este Consejo Federal en la primera visita de Estado de un Rey de España a la Confederación Helvética. Ante todo, la gratitud, que en nombre de la Reina y en el mío propio quiero expresaros, por la amable invitación del Consejo, que nos permite volver hoy, con carácter oficial, a vuestro hermoso país.

A este sentimiento se unen entrañables recuerdos familiares y personales. En efecto, los primeros años de mi niñez transcurrieron en Suiza, y en el Colegio de San Juan de Friburgo cursé mis primeras letras. En Lausanne residió hasta su muerte, y allí reposa, mi abuela, la Reina Victoria. En Vieille Fontaine transcurrieron momentos muy gratos de mi vida, disfrutando de la hospitalaria acogida y del cariño que la población de Vaud dedicó siempre a la Familia Real española.

Con el agradecimiento y los recuerdos personales, no puede menos de asociarse aquí la consideración de los episodios de la historia europea a través de los cuales ha llegado vuestro país a esa forma de Estado y a esa personalidad política verdaderamente única en el mundo internacional, así como la significación que hoy tiene para el futuro de Europa el modelo de convivencia que habéis sabido crear.

En ninguna parte como en Suiza se realiza aquel ideal que las Comunidades Europeas expresaron en 1973 en el Documento sobre la Identidad Europea al decir que la diversidad de culturas dentro del marco de una civilización común, la profesión de unos mismos valores, la conciencia de una comunidad de intereses y la determinación de construir una unidad en la diversidad, es lo que da a la identidad europea su originalidad y su dinamismo propio.  Bien puede decirse que constituye Suiza un microcosmos europeo, una pluralidad de etnias, lenguas, costumbres y creencias religiosas que ha encontrado su unidad superior, no sólo en el interés común de cantores y poblaciones, sino sobre todo en la aceptación de ciertos principios que informan la estructura unitaria de la Confederación, por encima de las legítimas diversidades geográficas y culturales. Porque la diversidad no es contradictoria, sino enriquecedora, cuando se integra y se potencia en una síntesis superior basada en principios e ideales, que en el caso de Suiza no son otros que los que informan a la civilización occidental: el imperio de la ley, la defensa de los derechos humanos y la búsqueda de la justicia.

Esta síntesis creadora debe ser a la vez producto de una maduración histórica y de un acto positivo de voluntad política. Históricamente los suizos habéis sabido defender con heroísmo vuestras libertades y cimentar vuestra unidad en modos de vida libremente elegidos. A través de largas y difíciles luchas se templaron vuestras gentes en un espíritu militar que sirvió primeramente a la preservación de la propia independencia, y que formó también cuerpos profesionales que en diversas épocas de la historia se pusieron al servicio de nobles causas e ideales.

Los soldados suizos, de tan justificado renombre por su bravura e innovadora táctica, han servido durante siglos bajo banderas españolas a los Reyes de España en incontables batallas a todo lo ancho de la geografía europea. El testimonio más antiguo lo encontramos en la «Crónica de los Reyes Católicos» de Hernando del Pulgar, quien relata que en el año de 1483 vinieron a servir al Rey y a la Reina gentes naturales del «reino de Suiza». Si tal testimonio es cierto, bien puede decirse que vuestras gentes, señor Presidente, colaboraron en las serranías de Córdoba y Granada para lograr la tan anhelada reunificación de España en los últimos tiempos de la Reconquista. Y no sería éste un hecho único en la historia, pues ya en la época moderna, en otra lucha por la independencia de nuestro país, fue un general suizo, Teodoro de Reding, quien en estrecha colaboración con el general español Castaños consiguió la decisiva victoria de Bailén, batalla de amplias repercusiones europeas y que influyó en el desenlace de las guerras napoleónicas.

Igualmente importante es la contribución de Suiza a la cultura europea. Vuestras antiguas tradiciones universitarias y el importante papel que escritores nacidos en vuestra tierra desempeñaron en las épocas de la ilustración y el romanticismo, reflorecen modernamente en vuestro progreso científico y en el adelanto que han logrado entre vosotros disciplinas como la medicina y la ingeniería. Lo mismo puede decirse en ese campo tan importante de la cultura moderna constituido por los medios informativos, ya que la objetividad y la precisión de la prensa periódica son un elemento fundamental para la formación del espíritu cívico, y en vuestro país se alcanzan en ese aspecto niveles de calidad reconocidos universalmente.

Producto igualmente valioso del cultivo humanístico han sido las iniciativas aquí germinadas, y que hace ya más de un siglo, con la institución de la Cruz Roja, convirtieron a Suiza en un centro de filantropía mundial. Si la historia se ocupase de los actos benéficos, individuales y colectivos, con la misma asiduidad con que relata los hechos de armas, no cabe duda de que en sus páginas habría un amplio capítulo dedicado a la aportación de Suiza para el alivio de los sufrimientos de la humanidad. Creo que en él podríais bien cimentar un legítimo orgullo nacional.

No es un azar, por otra parte, que vuestras ciudades, y particularmente Ginebra, tan rica en tradiciones y cultura, haya sido y sea una verdadera capital internacional, sede de la Sociedad de Naciones y actualmente de importantes órganos de la familia de las Naciones Unidas. El espíritu que os ha llevado a mantener la neutralidad en las contiendas europeas dimana sin duda de vuestro amor a la independencia, pero también de una visión universalista que se proyecta por encima de las fronteras. Se diría que los pensamientos más elevados de Rousseau en su Contrato social y los idílicos sentimientos de amor a la naturaleza que respiran los aires pastorales de vuestros Alpes, se alían en el alma del suizo con el sentido de una sociedad universal igual y libre como aspiración abierta a todos los hombres, por muy lejana que veamos su realización práctica.

Señor Presidente, el universalismo ha sido también inspiración constante en las grandes empresas españolas del pasado. Tanto la expansión aragonesa en el Mediterráneo en el siglo xiii como la epopeya americana en nuestras acciones en el continente europeo estuvieron siempre movidas por la fe en la igualdad y la solidaridad de todos los hombres, y buena prueba de ello son las «Leyes de Indias» en un siglo en que tal normativa parecía inconcebible. En ese alto ideal estamos, pues, hermanados, y ello puede servirnos para comprender que las relaciones entre nuestras dos naciones hayan sido siempre pacíficas y amistosas. Relaciones estrechas en muchos aspectos, y que, con tal carácter se prolongan en la actualidad, tanto en su dimensión estrictamente bilateral como en el entramado de cooperación económica y social que caracteriza a esta nueva Europa que emerge.

Signo de estos tiempos es la importante emigración laboral de España a Suiza, esos cien mil españoles que encuentran aquí acogida y oportunidad para sus legítimas aspiraciones de progreso material, al tiempo que contribuyen con su esfuerzo al progreso del país huésped y a su mantenimiento en la primera línea de las potencias industriales del mundo. El tradicional respeto helvético por la justicia y la hospitalidad, que vuestro pueblo ha brindado siempre al extranjero, se manifiestan y encuentran oportunidad de desarrollarse ante la presencia de esta importante masa de compatriotas nuestros.

La voluntad española se dirige firmemente hacia la intensificación y el fortalecimiento de las relaciones hispano-suizas, tanto para el beneficio mutuo de los dos países como para su contribución conjunta a la concordia europea e internacional. En relación con ese doble aspecto, no puedo menos de resaltar con satisfacción el hecho de que, dentro de pocos días, España pasará a formar parte de la EFTA, Organización a la que ya pertenece la Confederación Helvética. Es de esperar que, como consecuencia de ello, el comercio hispano-suizo, y en general nuestra cooperación económica, conozcan un nuevo y sustancial incremento. Paralelamente esperamos que puedan intensificarse las relaciones culturales y los intercambios de todo orden entre nuestras poblaciones, facilitados por los modernos medios de comunicación y por el constante aumento en los niveles de vida.

En el orden multilateral nos encontramos juntos, no solamente en la EFTA, en el Consejo de Europa y en la OCDE, sino también en la Conferencia Europea de Seguridad y Cooperación, que celebraría en Madrid en 1980 su segunda reunión de las previstas como continuación de la Conferencia de Helsinki. Mucho esperamos de la contribución suiza en estos foros internacionales a los que España está ya dedicando y dedicará su mayor empeño y esfuerzo, fiel a su renacida vocación europea.

Señor Presidente, señores consejeros: los europeos, y también los demás miembros de la sociedad internacional, nos enfrentamos hoy a ingentes problemas y a apremiantes y peligrosos desafíos. Pero nuestro ánimo está y debe estar a la altura suficiente para encontrar las soluciones y perseguirlas sin desfallecimiento. No nos faltan ejemplos en la historia que nos sirvan de inspiración ni modelos cuya aplicación perseverante nos lleve al éxito, del que no dudamos. La solidaridad en la defensa de los valores humanos, de la justicia y de la libertad, es la clave de la solución de aquellos problemas, que los pueblos esperan, y tienen derecho a esperar de sus gobernantes. Yo quiero expresar aquí mi confianza, y también mi convicción, de que el estrechamiento de las relaciones entre Suiza y España será un elemento importante para esa solidaridad, que hoy no acepta alternativas posibles. Recuerdo la sabia advertencia que en una de sus cartas daba el duque de Alba al Rey Felipe II al decirle:

«Mi leal consejo es que jamás nadie pueda decir que España haya tenido diferencia alguna con los suizos». En las circunstancias de hoy yo añadiría: «Que se pueda decir que los suizos y los españoles, animados de un mismo propósito, están decididos a colaborar en la defensa de los ideales comunes».

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