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Palabras de Su Majestad el Rey a los Emperadores del Japón Hirohito y Nagako y al pueblo japonés

Japón(Tokio), 28.10.1980

M

ajestad, hemos recibido con alegría esta nueva invitación de Vuestra Majestad para visitar el Japón.

Aún recordamos la Reina Sofía y yo la cálida acogida de que fuimos objeto por parte de Vuestras Majestades Imperiales, del Príncipe Heredero, de la Princesa Michiko y de vuestro Gobierno en las dos ocasiones anteriores que estuvimos en este país, primero en 1962 y, luego, diez años más tarde.

Aquellos momentos tan agradables se conservan vivos en nuestra memoria. Ahora, al volver a Japón, como Rey de España, acompañado de la Reina, es mi deseo que esta nueva visita contribuya a fortalecer aún más los vínculos de buena amistad y comprensión entre España y Japón.

La gran distancia geográfica entre nuestros dos países, no constituye, hoy, un obstáculo para nuestro mutuo conocimiento ni para la intensidad en las relaciones entre nuestros dos pueblos. Las rutas del cielo recientemente abiertas entre nuestros países contribuirán a reforzarlos.

La historia de España muestra bien la presencia de los españoles en los lugares más alejados de su patria. Viajaron por todo el mundo con ánimo de comunicar a los demás pueblos noticias de su cultura y de sus ideales.

Así, desde mediados del siglo xvi en que llegó a Japón Francisco Javier, el esforzado misionero español, muchos otros compatriotas le han seguido hasta hoy, todos con el deseo de conocer vuestras formas de vida, absorber los elementos culturales japoneses y dar a conocer los nuestros.

Es muy probable que gracias a este intercambio hayamos aproximado geográficamente nuestros países y, lo que es más importante, los hayamos acercado espiritualmente.

Importante tarea es, Majestad, enseñar a las generaciones futuras los amplios horizontes de los valores comunes de las viejas civilizaciones.

Conocemos los españoles los valores profundos que yacen en la historia de Japón: la importancia de la estructura familiar, la significación del culto a la tradición y el respeto a los mayores y la exaltación de estos valores en la institución ancestral que representáis. Admiramos el sentido que tiene la solidaridad y lealtad en las relaciones humanas: la voluntaria aceptación de la disciplina y responsabilidad entre el individuo y la comunidad y su reflejo en las relaciones de trabajo en la agricultura o bien en la industria.

De la misma forma, nos impresiona el sentido moral de la vida japonesa y el espíritu de caballerosidad que encierran sus normas fundamentales de vida y que se encarnan en el bushido que guarda un paralelismo con los principios de hidalguía de los españoles.

Contemplamos también cómo Japón, sin abdicar de las añejas tradiciones y del sentido de la vida milenario que impregna su cultura, muestra una admirable voluntad por conocer otras filosofías y actitudes frente a la vida. Todo ello con un sentido pragmático y un talante liberal muy lejano del dogmatismo rígido y excluyente.

Son muchas las similitudes entre estos valores y los que inspiran la historia y el presente de mi país.

El Japón actual ha encajado su vida política en un marco de democracia y pluralismo, y Vuestra Majestad ha sido, y es, el eslabón que ha dado continuidad al proceso histórico japonés y viabilidad a los pasos que han conducido este país a su envidiable vitalidad interior y a su plenitud internacional.

Majestad, en un mundo como el actual resulta esperanzador poder afirmar que España y Japón comparten hoy el mismo deseo de paz y de justicia.A su consecución las actuales generaciones de españoles y japoneses consagran hoy todo su anhelo y empeño, y puedo aseguraros que el Rey de España no regateará jamás su mejor esfuerzo a esta causa.

Permitidme, para terminar, formular mis votos más sinceros por vuestra ventura personal, la de la Emperatriz, y por la amplia y sincera amistad entre España y Japón.

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