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Palabras de Su Majestad el Rey en la entrega del Premio Cervantes a Dámaso Alonso

Madrid(Alcalá de Henares), 23.04.1979

U

na vez más, este noble paraninfo de Alcalá sirve de adecuado marco a la entrega del premio Miguel de Cervantes, coincidiendo este acto académico con la conmemoración del fallecimiento del insigne autor del «Quijote».

El premio Miguel de Cervantes, que el Ministerio de Cultura ha sabido prestigiar con tanto acierto, ha seguido desde su creación una brillante trayectoria, incrementada precisamente por la significación e importancia de los autores que lo han obtenido.

A Jorge Guillén y a Alejo Carpentier viene a sumarse, en la ocasión presente, ese gran maestro de maestros, poeta, lingüista y crítico literario que es Dámaso Alonso, director de la Real Academia Española.

Difícilmente podría encontrarse en el panorama de las letras españolas de nuestros días una personalidad en la que con más merecimientos se condensara esa auténtica vocación integradora de lo europeo y americano, con expresión inconfundible de la españolidad -a la vez rebelde y llena de ternura- que siempre ha distinguido a don Dámaso.

Por eso, de modo especial, nos complace poder expresar hoy nuestra más sincera felicitación personal a quien desde su inconfundible sencillez y su profunda humanidad, se presenta ante nosotros, con una ingente y positiva labor en su haber desarrollada a lo largo de más de sesenta años de trabajo infatigable en la investigación y en la cátedra.

Su gran capacidad de convocatoria y el cariño que se le profesa son bien patentes y así lo demuestra la distinguida representación de los ámbitos académicos, culturales y universitarios, muchos de cuyos miembros, aquí presentes, se honran en considerarse sus discípulos.

Despertar la vocación por la cultura y la investigación entre la juventud española, de forma que se lance con ímpetu e imaginación a la búsqueda de numerosas formas expresivas, como en su día lo hiciera esa admirable Generación del 27, en la que Dámaso Alonso se inscribe, es, sin duda, la respuesta firme e ilusionada a una sociedad cuyos valores culturales y éticos se hallan en crisis.

En ese gran quehacer está empeñado el Ministerio de Cultura. Pero ese gran quehacer debe ser también el propósito fundamental que todos hemos de alentar.

Y hacemos votos para que se lleve a la práctica, en la seguridad de que, superando esa crisis actual, renacerá la fuerza creadora de nuestro pueblo, que va a mantener la realidad de un futuro de convivencia en paz y libertad.

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