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Palabras de Su Majestad el Rey a la Reina Juliana de los Países Bajos y al pueblo neerlandés

Holanda(Amsterdam), 19.03.1980

M

ajestad, mi gratitud honda, de corazón, por vuestras generosas palabras. Sean las mías primeras de homenaje a vuestra persona y a la ejemplar trayectoria que, como Reina de los Países Bajos, vais a cerrar próximamente por propia voluntad.

Decana de los soberanos europeos, habéis sabido ganaros, a lo largo de vuestro Reinado, el afecto entrañable de todos los holandeses y el respeto y aprecio internacionales.

Son treinta y dos años de ejecutoria admirable que se identifican con el brioso resurgir de vuestro pueblo, desde la ruina y cenizas de la postguerra hasta la plenitud brillante de una recuperación y prosperidad que entronca con la mejor historia de este país.

Majestad, desde los erasmistas españoles, allá en los fulgores del Renacimiento, hasta la espléndida floración de los estudios hispánicos en vuestras universidades del tiempo presente, se tiende el arco de una larga y contradictoria relación.

Recientemente se conmemoró el cuarto centenario de la Unión de Utrecht, cimiento de la Holanda moderna. Dentro de doce años se cumplirá el quinto centenario de la conquista de Granada, arranque de la España moderna. Han vivido España y Holanda cuatro siglos polémicos, iniciados por un enfrentamiento político, militar y económico, al que siguió una etapa de indiferencia y, sin embargo, no todo ha sido contradicción o ignorancia mutua en este proceso. Yo quisiera, por el contrario, recordar ahora la simetría, los paralelismos de orden formal, de nuestros respectivos avatares históricos. Porque hemos de construir nuestro futuro en un sentido de convergencia y no de discrepancia.

En esos cuatro siglos, en efecto, se dan aquí y en España procesos idénticos. Los hechos nacionales español y holandés se establecen en torno a la conciencia de unidad en la diversidad y a la necesidad de afirmarse frente al exterior.

Un superávit de energía histórica desborda sobre todos los campos del quehacer humano, desde el pensamiento y el arte hasta la guerra.

España y Holanda ejercen sucesivamente la hegemonía naval y el protagonismo histórico por su sentido universal y su vocación marítima. Llegamos después a la inflexión de nuestra curva histórica y más tarde al aislamiento, a la neutralidad, y a la comprensión de que, habiendo tocado fondo los nacionalismos, se hacía imperativa la integración en unidades mayores de acción histórica.

Hemos recorrido un largo camino construyendo nuestro ser nacional. Mañana, en la hermosa iglesia de Delft, el Rey de España ofrecerá su homenaje de respeto a la figura que encarna como ninguna esa esencia holandesa, al constructor de la gran patria holandesa, Guillermo de Orange.

Vuestra presencia en ese acto, Majestad, me llena de profundo gozo y sella así, de modo inequívoco, el alto valor simbólico de la ceremonia.

Majestad, si existen en Europa dos pueblos que, a la voluntad de preservar la propia identidad y al orgullo de la personalidad diferencial, unen la conciencia de pertenecer a un todo supranacional, esos son el español y el holandés. En los sillares de la unidad europea -su Consejo, la CEE- estabais desde hace años. A ellos accede hoy España, una vez alcanzada esa democracia parlamentaria y pluralista que, sobre las diferencias de estructura o contenido, constituye la síntesis formal de los pueblos de occidente y del afán de libertad que ha sido perenne latido del alma europea.

España es y quiere ser europea, porque la europeidad es dimensión radical de su ser y su ausencia, mutilación de la cultura europea. De una cultura viva, acervo riquísimo de creencias, ideas, valores, hábitos y formas de vida, que cada pueblo ha moldeado en razón de su peculiar modo de ser y existir, de su propio e intransferible estilo.

Y si la variable española de esa cultura se ha singularizado quizás por el carácter integrador, de síntesis, -con lo africano y lo oriental, con lo indoamericano- que la geografía y la historia le han impuesto, no por ello su raíz y su razón última son menos europeas.

Como los Países Bajos, España ha dado al fondo común algunas de sus creaciones espirituales más altas y valiosas. Ambos, lo holandés y lo español, no son sino quiebros de luz de un mismo y unitario destello.

Europa necesita hoy más que nunca de todos los pueblos que están en su origen. Una Europa que postule la paz universal a través del diálogo, la distensión y el desarme; que garantice la igualdad, sin privilegios ni preeminencias entre sus Estados y entre empresas y sindicatos y trabajadores de un país y de otro; que sea solidaria y justa con sus regiones más deprimidas, dentro de sí, y con los pueblos del Tercer Mundo, hacia afuera, en la línea realmente admirable con que los Países Bajos impulsan hoy su cooperación al desarrollo; una Europa, en fin, donde los derechos humanos desempeñen una función central y civilizadora.

Esta es la idea española de Europa. Y a una Europa así concebida quieren llegar los españoles, con la clara conciencia y la sostenida voluntad de que pueden aportar más, quizás, de cuanto pueden recibir; de que deben contribuir a la unidad europea con su personal modo de ser y existir, con sus virtudes propias y también con sus defectos.

Pero Europa es, además de idea, aventura. Y toda aventura demanda pasión, entusiasmo.

Yo pienso en los jóvenes, en esos jóvenes cuya insatisfacción es un bordoneo que penetra la última década de la vida europea. En los jóvenes que constituyen la reserva más valiosa con que un pueblo o un conjunto de ellos puede contar y cuya integración resulta imperativa en cualquier empresa de elevado alcance. Y pienso en ellos en esta hora en que se insinúa un cierto debilitamiento en la temperatura europeísta, tan alta y prometedora en los dramáticos años de la postguerra y la reconstrucción de este continente.

Si fuéramos a buscar la esencia de Europa, nos toparíamos ineludiblemente con la libertad.

La libertad que está ya hincada, como contradicción originaria, en el origen mismo de la sociedad europea y que late como una vena profunda a todo lo largo de su vida.

La libertad externa de que hoy nos enorgullecemos, y la libertad interior, espiritual, que hizo posible.

La libertad del pensamiento y del alma que hizo crisis en la figura simbólica de Galileo y que es libertad creadora o creatividad libre y liberadora.

Por ella, por esa libertad y esa creatividad, ha sido Europa como un cometa fulgurante sobre el cielo inmóvil de las otras culturas y civilizaciones.

Majestad, con la esperanza en esta libertad creadora, médula de la Europa que nos ha hecho y que debemos hacer, levanto mi copa por vuestra ventura personal, por la de Su Alteza Real el Príncipe de los Países Bajos, por la Familia Real y por la prosperidad y bienestar del pueblo holandés.

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