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Palabras de Su Majestad el Rey en la recepción al Cuerpo Diplomático

Palacio Real de Madrid, 16.01.1979

A

gradezco muy sinceramente las palabras que acabáis de pronunciar y la felicitación que en nombre propio y del Cuerpo Diplomático acreditado en Madrid me habéis dirigido con motivo del comienzo del año nuevo.

A ellas correspondo con mis mejores deseos de paz, felicidad y de concordia para los países que aquí tan dignamente están representados.

Precisamente el preámbulo de la Constitución aprobada por el pueblo español y sancionada por mí el pasado 27 de diciembre, declara que la nación española, en uso de su soberanía, proclama su voluntad de «colaborar en el fortalecimiento de unas relaciones pacíficas y de eficaz cooperación entre todos los pueblos de la tierra».

Son pues, palabras de paz, que expresan nuestras convicciones, porque entendemos que los problemas humanos no deben ser tratados y resueltos por la violencia. Porque pensamos que los conflictos internacionales han de solucionarse por negociaciones razonables y no por la fuerza.

Queremos proyectar estas convicciones y estos principios de paz en un mundo interdependiente y en proceso de transformación, actuando sobre dos ejes básicos: el convencimiento de que el cambio puede ser posible a través de medios políticos, ya que los problemas pueden y deben ser planteados y resueltos políticamente. La seguridad de que el orden político y la paz social no pueden tener otros fundamentos que la dignidad de la persona humana y el respeto de los derechos inviolables que le son adherentes, fin y justificación última de toda acción política.

España se siente atraída por el ideal de la paz. Un ideal que no es una mera palabra vacía, sino expresión de la suprema aspiración de toda la humanidad a través de la historia; un ideal cuyo contenido fundamos en la verdad, la libertad y la justicia; un ideal que consideramos alcanzable a través de la negociación y la cooperación internacionales, por encima de los intentos desestabilizadores de grupos que sólo tienen por objetivo la violencia, tanto en España como en otros países del mundo.

Hoy más que nunca, por la gravedad y la complejidad de los problemas que aquejan al mundo, la paz es una necesidad en la que se cifran y simbolizan las esperanzas de millones de seres humanos que aspiran a conseguir un mundo más justo, más libre y más perfecto.

España tiene palabras de paz, convicciones de paz y gestos de paz. No dudemos en fundar en la paz, nuestra esperanza, con la seguridad de que nuestro esfuerzo dará siempre frutos positivos.

Pero no bastan las palabras de paz; no son suficientes las convicciones, los gestos y los deseos.

Es preciso también estudiar con urgencia los medios para lograr nuestros propósitos, partiendo de la paz interior de cada hombre, de la paz interior de cada pueblo, de cada nación, para que pueda ser proyectada en esferas cada vez más amplias; para que los organismos internacionales aumenten progresivamente su eficacia; para que la triste realidad presente se convierta cuanto antes en otra realidad mejor.

Este anhelo reclama y exige nuestra acción decidida y solidaria, y se basa en la creencia profunda de que la paz -que será la última palabra de la historia-, ha de ser obra nuestra y depende de nosotros, de nuestra sinceridad en el compromiso de crear las condiciones y los presupuestos para obtenerla y consolidarla.

Con esta esperanza que estoy seguro todos compartimos, os ruego señores Embajadores, transmitáis mis mejores deseos a vuestros respectivos Jefes de Estado, así como los del pueblo español para el bienestar y la convivencia pacífica entre las naciones de todo el mundo.

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