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Palabras de Su Majestad el Rey a la milicia al imponer las fajas de Estado Mayor

Madrid, 27.02.1980

M

i felicitación muy sincera y cordial para los nuevos diplomados de Estado Mayor, extensiva a sus familias, que sin duda han compartido en buena medida los sacrificios de la preparación y comparten ahora la alegría de la meta alcanzada.

De una forma muy especial quiero felicitar también a nuestros compañeros de ejércitos extranjeros que han cursado aquí sus estudios de Estado Mayor.

A los profesores y mandos de esta prestigiosa Escuela, mi enhorabuena, en fin, por haber culminado con eficacia la formación de otra promoción de diplomados.

En estos momentos solemnes en que se os acredita como tales, al recibir vuestras fajas y diplomas, quisiera que -brevemente- reflexionáramos juntos sobre la misión que se abre ante vosotros, recordando así las enseñanzas que habéis recibido en este Centro.

Sois un servicio del mando y os corresponde ayudar al mismo con absoluta lealtad y subordinación estricta, identificándoos plenamente con él en el momento de la decisión.

Vuestra tarea ha de ser permanente y debe dedicarse sin descanso a todo cuanto se encamine a facilitar el cumplimiento de la misión de las tropas, verdadera y suprema razón de ser del Estado Mayor. Nunca un Servicio se justifica por su propia existencia, sino precisamente por la necesidad que de su apoyo tienen las Unidades para vivir, combatir y descansar.

Constituís en este sentido la gran ayuda del Mando y los intérpretes de sus decisiones, con esa finalidad primordial de facilitar a las unidades los medios y ayudas de todo orden, necesarias para que las decisiones se cumplan.

En servir está vuestra verdadera obligación y también vuestra grandeza. El buen diplomado de Estado Mayor ha de conocer y ejercitar mejor los deberes que los derechos.

Posiblemente sentiréis en alguna ocasión la tentación del protagonismo. Pero desechadla inmediatamente. Porque en el Estado Mayor la principal cualidad es el trabajo anónimo, puntual y eficaz, dentro de un equipo en el que la colaboración, la armonía y el intercambio sincero de puntos de vista, inspire siempre a esa actuación que constituye vuestro cometido y que ha de redundar en la obtención del éxito.

Como en tantos aspectos de la vida, en lo político, en lo social, en lo religioso, es preciso que en la milicia no olvidemos jamás nuestros fines, sin caer en el error de considerar como fin lo que constituye tan sólo un medio para servir intereses más elevados, propósitos más amplios, planes más generales, más permanentes y más trascendentales.

Mucha es la influencia que la técnica y los armamentos tienen actualmente en el combate.

Ambiciosa y perfectible ha de ser la formación profesional para obtener el mayor rendimiento a los sofisticados y modernos materiales.

Podemos, incluso, afirmar que un militar sin cultura, sin una preparación profunda, aunque reúna condiciones distinguidas de valor, cuenta poco hoy en día, tanto en la paz -durante la que hemos de prepararnos profesionalmente para merecer la confianza que la patria deposita en nosotros-, como en la guerra, cuando es preciso demostrar que aquella confianza fue depositada en buenas manos.

Pero, sin ocultar el valor preponderante que tienen la técnica, los materiales y la preparación profesional, sabemos muy bien -y no es ni necesario recordarlo- que por encima de todo está el hombre, por cuya vida hemos de velar constantemente, por cuya capacidad en el combate debemos preocuparnos día a día, minuto a minuto, para que ese legendario soldado español siga siendo respetado en el mundo.

Por ello es preciso no olvidar que el ejército, a quien desde un servicio tan fundamental vais a seguir entregados, es ante todo un conjunto de hombres, de compatriotas, a quienes han de inculcarse las virtudes militares, poniendo por encima de todo el amor a la patria y el honor de servirla, como el más destacado de los privilegios.

En esa tarea que os corresponde al servicio del Ejército, de España y de sus hombres os deseo los mayores aciertos, a la vez que reitero a todos la sincera felicitación con que comencé mis palabras.

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