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Palabras de Su Majestad el Rey al Presidente de la República de Italia Alessandro Pertini y al pueblo italiano

Madrid, 26.05.1980

S

eñor Presidente, con gran satisfacción y alegría la Reina y yo os damos la más cordial bienvenida a esta ciudad, lugar histórico de encuentro de todos los pueblos de España.

Esta casa que hoy nos acoge es la obra de un inspirado arquitecto italiano y muchos de sus muros y techos también están ennoblecidos por la gracia creadora de grandes artistas de vuestra tierra.

El marco es así el más propicio para recibir al primer Presidente de la República italiana que visita oficialmente España, y yo mismo al recibiros, como nacido en Roma, puedo evocar el recuerdo y la nostalgia de la ciudad donde residís, la urbe y capital por excelencia.

Señor Presidente, en mis años infantiles de Roma nunca me sentí extranjero en Italia. Mi deseo hoy es que vuestra excelencia se sienta tan bien como en casa al recorrer las muy diversas, pero siempre bellas, tierras de España.

Entre nuestros dos pueblos lo difícil es encontrar diferencias.

La historia común, la cultura única, el mar que nos une y los múltiples lazos de sangre han entretejido unas fisonomías tan paralelas que con frecuencia se confunden.

La historia de España arranca verdaderamente como parte del imperio de Roma, y la historia de Italia no puede entenderse sin la presencia española, ya sea en el sur desde el medievo, ya sea en la Lombardía desde los tiempos de Carlos V. Mi propia familia es un ejemplo de esa realidad viva que siempre fue la hermandad entre dos pueblos peninsulares, ligados por un común destino.

Ambos somos parte de Europa y está sin nosotros no tendría sentido.

El derecho, la sensibilidad creadora, la espiritualidad y un sentido artístico siempre renovador son aportaciones comunes heredadas de Grecia, cristalizadas por Roma y expandidas por España.

Lo trascendente ahora no es establecer el censo minucioso de la contribución de cada uno, sino contemplar la certeza definitiva de que el mundo occidental que defendemos no hubiera sido lo que es sin la colaboración preciosa de los pueblos que hoy aquí, de algún modo, simbolizamos.

España se mira por ello reconfortada en Italia, confiando en que juntas, una vez más, pueden ciertamente aportar una voz renovada en el gran concierto de todos los pueblos europeos. La luz que tantas veces inspiró a nuestros pintores puede aún iluminar en común la acción de nuestros estadistas y hombres políticos.

Inmersos en el seno de una gigantesca crisis de crecimiento universal, necesitamos nuevas ideas y nuevos proyectos sugestivos que vuelvan a despertar en el hombre de hoy la invención creadora de los grandes senadores de Roma, de los nobles pensadores cristianos, del genio latino renacentista o de los navegantes y conquistadores creadores de un nuevo mundo.

El profundo sentido del respeto del hombre y de su libertad, tradicional en nuestra cultura, debe ser capaz de engendrar formas de vida más justas, solidaridad humana más profunda, sentido de seguridad más amplio y, como consecuencia, una mayor y definitiva paz social e internacional.

Señor Presidente, vos representáis personalmente esos valores; vuestra historia es la de un hombre comprometido con la libertad; vuestro ejemplo es, por ello, una razón de optimismo al servicio de nuestros pueblos hermanos.

Todo ello quiere decir que nuestra amistad no es de hoy y que, tan bien fundida como está, será constante en el futuro.

No son ciertamente éstos los días de Trajano ni los de Alfonso el Magnánimo, o de Carlos III, por citar tres españoles que hicieron historia en Italia. Lo que en otro tiempo fue un camino histórico gemelo, como un surco trazado en el campo europeo por un arado común, se ha convertido hoy día en dos caminos nacionales seguidos por Italia y por España conscientes de su pasado y de su papel imprescindible en la Europa actual.

Precisamente los momentos cumbres de nuestras historias respectivas, que coinciden además con aquella de nuestra más íntima unión, las épocas del imperio romano y del imperio español, están impregnados de un signo de unidad europea.

Con justicia, pues, debe corresponder a nuestros países, un día, aportar ese espíritu, esa enseñanza espiritual, a la vez que la valiosa contribución material y moderna que estamos en condiciones de ofrecer para un futuro más próspero, más justo y más fraterno, en este continente que en su día contribuimos a configurar.

Por supuesto, la colaboración creadora hispano-italiana no se contrae al continente al que ambos países pertenecemos. Pueblos de dimensión universal como los nuestros también mezclan su actividad irradiadora de cultura y civilización en el ámbito común del mar que, alternativamente, fue romano o aragonés, y en las lejanas tierras de América romanizadas por España un día.

Igual que la historia nos une en el común esfuerzo de antaño, pienso que el sentido de la responsabilidad del futuro nos llama a una nueva concertación que haga posible en el Mediterráneo la instauración de un sistema original, amistoso, seguro y pacífico, y en el nuevo continente la floración constante de la esencia de nuestra cultura al servicio de la libertad del hombre, a la par que favorezca una relación privilegiada con el mundo europeo, cuyo pensamiento y modo de ser está enraizado en la esencia final de aquellos pueblos.

Con esos sentimientos levanto ahora mi copa, para augurar a la nación italiana un futuro reflejo de su glorioso pasado, a las relaciones entre los dos pueblos, al desarrollo debido a su comunidad de pensamiento, y por la ventura personal del Presidente de la República, cuya amistad tanto nos honra.

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