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Palabras de Su Majestad el Rey al Presidente de Tunez Habib Bourguiba y al pueblo tunecino

Túnez, 17.11.1983

S

eñor Presidente, no es ésta, como Su Excelencia bien sabe, la primera vez que tengo la satisfacción de pisar esta bella tierra tunecina. Aquí estuve en septiembre de 1967, con motivo de la celebración de los V Juegos Mediterráneos. Guardo de aquellos días y de la cordial y afectuosa acogida que entonces me dispensasteis un vivo recuerdo.

Desde entonces he querido volver y hoy me es muy grato poder hacerlo junto con la Reina.

No es ésta tampoco la primera vez que un Rey de España viene a Túnez. La historia tiene escritas páginas brillantes de españoles y de tunecinos cuando el Mediterráneo era ya en los siglos xvi y xvii, escenario de enfrentamientos y de luchas entre las grandes potencias de la época.

Antes de aquellos tiempos, en las postrimerías del siglo xiii, Pedro III, rey de la Corona de Aragón, que tantas y tan estrechas relaciones mantuvo desde tiempos de Jaime I con el reino de Ifriquía, se detenía en Túnez camino de Sicilia. Y siglos después, un mes de noviembre de 1927, mi augusto abuelo el Rey don Alfonso XIII visitaba la ciudad de Bizerta, aprovechando una escala en este puerto del crucero «Príncipe Alfonso».

Pero no son estos episodios históricos o estas visitas reales los que han marcado más profunda y permanentemente las relaciones entre nuestros pueblos. Cartago y Cartagena, Amílcar Barca y Aníbal son ciudades y personajes que han configurado una historia que nos es común, una historia hecha por cartagineses y por íberos, que más tarde serían tunecinos y españoles.

La civilización arábigo-andaluza, que hemos compartido durante tantos siglos, ha creado entre nosotros vínculos imperecederos.

Hemos traído y hemos recibido de vosotros conocimientos y cultura. Nos hemos transmitido mutuamente provechosas experiencias y juntos hemos contribuido a enriquecer el saber del hombre, su dignidad y su libertad. Han crecido así nuestra amistad y nuestro afecto.

No es por eso extraña nuestra tierra, ni para vuestra excelencia ni para vuestro pueblo.

Y no es tampoco extraña para mí y para los españoles esta noble y culta tierra tunecina.

No lo fue para nuestro fray Turmeda-Abdallah al Taryuman, mallorquín convertido al Islam, enterrado a la sombra de la Medina.

Tampoco fue nuestra patria extraña para el tunecino de origen sevillano Ibn Jaldun, el gran filósofo de la historia, que fue embajador del Rey de Granada en la corte del rey castellano Pedro I.

Con todo, tal vez el hecho más significativo de nuestro pasado histórico, y ello por sus connotaciones humanas, sea la acogida generosa que el sultán Otmán Bey y el pueblo tunecino tributaron a los moriscos españoles a principios del siglo XVII.

Cerca de cien mil hispanoárabes, de religión musulmana, encontraron entonces aquí refugio y hogar. Aportaron su cultura y nuevas técnicas industriales y agrícolas, y recibieron, a cambio, una nueva patria, la que les había sido negada por las intransigencias religiosas de la época.

Son muchos, en efecto, señor Presidente, los lazos que nos unen.

Por todo ello, las relaciones de fraternal amistad de España con los pueblos árabes han tenido que ser, han sido y son un factor determinante en nuestra política, una constante inalterable en nuestros objetivos diplomáticos, no susceptibles, en ningún caso, de condicionamientos o de interpretación alguna.

De ahí que España contemple dolorida y con preocupación creciente el desarrollo de la situación en el oriente medio.

La paz llegará sólo cuando se respeten los derechos legítimos de todos los Estados de la zona, sin excepción alguna, en el marco de fronteras seguras garantizadas por la comunidad internacional.

España se ha manifestado siempre a favor de una solución pacífica, global, justa y duradera de los problemas que afectan al oriente medio y ha apoyado y continúa apoyando el derecho del pueblo palestino al ejercicio de su legítimo derecho de autodeterminación, de acuerdo con las normas del derecho internacional, que Túnez y también España han defendido ardientemente.

España, señor Presidente, como país europeo que tiene solicitada su integración en las Comunidades Europeas de Bruselas, será siempre una puerta abierta para los países norteafricanos y nunca un obstáculo para el desarrollo de sus relaciones comerciales.

Hay soluciones técnicas para los problemas que pudieran presentarse, en el marco de una política mediterránea de la comunidad que mi país quiere equilibrada y generosa.

Si cada año que pasa son más amplios nuestros intercambios y más estrecha nuestra colaboración en todos los campos, no tienen por qué ser menos ambiciosos, sino todo lo contrario, estos objetivos, cuando la economía española se integre en la comunitaria y los flujos beneficiosos de la integración repercutan también en nuestras relaciones bilaterales.

Pero su pertenencia europea no impedirá que España, como lo ha hecho desde la Conferencia Norte-Sur de París hasta la última Cumbre del Movimiento de No Alineados en Nueva Delhi, siga defendiendo los esfuerzos de los países en vías de desarrollo dirigidos a una distribución más equitativa de los recursos, dentro de un nuevo orden económico internacional.

Han sido muchos los esfuerzos de los países del Magreb para configurar su unidad desde la Conferencia de Tánger de 1958.

España se ha manifestado siempre a favor de un Magreb fuerte y solidario, un Magreb estable y amigo como garantía de la paz y de la seguridad en el Mediterráneo, nuestro mar, teatro, por desgracia demasiado a menudo, de agresiones y violencias.

A unas mejores y más intensas relaciones entre los países del Magreb deben corresponder también, completándose, unas más fructíferas y renovadas relaciones entre la Europa occidental y estas costas norteafricanas.

Todo nos empuja a ello. Nos une la geografía, la historia y la cultura; y un mismo mar baña nuestras costas. Construyamos sobre esta base, sobre nuestra común civilización, un futuro próspero, digno y libre para nuestros pueblos.

Se trata, para nosotros, señor Presidente, de un desafío que debemos recoger para ofrecerlo a las nuevas generaciones como prueba de nuestra visión acertada del futuro.

La historia -dijo Ibn Jaldum- es un diálogo entre el pasado y el presente en el que este último toma y conserva la iniciativa.

Señor Presidente, vuestra personalidad y sabio juicio han estado desde vuestros años jóvenes al servicio del pueblo tunecino, para el que habéis sabido recuperar su identidad nacional y su libertad. El, a cambio, os ha ofrecido_indeleble- su amor y lealtad.

Túnez, sede de la Liga Arabe, es hoy un país que goza de reconocido prestigio en los foros internacionales y vuestra voz es escuchada y solicitada por todos para compromisos y mediaciones.

Con mi homenaje de respeto y de admiración, levanto mi vaso para desearos a Vuestra Excelencia muchos años de vida, y a vuestro pueblo felicidad y bienestar.

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