Omitir los comandos de cinta
Saltar al contenido principal
ACTIVITATS I AGENDA
  • Escuchar
  • Imprimir la página
  • Enviar a un amigo
  • Suscribirse al RSS de la página
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en Twitter
  • Compartir en Linkedin
  • Compartir en Google+

Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad académica al ser investido doctor "honoris causa" por la Universidad de Sao Paulo

Brasil(Sao Paulo), 19.05.1983

S

eñor rector de la Universidad de Sao Paulo, autoridades académicas, señores profesores, señoras y señores, el honor que me deparáis con la investidura como Doctor honoris causa por esta prestigiosísima Universidad de Sao Paulo, tiene para mí un profundo significado y constituye una satisfacción especialísima por cuanto rebasa el marco normal de la distinción de que se me hace objeto.

Se hace preciso en este orden de ideas una explicación sobre el sentimiento de que os hablo.

En el mes de noviembre de 1978, con motivo de un discurso pronunciado en la Universidad de San Marcos, de Lima, que me honró con análoga distinción, puse de manifiesto el hondo sentido histórico que se precisa para valorar debidamente la íntima trabazón intelectual y humana que ha unido siempre a las universidades americanas con las españolas.

Señalaba en aquella ocasión que las catorce generaciones genealógicas que nos separan del gran comienzo de la época de los descubrimientos y la colonización de América son en realidad un breve espacio de tiempo histórico.

A pesar de la gran obra realizada, es evidente que la función básica de la vieja idea medieval de la Universitas está abriendo aún nuevos cauces y buscando nuevas fronteras.

En ninguna parte la idea motriz de una universidad en marcha es tan evidente como en América. Y posiblemente sea la Universidad de Sao Paulo uno de los grandes focos intelectuales del continente, con categoría de auténtica pionera en muchas de las enseñanzas que aquí se imparten.

Pero no es sólo la universidad, sino la propia vida intelectual brasileña en su conjunto, la que aporta los valores de una larga tradición cultural propia de este país y, en definitiva, el carácter de renovación que vive hoy el mundo de la cultura y que tan necesitado está de nuevas ideas y experiencias con auténtica validez y dimensión universales.

Al agradecer esta distinción, resumen y compendio de los más altos valores del espíritu de este gran país, quisiera traer a la consideración de todos ustedes que en este mundo de las ideas -tan lejos de los intereses meramente políticos o de las exigencias inmediatas que plantean las relaciones internacionales- existen algunos conceptos fuertemente sentidos en mi país que pueden alumbrar nobles expectativas en la evolución de la propia idea de la universidad en nuestros pueblos.

La cultura ibérica ha aportado muchos valores al mundo, no sólo al occidental.

La dimensión ecuménica de nuestra cultura y de sus modos de actuación y difusión forma parte ya de un patrimonio común de la humanidad. Y es curioso comprobar cómo en el origen de aquella gran aportación hemos caminado estrechamente y de la mano durante los últimos siglos.

Señor rector, autoridades académicas, el elemento diferencial más importante en cualquier proceso histórico-cultural, suele venir dado por la lengua. El idioma es la sangre de nuestra cultura, como decía aquel insigne gramático andaluz del siglo xv, Antonio de Nebrija.

En el caso de Brasil, de Portugal, de las vecinas naciones hermanas de este gran continente y de la propia España, el elemento diferencial al que aludo no existe realmente.

Por el contrario, se pierde en un tronco común.

El señorío de vuestra noble lengua portuguesa viene fundido históricamente en el crisol común de las lenguas romances peninsulares. Incluso desde un punto de vista cronológico, el primer gran paso del latín vulgar a la nueva lengua, lo da la lírica galaico-portuguesa.

Brasil heredó los valores de aquel gran vehículo de difusión cultural, que enriquece día a día en las aulas y fuera de ellas.

El avance del idioma, las nuevas experimentaciones en el campo de la semántica, el hallazgo de nuevos vocablos y la necesidad de encajar nuevos conceptos tecnológicos y científicos en términos de nuevo cuño, son la savia de la lengua.

Se dijo, sin razón alguna, que los pueblos ibéricos, nuestros pueblos, habían estado dotados para el cultivo -siempre brillante- de las humanidades y de las artes, pero que adolecen de ciertas condiciones básicas para afrontar con igual habilidad el mundo científico, de la experimentación y de la práctica. Esto, que siempre fue una verdad a medias, es hoy totalmente falso.

Incluso en los albores de la presencia de la civilización europea en este continente, hubo algunas especialidades científicas como la astronomía, la cartografía y la náutica en que la contribución de nuestros pueblos fue no ya general, sino trascendente y casi monopolizadora. La épica de aquellos siglos, de la que Camoens fue el gran intérprete, no se comprende sin el obligado tributo a nuestra ciencia de entonces.

Ello no ha desmerecido nunca aquel viejo respeto por las humanidades, ni el prodigioso cultivo de las mismas.

Incluso hoy, en la marcha necesaria hacia un nuevo espíritu humanístico, los países de nuestra estirpe tienen mucho que decir y que aportar al gran caudal común.

El proceso reversivo del discurso crítico-científico que presenciamos en nuestras sociedades actuales sólo puede ser válido tratando de obtener la síntesis total, la dimensión única del hombre en el mundo, a la que aspiraron las grandes inteligencias renacentistas de los siglos XV y XVI.

La crisis de valores, la búsqueda de nuevos caminos, la necesidad de fundar un nuevo orden internacional que aleja a la humanidad del holocausto de la guerra total y de las graves injusticias sociales que aún padece el hombre sobre la tierra son, mis distinguidos amigos, retos perentorios que acosan nuestro quehacer diario y a los cuales la primera obligada en dar respuesta es la universidad.

En esos nuevos caminos, la aportación de la intelectualidad brasileña y de esta gran Universidad de Sao Paulo ha rebasado ya vuestras fronteras desde hace muchos años para adquirir reconocimiento público en infinidad de disciplinas: vuestra medicina, la gran tradición liberal de vuestra Facultad de Derecho, el cultivo de las ciencias sociales y el prestigio de las nuevas escuelas de la sociología del desarrollo, en que las generaciones de brasileños se suceden unas a otras en brillantez y experiencia acumulada, son buena prueba de ello.

A principios de siglo los españoles entendieron, en un generosísimo movimiento crítico que se conoce con el nombre de Generación del 98, que era preciso cambiar la filosofía de los pueblos históricos, entendiendo por tales los que habían aportado valores decisivos al desarrollo de la humanidad.

La triste coyuntura o circunstancia histórica en que dicha reflexión se fundaba, obedeció, como muy bien saben ustedes, a una guerra que muy bien pudo ser llamada «la última de las guerras románticas».

A partir de 1898 y tomando como base la propia regeneración del viejo solar ibérico, España comienza a mirar a América con la objetividad que da la perspectiva histórica, exenta de intereses a plazo fijo, pero sólidamente fundada en el uso de un patrimonio común.

La filosofía de las sociedades modernas y de los pueblos históricos, tan magistralmente desarrollada en Ortega y Gasset, Unamuno y el propio Gregorio Marañón, saltan a este lado del Atlántico y se integran de lleno en el proceso reflexivo y creador de Brasil y las otras naciones hermanas, tan orgullosas ahora de su estirpe ibérica.

En ese caminar abierto, franqueado por el respeto y la admiración de tantos otros pueblos, la literatura ha servido de vehículo en esa síntesis unitaria: de Camoens y de Cervantes a Machado de Assís y a Jorge Amado, la fuerza de nuestra lengua ibérica lo ha invadido todo. El teatro, la poesía, la gran narrativa de los últimos 20 años -tan plagada de excelentes obras brasileñas- han asombrado al mundo.

El sentido individualista, el espíritu épico, el determinismo del medio físico y la subsiguiente adaptación cultural, han dado paso en los últimos años a una gran poesía crítico-social, heredera de nuestras mejores glorias.

La explosión de las artes plásticas ha tenido en nuestros pueblos, y a veces Brasil ha sido vanguardia de estos movimientos, una dilatada historia.

El prodigioso arte barroco de que tan excelente muestra son las iglesias de Salvador en Bahía y el más tardío que se da en la maravillosa ruta del barroco de Minas Gerais, ya entrado el siglo xviii, constituyen un patrimonio artístico muy sólido que estáis sabiendo conservar y proteger, pues no solamente es un bien vuestro, sino también del arte universal.

Dos siglos más tarde, esta inquietud oficial de todos los gobiernos brasileños se ha traducido en la búsqueda de nuevas experimentaciones, en torno a las vanguardias del arte, mediante infinidad de foros artísticos y exposiciones internacionales.

La Bienal de Sao Paulo tiene un gran peso específico en la vida cultural y artística de toda América.

La propia fisonomía de vuestras ciudades, desde Río de Janeiro a Sao Paulo, desde Salvador a Recife, desde esa joya de San Luis de Maranhao a Brasilia, con el prodigioso plano urbanístico de Lucio Costa y el genial enfoque de la moderna arquitectura a cargo de Oscar Niemeyer, es paradigma de un protagonismo artístico de Brasil en el mundo entero.

La comunidad de ideas de que os he hablado y el sentido de la ética y de la estética en los propios valores de la herencia cultural hispana, vienen enriquecidos por la aportación de elementos sumamente originales que, trabajando sobre el patrimonio común de la tradición cristiana, de la civilización grecorromana, de las contribuciones de otros pueblos que dejaron su paso en la Península Ibérica, de la riquísima historia originaria de América, dan un sentido único y especialísimo a nuestros valores ibéricos.

Un gran ensayista español de este siglo, Américo Castro, señala que el fenómeno cultural, único en Europa, que se produce en la Península Ibérica durante los siglos medievales y renacentistas obedece a un factor original y propio de nuestra cultura. La mezcla de lo íntimo, de lo personal y lo subjetivo con los elementos de observación objetivos.

En España, en Brasil, la experiencia de lo personal, la perspectiva humana insoslayable, enriquece ab initio el fenómeno de la progresión científica y del discurso crítico universitario. Esta aportación original ha enriquecido la cultura universal.

Yo quisiera que, en base a esta experiencia, las viejas conexiones de nuestras universidades, tan cargadas de dimensión histórica, se relanzaran con fuerza en estas fronteras del siglo XXI.

Que la cooperación científica y técnica que demanda el mundo de nuestros días se hiciera cada vez más estrecha entre Brasil y España.Invito a partir de ahora no sólo a las instancias políticas y administrativas de ambos países, sino a lo que aún es quizá más importante, al sector del mundo de la cultura y de la universidad, tan dignamente representado aquí, a participar con entusiasmo en estos nuevos caminos que deben estrechar la vieja y afectiva relación histórica entre Brasil y España.

Que el eje cultural e histórico entre la Península Ibérica y este gran Brasil de nuestros días sea una realidad operativa y brillante a nivel mundial, pues no le faltan elementos de riqueza para conseguirlo.

Mi país conoce perfectamente que, gracias a un proceso histórico irreversible, pero que es preciso cuidar y atender, nunca ha estado solo ni podrá estarlo.

Que forma parte de una gran familia que vive a ambas orillas de este gran océano.

Y que, en definitiva, nuestra comunidad de intereses y nuestra sólida herencia deben dictar la coordinación de nuestros pasos y ofrecer nuestra experiencia única y sumamente válida al resto del mundo.

No hacerlo así, señores, sería una ingratitud histórica y un suicidio cultural, en un momento en que el proceso de democratización y la riqueza que aporta el pluralismo político, facilitarán enormemente la circulación de nuestras ideas culturales no sólo en el hemisferio, sino en el mundo entero.

Progresar en aquella dirección requiere sentir el noble orgullo de pertenecer a un solar en donde se fraguó una de las mayores aventuras culturales de la humanidad, en la que los jóvenes pueblos de América aún no han dicho su última palabra.

Esa es la gran experiencia que debe animarnos y éste es el sentimiento de orgullo ibérico que nos une cara al futuro.

Torneu a Discursos
  • Escuchar
  • Imprimir la página
  • Enviar a un amigo
  • Suscribirse al RSS de la página
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en Twitter
  • Compartir en Linkedin
  • Compartir en Google+