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Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad académica al ser investido doctor "honoris causa" por la Universidad de Harvard

EE.UU.(Cambridge), 07.06.1984

E

n la fachada plateresca de la Universidad de Salamanca campea, en caracteres griegos, junto a un medallón en relieve de los Reyes Católicos, la siguiente divisa:

«Los Reyes a la Universidad y la Universidad a los Reyes».

Estas palabras expresan la profunda vinculación que desde hace siglos ha existido en España entre la Corona y la universidad.

Explican también la profunda emoción que siento al ser acogido en el seno de ésta, por tantos motivos ilustre, Universidad de Harvard con el Título de Doctor honoris causa.Como el pensador español José Ortega y Gasset nos recuerda, el desarrollo de la universidad aparece indisolublemente asociado a los momentos germinales de nuestra historia de occidente.

Yo vengo de un viejo país cuya tradición universitaria tiene hondas raíces históricas.Nuestra primera universidad, el Estudio General de Palencia, fue fundada en 1212 por don Tello Téllez de Meneses. Su vida fue corta, pero suficiente para que entre sus alumnos figurara Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores y para que aportara al acervo de las tradiciones universitarias ese Gaudeamus Igitur que aún entonáis en las solemnidades y que, después de casi nueve siglos, conserva todavía su emocionante frescura.Tres años después, en 1215, el Rey Alfonso IX fundó la Universidad de Salamanca; aquella cuya fama atravesó todas las fronteras, y que, con sus maestros en derecho de gentes, sentaría las bases del moderno ordenamiento jurídico internacional.

En el siglo XIII nacieron las Universidades de Sevilla, Valladolid y Lérida. En el XIV y en el XV las de Huesca, Valencia, Gerona, Barcelona y Alcalá de Henares. Y en el XVI, una veintena de nuevos nombres -algunos tan ilustres como el de Santiago de Compostela- se esparcieron por la península en una auténtica eclosión de vitalidad cultural que da la exacta medida de la aportación española al avance científico de la época.Y desde que Cristóbal Colón pisó suelo de La Española, hasta que en 1551 fueron fundadas en Lima y México las dos primeras universidades del continente americano, habían transcurrido tan sólo cincuenta y nueve años.

Al viejo prestigio de las universidades medievales y renacentistas de España, y de toda la vieja Europa, ha sucedido en nuestros días el poderoso empuje de las universidades de este lado del Atlántico, de cuya gran influencia en la vanguardia del pensamiento y de cuyos supremos valores científicos esta Universidad de Harvard es paradigma.

Esta Universidad, fundada en 1636, es también el más antiguo centro de enseñanza de los Estados Unidos. Una pléyade de nombres famosos han pasado por sus aulas: Robert Forst, T.S. Eliot, William James y tantos otros que han ido marcando el prestigio universal asociado hoy al nombre de Harvard.

Su tradición humanista ha sabido mantenerse a lo largo de los años y conectar con la sensibilidad de cada siglo, al tiempo que una dedicación rigurosa en las disciplinas científicas hacen de este campus uno de los que reúnen a un mayor número de Premios Nobel.No es difícil por lo tanto comprender el prestigio que confiere la graduación en Harvard, un prestigio conquistado en un tenaz esfuerzo de siglos desde que el reverendo John Harvard legó, con sus libros y hacienda, su propio nombre a la futura universidad.Por razones obvias, quiero subrayar con especial agrado uno de los aspectos de vuestra actividad: la atención que en todo momento ha dedicado la Universidad de Harvard al estudio de la cultura hispánica.

Verdaderamente, la Universidad de Harvard ha sido desde el siglo xix una de las instituciones que en el mundo más se han preocupado de la civilización y la cultura hispánicas. De hecho, la primera historia de la literatura española realizada con criterios científicos, fue escrita por un profesor de Harvard, pionero en su campo: George Ticknor. Se tradujo al español dos años después de su publicación en inglés (1849), y durante muchos años fue uno de los principales manuales empleados en las universidades españolas por los alumnos dedicados al estudio de la literatura de su propio país.

Una atmósfera propicia ha permitido que en Harvard se forjaran hispanistas de la talla de George Ticknor, Francis Sales, J.M.D. Ford, Henry Woodsworth Longfellow, James Rusell Lowell, Bennett Hubbard Nash y Stephen Gilman; y que tantos profesores españoles vinieran a trabajar fructíferamente en ella.

Aquí estuvieron hombres tan ilustres como Jorge Santayana, Américo Castro, Rafael Lapesa y Dámaso Alonso, entre otros.

Pero no voy a dar un repaso a toda la historia de los estudios hispánicos en Harvard, exigiría mucho más tiempo del que disponemos hoy, y muchos de ustedes conocen el tema mejor que yo. Sin embargo, no quiero dejar de expresar la gratitud del pueblo español a la Universidad de Harvard -y a muchas otras universidades americanas- por su contribución en los años que siguieron a la Guerra Civil española al mantenimiento de la continuidad y la integridad de la cultura hispánica. En éste y en otros lugares de este país, profesores y escritores españoles encontraron un refugio muy propicio para seguir viviendo y trabajando.Y existe todo un capítulo de la historia de la cultura española en este siglo que fue escrito por aquellos que continuaron su actividad creadora en este país. Quiero sinceramente transmitir el homenaje del pueblo español a la memoria de dos de aquellos profesores que aquí murieron: el lingüista Amado Alonso y el médico Jordi Folch-Pi. Otros dos grandes españoles que enseñaron en Harvard acaban de morir en España: el poeta Jorge Guillén y el arquitecto Josep Lluís Sert. Probablemente algunos de ustedes asistieron a alguna clase de don Jorge Guillén durante el curso 1957-58, cuando ocupaba la Cátedra Charles Eliot Norton, y otros acaso le escucharan leer su poesía a lo largo de sus muchos años de residencia en Cambridge. Y resulta imposible no percibir en el paisaje arquitectónico de la universidad la huella de la perdurable presencia en Harvard de Sert.

Y no quiero dejar de dirigir un especial y alentador saludo a los profesores Juan Marichal y Francisco Márquez Villanueva, que hoy siguen manteniendo entre vosotros la antorcha de los estudios hispánicos.

Señoras y señores, en este día tan memorable para mí y para España, siento una profunda humildad y un gran orgullo. Mi sentimiento de humildad está causado, naturalmente, por la distinción académica que la Universidad de Harvard ha tenido la generosidad de concederme. Es un honor que no he ganado después de años estudiando en sus aulas, a diferencia de todos los que esta mañana han recibido sus diplomas.

Pero ese sentimiento de humildad personal no puede separarse de mi sensación de orgullo, de gran orgullo nacional. Porque la Universidad de Harvard ha honrado en mi persona al pueblo de España. Y en calidad de su representante quiero expresar nuestra gratitud a Harvard por lo que este día significa como reconocimiento histórico de la forma ejemplar en la que el pueblo español ha restaurado sus instituciones democráticas.

El impulso fundamental que ha hecho posible este logro histórico ha sido la fuerte y común aspiración de todo mi pueblo de reconstruir instituciones que ofrecieran a España libertad y coexistencia pacífica, igualdad y estabilidad política, y una capacidad de aprendizaje de las lecciones de la historia, que permitiera evitar las recriminaciones y las venganzas.Todo esto puede haber sorprendido a quienes solían contemplar a España en la forma en que Metternich lo hacía en la década de los años treinta del siglo pasado, y le cito textualmente: «España es un país de extremos y será o bien una monarquía absoluta o bien una república radical». Metternich justificaba su opinión sobre España diciendo que, después de todo era «el país con una constitución más singular de toda Europa». Esta observación podía ser aplicada hoy a lo que el pueblo español ha conseguido desde 1976: realmente constituimos un ejemplo singular de transición pacífica de un pasado autoritario a un presente democrático.

De esta forma el nombre de España ha vuelto a entrar en la historia del mundo. Decir hoy España es inspirar confianza en la capacidad de una comunidad humana para gobernarse a sí misma.

Y por este motivo el nombre de España ya no es en Hispanoamérica el símbolo de un pasado colonial sino la promesa de un futuro democrático. Permítanme añadir que mis visitas a los países de la América hispánica han constituido experiencias profundamente emocionantes para la Reina y para mí: hemos sentido en todos los países que hemos visitado que se había abierto un nuevo período en la historia de esa vasta geografía, de esa «magna patria», como la llamó el poeta, la comunidad de pueblos y de naciones hispánicos.

En esa comunidad, España es hoy considerada una nación hermana, comprometida con el ideal de todos los pueblos de habla hispana: el establecimiento de sociedades libres gobernadas por la justicia y el progreso de todos sus ciudadanos.

En esa vasta geografía de naciones y de pueblos de nuestro idioma, existe, desde luego, la pesada carga de un pasado lleno de opresiones de todas las clases: y todos sufrimos al contemplar la actual tragedia de América central, a la que el gran escritor mexicano Carlos Fuentes dedicó un discurso muy elocuente en este mismo lugar, hace un año.

Pero los pueblos hispánicos pueden también encontrar en su pasado un gran legado de civilización y de cultura. Es evidente que el pueblo de España posee una herencia cultural de contenido transnacional. No es necesario regresar a la época de Cervantes para encontrarlo. En las primeras décadas de nuestro siglo, desde los primeros ensayos de Unamuno hasta las últimas tragedias de García Lorca, la literatura española ha alcanzado niveles de universalidad artística tan elevados -y en algunos casos más elevados- como los de la edad de oro de Cervantes.

Además, en esos años existieron logros que no tienen equivalente en el pasado: me refiero a los descubrimientos científicos que marcaron lo que un gran poeta hispanoamericano, Rubén Darío, denominó «la universalización de la mente hispánica», una orientación intelectual que recibió su primer reconocimiento internacional en 1906, cuando el doctor Ramón y Cajal recibió el Premio Nobel por sus trabajos sobre el sistema nervioso humano. Los años siguientes fueron testigos de uno de los más extraordinarios florecimientos de una cultura nacional de Europa en el siglo xx.

Un florecimiento del arte, de la literatura y de la ciencia que, aunque fuera interrumpido más tarde, siguió plasmándose en individualidades distinguidas que continuaron el impulso de ese período extraordinario.

Permítanme que mencione simplemente a aquellos que, como Cajal, recibieron el Premio Nobel: el poeta Juan Ramón Jiménez en 1956 y, tres años más tarde el doctor Severo Ochoa (de la Universidad Rockefeller).

El último español galardonado con el Premio Nobel ha sido el gran poeta Vicente Aleixandre; y cuando la Academia Sueca le escogió en el otoño de 1977, la mayoría de españoles sintieron que su recién restaurada democracia había sido la que había recibido un reconocimiento especial por parte de un país con una larga y feliz historia de libertad.

No creo que sea una exageración patriótica decir que hoy los españoles gozan de más libertad que en ningún otro momento de su historia; y al mismo tiempo que en ningún otro momento han tenido mis compatriotas tantas oportunidades para su educación y para muchos tipos de actividad cultural.

Y me atrevo a predecir que hacia el final de nuestro siglo la capacidad creadora de los españoles volverá a alcanzar niveles de dimensión transnacional. Esta predicción se apoya también en la energía creativa infundida al pueblo español de hoy por los grandes escritores de Hispanoamérica. Porque otra característica de la España de nuestros días es lo que podría llamarse «el nuevo encuentro con América»: me refiero, por supuesto, a la literatura y al pensamiento de los grandes autores hispanoamericanos de nuestro tiempo: Borges, Octavio Paz, Vargas Llosa, García Márquez, Fuentes y tantos otros.

Ustedes conocen muy bien algunos de ellos, ya que Borges y Octavio Paz han enseñado aquí como titulares de la Cátedra Charles Eliot Norton, y han sido también distinguidos con doctorados honorarios por la Universidad de Harvard. Y yo he tenido el privilegio de entregarles, en nombre de España, el más importante premio de la literatura en lengua española, el premio Cervantes.

Pero lo que quiero subrayar es que todos esos grandes escritores no son vistos hoy por los españoles como voces procedentes de tierras extranjeras: ellos son, en verdad, nuestras propias voces, es decir, las voces de la vasta comunidad de pueblos y de naciones de habla hispana.

Por primera vez en la historia de esa comunidad existe no sólo un diálogo transatlántico fraterno, sino también una nueva conciencia de todo lo que nos une, una nueva conciencia de nuestra propia identidad histórica como comunidad dentro del concierto internacional.Y yo considero también esta distinción que Harvard me ha concedido como un honor para todos mis compatriotas de la magna patria constituida por los pueblos y naciones que hablan el español.

Y como voz de todos ellos en este momento, quisiera transmitirles ahora algunas de nuestras preocupaciones actuales.Conocida es la inclemencia con que los pueblos de Hispanoamérica sufren la crisis de nuestros días y la gravedad de las convulsiones políticas, económicas y sociales que padecen por lo que nadie puede hurtar su contribución a los esfuerzos que les permitan encontrar el camino de un futuro mejor.

España desea que su vinculación secular y profunda con los pueblos de este continente se traduzca en una solidaridad activa y práctica con ellos en la búsqueda de soluciones a sus problemas.

Solidaridad en la protección de los derechos humanos, cada una de cuyas violaciones es tan injustificable como todas las demás.

Solidaridad en los esfuerzos de restablecer la democracia en aquellos países que todavía se ven privadas del pleno ejercicio de sus libertades.

Solidaridad en la búsqueda de soluciones pacíficas a los enfrentamientos armados, reconociendo la conveniencia de que los problemas de la región sean resueltos por los propios países de la zona.

Quienes en Estados Unidos se preocupan por estos problemas poseen una gran responsabilidad, precisamente por el inmenso peso que tiene esta gran nación en la marcha de los asuntos de este hemisferio. Pero también están en una situación privilegiada para comprenderlos en profundidad, entre otros motivos porque en los propios Estados Unidos viven unos veinte millones de personas cuya lengua materna es el español.

Quiero dedicar unas palabras a esta comunidad hispana de los Estados Unidos, que hace de este país uno de los primeros del mundo en cuanto al número de personas que hablan la lengua castellana.

Conocemos el esfuerzo y la voluntad de superación de la comunidad hispana de esta nación, que le han permitido realizar en los últimos años progresos espectaculares en todos los campos de la vida norteamericana. España desea conocer cada vez mejor su situación, sus preocupaciones y sus problemas y estrechar los lazos de todo tipo que la vinculan a ella.España se dispone a celebrar, junto a todos los pueblos americanos, una efemérides singular.En 1992 se cumplirá, efectivamente, el medio milenio de uno de los acontecimientos fundamentales de la historia del género humano: la llegada a América de las tres carabelas castellanas fletadas bajo el auspicio de mis antepasados, los Reyes Católicos, al mando de Cristóbal Colón.

España, que entonces acababa de constituirse en el primer Estado moderno de Europa, llevó a cabo durante los siglos siguientes un vigoroso esfuerzo en el descubrimiento y exploración de enormes espacios geográficos que quedaron incorporados al mundo conocido, y que tendría entre otros hitos simbólicos de significación histórica la circunnavegación por vez primera del globo terráqueo.

El significado de estas celebraciones que se preparan con motivo del V Centenario del descubrimiento y encuentro con América es muy profundo, y España, junto a los pueblos americanos, se dispone a vivirlas pensando en el futuro. No se trata tanto de una conmemoración histórica como de un horizonte en el que concentrar solidariamente los esfuerzos de todos para conseguir un futuro mejor y más justo.

El volumen de su deuda exterior, las desigualdades y desgarramientos sociales y, en ocasiones, la violación de la dignidad más elemental de la persona humana y los enfrentamientos armados constituyen una realidad ante la que no podemos permanecer indiferentes.

Nadie puede negar que existan hoy problemas enormes y muy complejos en Hispanoamérica, pero también existen nuevos líderes resueltos a enfrentarse a los más difíciles de esos problemas. Un buen ejemplo lo constituye la restauración de las instituciones democráticas en Argentina, que ha sido celebrada en todas las naciones hispánicas.Estoy convencido de que Hispanoamérica está entrando en un nuevo período de su historia, y por eso puedo afirmar con confianza que 1992 marcará un punto de inflexión decisivo para los pueblos de habla hispana de este hemisferio.

Existe una obvia necesidad de diálogo entre las dos Américas, un diálogo que sería beneficioso para ambas y en realidad para el mundo entero.

Octavio Paz, el antiguo profesor de Harvard y una de las mentes más lúcidas de nuestro tiempo, ha observado que nuestra civilización necesita para su supervivencia la conservación de su diversidad cultural. Y esto significa la conservación de las sociedades tradicionales. En palabras de Octavio Paz.

«Con la desaparición de la sociedad tradicional -destruida o absorbida por la civilización industrial- perdemos a una variedad de la humanidad, y no sólo a una variedad pasada sino también futura.»

Y Octavio Paz ha añadido: «Preservar nuestra diversidad es preservar la variedad de nuestro futuro, la propia vida de la humanidad». Este respeto por las sociedades tradicionales no significa, evidentemente, que no debamos cambiar nada en ellas.

Todos sabemos que las reformas son imprescindibles en muchos países del mundo y en concreto en Hispanoamérica. Pero como nuestro gran español Miguel de Unamuno decía una y otra vez, «la tradición y el progreso son inseparables porque la tradición siempre comenzó como innovación, como progreso».

Tradición y progreso: estos términos que acabo de emplear acaso sean los más apropiados para describir lo que constituye la principal fuerza de mi país en este momento.Porque el principio rector de la Constitución española de 1978 ha sido el mantenimiento de la diversidad histórica de la sociedad y de la geografía españolas. Por este motivo tenemos ahora una estructura institucionalizada, lo que se llama el «Estado de las Autonomías», cuyo fundamento está en los órganos tradicionales de autogobierno, que han sido sometidos a innovaciones considerables.

En resumen, España está reconstruyendo de una forma pacífica y tranquila sus tradiciones, al tiempo que abre nuevos caminos para la reforma social y el progreso civilizado.Pero me temo que me he excedido en el tiempo que vuestra amable atención podía dedicarme en una tarde fin de curso. Sin embargo, no puedo terminar sin expresar la principal preocupación actual del pueblo español. Esa preocupación puede resumirse en una única palabra: paz. Paz en el mundo y no sólo paz interna.

Y estando aquí con ustedes en este momento, en estas horas difíciles de la historia del mundo, sé que todos ustedes comparten la preocupación por la paz del pueblo español, y que de las Américas como un nuevo año en la historia de la humanidad: el milagro de la paz global. Conservemos nuestra fe en la certeza de nuestro futuro.

«Mientras hayaalguna ventana abiertaojos que vuelven del sueño,otra mañana que empieza».

Este adiós a la vida de un poeta español que murió en 1951 es también mi mensaje para todos ustedes en este día memorable de paz y de fe.

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