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Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad iberoamericana el Día de la Hispanidad

Madrid, 12.10.1985

E

spaña celebra hoy, con orgullo, un nuevo aniversario de la inolvidable gesta del descubrimiento.

Es un orgullo que se asienta en la conciencia de haber sido protagonistas de un hecho impar en los anales de la historia; de haber osado enfrentarse con uno de los grandes tabúes erigidos por los tiempos; de haberse atrevido a arrostrar, mental y físicamente, el pavor paralizante de la mar tenebrosa, llevando a cabo una aventura hasta entonces impensable.

Es un orgullo legítimo, el de un pueblo que atesora así, entre las facetas de que se compone su pasado, ese saber profundo de alguien que un día osó lo que otros consideraban irrealizable. Una sabiduría que alienta, que impulsa a la permanente esperanza, que nunca deja de ser potencialidad, porque quien pudo una vez puede realizar de nuevo empresas similares. Los españoles de hoy nos encontramos ante la convocatoria de nuevos y magnos desafíos. Nos convoca la integración en Europa, con su inherente reto de modernización profunda. Nos convoca la nueva revolución tecnológica, que exige de nosotros un salto cualitativo colosal, sin el que no habrá sino anquilosamiento y deterioro. Nos convoca, en fin, la solidaridad con nuestros hermanos de América, herederos también de aquella osadía colombina, prontos y dispuestos a transformar su grave y generalizada crisis coyuntural en un revulsivo invitante, del que amanezca un futuro común esperanzado y luminoso.

He escogido esta fecha tan colmada de significación, para rememorar lo que somos capaces de hacer cuando nos mueve el entusiasmo.

La historia -la nuestra- nos enseña a lo vivo, que constituimos un pueblo que se ahoga y dispersa en lo pequeño, en las triviales dificultades del acontecer diario, en los empeños menores. Para sentirnos incitados a la acción, el objetivo ha de impelernos a olvidarnos de nosotros mismos, invitarnos a la gran aventura, al singular protagonismo, a la desmesura.

Con todo esto no hago sino exponer a vuestra atención cuanto alienta en nuestros grandes clásicos. Aquellos que mejor nos conocieron y más se dolieron. De ahí que haya querido desgranar ante vuestros ojos los desafíos que nos urgen a la nación.

Nada podría testimoniar mejor nuestro tributo a la gesta descubridora y a cuantos prosiguieron esa obra por tierras y mares, que la reedición de su atrevimiento, en las postrimerías de nuestro siglo. La empresa que hoy nos concita debería alcanzar, en 1992, la plenitud afanosa de esa aventura en marcha. Es imperioso que acudamos a la cita; faltar a ella sería condenarnos a un porvenir indigno. Sé que podemos hacerlo, porque lo hemos hecho ya.

Que nadie se engañe: no será un camino de rosas. No es papel de la Corona velar las dificultades, escamotear los peligros, adormecer las conciencias. Su papel hoy es el toque de rebato, la incitación a la gran empresa común, al protagonismo de nuestro tiempo y al olvido de las particularidades.

Como antaño, el Rey convoca a la hazaña. ¡Que el pueblo español diga su palabra e inscriba con los hechos su decisión en la historia! Demos ocasión a que los siglos futuros celebren, al unísono, nuestra gesta y la de nuestros mayores. De esa traza están hechos los verdaderos tributos: el que el Rey augura y sueña para el V Centenario. ¡Pongamos todos manos a la obra!

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