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Palabras de Su Majestad el Rey al Mundo de la Cultura al entregar las Medallas de Oro al Mérito en las Bellas Artes

Canarias(Santa Cruz de Tenerife), 23.06.1994

L

a celebración de este acto de entrega de las Medallas de Oro al Mérito en las Bellas Artes, nos ha reunido en un marco magnífico para la ocasión, la bella y acogedora ciudad canaria de Santa Cruz de Tenerife. Estas distinciones, que el Ministerio de Cultura otorga anualmente a los artistas, escritores, intelectuales y agentes culturales que han destacado por su aportación creadora o por su labor de difusión de la cultura española, tienen una profunda significación.

Hoy más que nunca, es necesario ratificar la convicción de que la sociedad contrae, de algún modo, una deuda con quienes son capaces de expresar y convertir en arte o vía de conocimiento su imaginación y sus visiones, su investigación o su capacidad interpretativa.

Los artistas plásticos, los escritores, los cineastas, quienes se dedican al teatro, a la música, a la danza, y cuantos crean e innovan para que todas estas manifestaciones culturales calen más profundamente entre los ciudadanos, nos ayudan a vivir y a vivir mejor: ellos desvelan los anhelos, las maravillas y los enigmas que laten en la vida cotidiana.

Ellos nos sustraen al poder de la costumbre, que atenaza y guía buena parte de nuestros juicios y nuestros actos, y nos enfrentan a nuestras inquietudes, contradicciones y deseos, a fin de provocar nuestra emoción, nuestra reflexión y nuestro asombro.

Podemos preguntarnos qué sería del ciudadano común si no contara con ese refugio de las artes y las letras, con ese territorio de sueños y aspiraciones, que se despliegan en los más variados soportes y escenarios; qué sería, si no contara con un espejo en el que se reflejan inesperadas configuraciones de los anhelos y de las miserias humanas, de sus aciertos y de sus locuras, de sus esperanzas y de sus decepciones. La única respuesta es que el ciudadano sería menos humano.

Con cierta frecuencia se repite que el afán creador de los hombres carece ya de fuerza para influir en la evolución de una sociedad gobernada por el cálculo y la técnica.

Puede que la acción humanizadora de las verdaderas obras de arte no sea tan drástica ni tan decisiva como a veces quisiéramos. Puede, también, que su influencia sea sutil o poco visible.

Pero, aunque así fuere, aunque a algunos sepa a poco, ese noble afán es el fundamento mismo de esa tenacidad perfeccionista que nos hace humanos, que puede crecer, consolidarse y buscar, como buscaba Arquímedes, «un punto de apoyo para mover el mundo».

Guardémonos, por lo tanto, de oscurecer con la sombra de la duda los saludables influjos que sobre la sociedad ejercen las facultades creativas de literatos y artistas. Antes bien, reconozcamos el placer que nos procuran y el servicio que nos prestan los frutos de su inteligencia reflexiva, plástica o imaginativa, y no escatimemos nuestro agradecimiento al don de sus creaciones, de sus representaciones y de sus iniciativas cuando éstas lo merecen.

Por eso, es oportuno que el Estado, articule y exprese, en nombre de los ciudadanos, ese reconocimiento y esa gratitud de la sociedad para con sus artistas creadores. Bien entendido, que no se trata sólo de otorgar premios o medallas, sino de contribuir activamente a la mejor difusión y conocimiento, tanto dentro como fuera de España, de nuestras obras más meritorias. Es decir, de aquellas creaciones que sobresalen por su penetración, por su originalidad, por su potencia para inducirnos a ampliar y mejorar nuestra visión del mundo, de los otros y de las cosas.

Este es el sentido profundo, que inspira la concesión de estas Medallas de Oro al Mérito en las Bellas Artes, que, un año más, he tenido la satisfacción de entregar, con la seguridad de que mis palabras expresan el sentir del conjunto de la sociedad española, que es la beneficiaria de las aportaciones éticas y estéticas de los galardonados.

Al agradecer a todos su asistencia a este acto, quisiera por último, dirigirme a los premiados, con un especial recuerdo a Rosa Chacel, forzosamente ausente hoy y a quien deseamos de corazón un pronto restablecimiento, y a los que ya no están entre nosotros.

A todos ellos quisiera reafirmarles nuestra admiración por encarnar tan cumplidamente «los anhelos de belleza y de creación», de los que Dostoievski decía, que «son tan inseparables del hombre que, probablemente, sin ellos no podría vivir en el mundo».

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